El
dios del vallenato
Para
Carlitos, el primo que más admiro
Por
Juan Carlos Herrera
En el mundo, sólo
pudo haber un cantante como Diomedes Díaz. Era tan grande, bien amado, querido
y con talento, que siempre se escuchaba con bastante fuerza en todos lados, de
una manera tan admirable que algunos llegaron a pensar que sus bellas canciones
hacían parte de la vida, como el aire, el amor y las mujeres, las mismas cosas en
las que él se inspiraba para componer. Sus canciones eran infinitamente
repetidas por los amantes de la música vallenata, y hasta por los que no
sentían nada especial por ella, y el público que tenía era el más numeroso del folclor.
En cualquier parte, desde que comenzó a forjar su fama resplandeciente, sus
discos sonaron con rotundo éxito en todas las estaciones de radio del país, y
al principio lo oían sin quererlo y luego queriéndolo mucho más allá de la
frontera. La manera como aportaba algo a la cultura de su región era muy
importante, porque todos conocían su increíble historia de superación personal que
él musicalizaba para que la comprendieran mejor, y en las calles de arena de
los lugares más apartados la brisa loca y eterna se disputaba el protagonismo de
la existencia junto a su voz.
Su presencia brillante
estaba asegurada en todos los rincones, y se puede decir con seguridad que en
Colombia no hubo un departamento, ciudad, pueblo o humilde caserío, donde no
estuvo Diomedes Díaz El Cacique de La
Junta, reclamado siempre por los seres humanos que lo querían conocer en
persona para comprobar en realidad cuánto se parecía a sus canciones. La
sonrisa hacía parte de su cara igual que su buena voz. Su estilo único, su
carisma, la manera como alegraba con diversión a las masas, sólo puede ser
explicado por un milagro divino de la Creación, y no es difícil pensar que
Diomedes Díaz fue un regalo de Dios para el resto de los hombres que gracias a
su música, letra y mensaje directo de amor, aprendieron cómo enamorar bien a
las mujeres. Era un ídolo, en el buen sentido de la palabra, como cuando hacía
sus lanzamientos en Valledupar y la multitud lo seguía sin cansancio por las
avenidas viendo que iba a bordo del carro de bomberos junto a su acordeonero,
sonriente, alegre por la salida de su nuevo CD, saludando a su fanaticada que recibía
como una bendición sagrada los gestos de cariño que él iba regando por toda la
población. En verdad, y se sabía desde que apareció, quererlo con demasiado pasión
hacía parte de la costumbre de los pueblos. Su música lo llevó a la
inmortalidad, y de tanto escuchar sus canciones en todas partes, mientras iban
en un taxi, conversaban con sus amigos, preparaban el almuerzo o tenían una
parranda de felicidad en la terraza, la gente sin darse cuenta siempre estaba
pensando en ese gran cantante.
Nació un 26 de mayo
de 1957 en la finca Carrizal, cerca del corregimiento de La Junta, al sur de La
Guajira, cuando nadie estaba acostumbrado a las cosas buenas como él. Fue el
hijo mayor del hogar conformado por Rafael María Díaz y Elvira Maestre, una buena
mujer, mestiza y serena, que desde el primer momento en que vio al hijo que
había traído al mundo sintió que algo importante acababa de suceder. Le
pusieron el nombre de Diomedes (del gr. Διομήδης, "pensamiento de Zeus"),
como el héroe griego que participó en la guerra de Troya, siendo la miseria lo
primero que conoció en su niñez, en medio del rancho, de los animales y la agreste
naturaleza ante el Cerro del Higuerón, pero la sobrellevó con tanto sentido y
esperanza, que desde muy temprano pensó que cuando fuera grande iba a ser
alguien que todos en esta vida admirarían, dueño de un ingenioso talento que
aunque aún no tenía ya él imaginaba. Al ser el mayor de sus hermanos, Diomedes
Dionisio Díaz Maestre se sintió con el deber de ayudar en las labores del campo
a su padre, el cual se sentía muy feliz de tener a un hijo tan bueno. En la
casa, más de una vez no se prendió el fogón para hacer la comida, agudizando la
desesperanza y desgracia cotidiana –sentir hambre lo marcaría por el resto de
la vida-, pero como ya la música tenía ciertas personas de renombre en el territorio
de Francisco el Hombre que con su acordeón y credo al revés derrotó al Diablo, aquel
pequeño se acostumbró a soñar y creer que si algún día aprendía a cantar entonces
había encontrado la fórmula mágica para salir de la pobreza.
Se dice que desde siempre
fue inteligente, querido pero algo enfermizo. En los alrededores de La Peña que
fue el pueblo donde vivió los primeros años con su familia, aprendió a ver la
vida de verdad, a distinguir la gente y saludarla, mientras en las calles tenía
varios amigos con los que jugaba tirando el trompo, haciendo de la niñez la
época más feliz que recuerda. De esa manera fue creciendo, convirtiéndose en un
ser especial que desde entonces ya la sonreía a los momentos adversos, que le
fueron dando la habilidad necesaria para después vivir mejor. En La Junta, el
lugar más cercano que había, iba descubriendo el verdadero amor por una
comunidad. La gente de allí lo recuerda como una persona que estaba en todas
partes, y bastaba verlo caminar medio sonriente para saber que algún día iba a
ser alguien en la vida.
En esos paisajes fue recorriendo
los caminos, deslumbrado por tanta naturaleza interminable, donde haría ciertas
amistades que en el mañana serían de considerable importancia para él. San Juan
era un lugar más grande, poblado y conocido en la Provincia, por lo que los
músicos de más reputación a veces pasaban un rato por allí, hablando, contando
anécdotas, disfrutando de la vida, y sólo se marchaban después de haber cantado
unas buenas canciones dejaban felices a los lugareños. En compañía de su padre,
que cuando no trabajaba era un mujeriego empedernido y bebedor de chirrinche
hasta hacerse cada vez más pobre, Diomedes estuvo lleno de curiosidad en esas
calles, conociendo a la gente y sus mismas costumbres, pero también caminó en varias
partes de su tierra como en el caserío Curazao donde abundaba el palo de brasil,
sintiendo la música regional, contagiándose de la atmósfera natural que dejaba
un señor con el buen sonido del acordeón Hohner, que había sido inventado en
Alemania para que lo escuchara él. Sin embargo, fue en La Junta del que se
decía que era un pueblo en el que se practicaba la brujería, donde más llegaba para
irse formando, fortaleciéndose con ganas, fantaseando con ser una persona que
un día cercano el resto de los hombres conocería por su manera de cantar.
Cuando sus padres se
fueron un tiempo para Villanueva, que Elvira Maestre aprovechó para colocar un
puesto de fritanga junto a la entrada del cine en el que se proyectaban películas
mexicanas, el hijo que siempre la acompañaba pudo experimentar la realidad
magnífica de estar en el legendario lugar donde se habían desarrollado los
mejores acordeoneros del mundo. En este pueblo se escuchaba tanto el sonido del
acordeón, en las parrandas en vivo donde podían estar reconocidos trovadores,
que en una ocasión vio al viejo Emiliano Zuleta Baquero en persona tocando
alegre en medio de unos amigos las canciones que más le habían dado
protagonismo en la región, y pudo comprobar que un buen artista era aquél que
con su rico repertorio y extensa melodía podía juntar en su entorno a muchos
curiosos, nada más que por el placer de tratar de descifrar los misterios más maravillosos
de la música. Conoció a otros prodigiosos juglares como Toño Salas, Escolástico
Romero y los Bolaño, que manejaban los acordeones con una destreza y secreto
hoy perdidos, en sus andanzas de atardeceres mientras le tocaba estudiar en el
Liceo Colombia, donde muchos lo recuerdan por su luminosidad. Desde entonces
comprendió que no quería ser otra cosa sino alguien importante en la música
vallenata, y esforzándose tanto por eso resultó ser mejor alumno de las
historias cantadas de Escalona que del profesor del colegio. Sin embargo, fue
en este lugar donde tuvo un incidente que lo marcaría seriamente, cuando subido
en un árbol de mango, uno de sus amigos que estaba abajo con una honda arrojó
una piedra a las ramas para tumbar un fruto, pero le impactó fue a él dañándole
la visión del ojo derecho.
La verdad es que
Diomedes hizo lo que pudo para aumentar los ingresos de la familia cuando
estuvieron de regreso, vendiendo mochilas de fique, siendo matarife de chivos y
buen vendedor de esa carne. En el rancho que compartía con su madre y hermanos
menores, cerca de la casa de la abuela donde ésta vivía con su hijo Martín
Maestre, en medio de los parajes desérticos y hasta en los cultivos ajenos de
maíz, siempre oía en la radio las canciones de Abel Antonio Villa, de Alejo
Durán, de Alfredo Gutiérrez y de Luis Enrique Martínez, pero sobre todo siempre
se sintió inspirado por el gran cantautor Calixto Ochoa, gracias a su riqueza
musical y estilo cautivante, de quien aprendería lo esencial para tener algo estupendo
de él. Donde quiera que estuviera disfrazado con una mala apariencia para
espantar a los pájaros que se querían comer las mazorcas, trató con energía de
ser buen compositor, de manera que cuando le tocara la oportunidad de cantar
todavía con su escasa voz, por la bella melodía y explícita letra llamara de
inmediato la atención. Cualquier historia en aquella región de su infancia
donde se crió merecía una canción, que pronto olvidaba cuando se inspiraba por
otra, y en ese ejercicio poético fue aprendiendo que las mejores canciones no
eran las que componía con más esfuerzo sino las que después de haber creado con
interno sentimiento no daba para olvidar jamás.
Pero es en La Junta,
donde más se recuerdan las ganas que tenía este muchacho de salir adelante como
fuera. Era tan grande su insistencia por la música, que aunque estudiaba la
primaria en el colegio andaba pendiente de cualquier actividad que se hacía en el
pueblo, como el día en que llegó a la iglesia donde no había vuelto desde que
lo habían bautizado, un 16 de julio en que se celebraban las fiestas patronales
de la Virgen del Carmen, pudiendo escuchar con atención al padre que decía que
Dios a todos los tenía en cuenta, por lo que más tarde con deseos de quedarse fue
en la noche a la caseta que estaba llena por los conjuntos que se presentaban, y
le tocó quedarse en la puerta ante la mirada del portero, porque no tenía plata
para pagarle. Esa situación de pobreza que se traducía en mala suerte, marcaría
para siempre la forma de ser de alguien humilde, que después de todo sabía que también
la vida era un baile que con el tiempo daba la vuelta. En realidad, Diomedes
Díaz era consciente de que sería un hombre importante y que por encima de las
dificultades, algún día su historia iba a ser conocida por la gente que lo escucharía
en su arte. En su progreso como compositor se iba sintiendo mejor, aunque nadie
creía en él por la sencilla y clara razón de que en esos días se valoraba poco el
talento humano que conocían originario de allí, que además de eso por necesidad
le tocaba estar trabajando, subiendo a la misma sierra a recibirles el café a
los arhuacos. Pero por alguna motivación, seguro de que si se lo disponía podía
triunfar, decidió que había llegado el momento de ponerse a cantar.
Las parrandas que
tenían presencia en ciertos lugares de este pueblo también atraían la atención
de muchas personas, porque algunos músicos nativos y cantantes como Luis
Alfredo Sierra, esperaban obtener muy pronto el reconocimiento. En varias
ocasiones se hizo presente Diomedes, esperando la oportunidad de mostrarse a un
público aunque fuera diminuto porque quería ser como Poncho Zuleta, pero al
parecer por el egoísmo de estos hombres casi nadie escuchaba aquellas canciones
que ya comenzaban a hacerle sentir que podía ser alguien tenido en cuenta gracias
a sus buenos versos. Sin embargo, él mismo sabía que como estaba en mejor forma
que muchos de los participantes de esas fiestas musicales, se le negaba la
entrada por miedo de que al final de todo la gente lo quisiera escuchar sólo a
él, aunque los músicos por rabia hubieran dejado de ejecutar sus armoniosos instrumentos
y lo hubieran dejado cantando solo. Cada vez que lo veían acercar a una nueva reunión,
había alguien que decía:
-Ya viene el
hijueputa ése.
Entonces él de nuevo llegaba,
como si nada hubiera pasado y se quedaba esperando un espacio para poder
meterse en el toque. Se fue volviendo el verdadero protagonista a pesar de su corta
adolescencia, el que mejor cantaba por su buen sentido del humor, y al
contrario del resto del público que ya lo miraba con atención, los músicos
adoloridos como "El Cate" en la caja y Nando "El Viejo" en
el acordeón, pensaban que lo único que había logrado era arruinar la parranda
que ellos habían comenzado primero. La experiencia que eso le dejó cuando le
decían "Voz de Chivato", como le puso un tal Piyayo que era guacharaquero, le fue enseñando que el camino por
recorrer era más arduo de lo que pensaba, que la envidia de los demás es el
único obstáculo que tiene alguien con talento para triunfar, y eso lo fue en
serio preocupando, ya que creía que no pecaba con querer que los demás
escucharan su voz.
Mientras tanto, fue
creciendo la fama de un adolescente que aunque era consciente de su limitación
vocal, estaba destinado a ser el cantante más admirado de su tierra, nada más
que porque él mismo se lo creía y casi no usaba la boca para hablar sino para
cantar. La gente de este pueblo recuerda que Diomedes cantó tantas en las
calles, que pese a tener una voz algo común ya desde entonces resultaba
inconfundible. Su tío Martín Maestre, un gran acordeonista de la región,
descubriría entonces que Diomedes Díaz era un diamante en bruto, y durante unos
años se consagró a pulirlo, a mejorarle el arte de la composición y la técnica
del buen canto, tocando a su lado sus agraciadas notas de profesional para que
aprendiera de una vez por todas lo que tenía que saber, transmitiéndole la
mejor herencia de la música vernácula. «Fue su tío, el que creyó en él y lo limó
para que fuera lo que terminó siendo», decía alguien en el pueblo. A su lado
Diomedes comenzó a cambiar, a transformarse en algo nuevo, teniendo más
seguridad que antes, haciendo mejores canciones que cantaba y que ya hablaban
de su propia historia campesina, y la ilusión de la gente de que había alguien
especial tuvo una gran recompensa cuando comenzaron a oír una música diferente
y original, que fue les haciendo caer en cuenta de que era en ese lugar donde
se estaba revelando el verdadero rostro humano del vallenato.
Desde ese crucial
instante, creyó que con un poco de más esfuerzo podía ser lo que él quisiera.
Su poesía lírica la dedicaba al entorno, a la futura novia de sus sueños que
vivía en el mismo pueblo, y de tanto aprendizaje comprendió cuando creaba
buenas composiciones que estaba siendo guiado por el mismo espíritu grande de
Beethoven. La voz chillona que tenía se fue convirtiendo en la que todos
conocimos, y eso lo dejaba satisfecho porque lo que más quería era ser original,
alguien único en esta vida, y por esa razón se fue sintiendo el cantante de La
Junta. Los músicos comenzaron a respetarlo más que antes, y cuando prendían la
rumba a su lado ya con más aceptación, se dieron cuenta de que Diomedes Díaz
era en realidad otra cosa, porque su talento era el de un hombre al que si
acompañaban con buena fe en la caja, la guacharaca y el acordeón, entonces por
un puro e inexplicable milagro tocaban más sabroso. Se volvió amante del licor,
como todo hombre sentimental, haciendo honor a su segundo nombre Dionisio, el
dios del vino en la mitología clásica, al descubrir que cuando estaba con unos
tragos encima cantaba con más entusiasmo, empezando a experimentar la vida agitada
de un músico. En verdad, ya tenía bien claro en su mente que tenía que ser el
mejor cantante del mundo.
Su madre Elvira
Maestre, preocupada en su rancho porque él parecía estar cayendo en la mala
vida, y pudiera terminar siendo como esos músicos frustrados del pueblo que se consolaban con la ejecución de los instrumentos y el alcohol
hasta el final de sus días, decidió que lo mejor era que se fuera a vivir a Valledupar,
donde podía estudiar y salir adelante por su propio bien. El mismo Diomedes
recuerda eso con nostalgia, cuando ella quería alejarlo del humilde lugar del
monte donde se había criado. «Mamá no sabe lo que está haciendo», pensaba él. «Yo
sí lo sé, porque lo oigo en el radio.» De manera que dejar su terruño natal fue
algo en lo que por supuesto estuvo de acuerdo, porque tenía conocimiento de que
el destino a donde iba era el lugar en que estaba la fiesta, el ron y la oportunidad
de surgir para los que se dedicaban a cantar los temas que exaltaban el buen amor,
aunque supo que lo mejor era que ella no se diera cuenta porque entonces no lo
dejaría ir.
La Ciudad de los
Santos Reyes del Valle de Upar era un pequeño pueblo enclavado entre montañas
que lo rodeaban por completo, con historia española desde la colonia a pesar
del sentimiento indígena, que desde hacía muchos años tenía fama de ser
residencia de familias ilustres consideradas valduparenses que anteriormente
sintieron desprecio por su música nativa, porque les parecía más propia de
jornaleros cultivadores del algodón. Era el lugar donde muchos querían estar por
su tradición poética, patrimonio intelectual y cultura musical, y en aquel
entonces ya la amistad más grande que todos deseaban tener era la del maestro
Rafael Escalona, el célebre autor de La
casa en el aire, para poder ser un personaje legendario de sus canciones. Desde
esos días, todas las personas veían con magia aquella ciudad del arco iris, que
era mencionada en tantas canciones de otros grandes juglares como el ciego Leandro
Díaz, Freddy Molina y Tobías Enrique Pumarejo. Se había convertido una década
atrás en capital del Cesar, y Alfonso López Michelsen fue el primer gobernador
del departamento, haciendo después cuando llegó a ser Presidente de la República
que la música vallenata fuera algo que ya afectaba a toda Colombia. Tenía todos
los años el Festival de la Leyenda Vallenata, que por iniciativa de Consuelo
Araujo Noguera hizo su primera versión en 1968, donde estuvo invitado Gabriel
García Márquez en plena fama mundial por la publicación de Cien años de soledad, por parte de la editorial Sudamericana de Buenos
Aires. Sus casas, calles y barrios se llenaban cada día más de distintos músicos,
provenientes de diversas partes con un mismo sueño común, que poco a poco se
hacían populares en la región aunque estuvieran sentados en una esquina de
bahareque tocando solamente el acordeón. Cantantes como Jorge Oñate con la
agrupación de los Hermanos López habían triunfado para orgullo de sus
habitantes, sacando varios long play's que lo tenían en ese entonces como el
más grande y representativo del folclor, y parecía como si todo aquel que
quería llamar la atención de los demás cantando el aire vallenato tenía que por
lo menos haberse bañado alguna vez en las aguas de fantasía del río Guatapurí. También
Poncho Zuleta con su hermano Emilianito había escrito unas páginas importantes en
la música, y al llegar a esta tierra, nueva para él, Diomedes Díaz supo que
estaba en el verdadero terreno donde su inédito talento sería puesto a prueba.
Aunque se bajó en la casa de unos familiares,
vendió limón en el mercado y les dio La
negra y El cantor campesino a
Jorge Quiroz y Luciano Poveda, mientras estaba estudiando tuvo un paso por la
emisora Radio Guatapurí que ya hace parte de la leyenda. En serio parece
mentira que alguien que algún día sonaría tanto en la radio, hubiera estado una
vez detrás de la cabina, lleno de curiosidad, viendo a veces lo que hacían los
profesionales de la radiodifusión, que colocaban la música de Alejo Durán, de
Alfredo Gutiérrez y del mismo Poncho Zuleta, cantantes que ya ocupaban un principal
puesto en la sintonía, aunque la razón original que lo llevaba a estar allí como
mensajero era tratando también de impulsar las dos canciones que le habían
grabado. Recuerda él mismo que como no daba para manejar bicicleta, escondía ésta
en algún lugar del Valle, y cumplía su cometido por las calles casi a la misma
velocidad que si hubiera estado manejando, con tal de quedar bien en su trabajo.
De todas maneras, aprendió mucho de la radio, y una de esas cosas fue ver cómo
ciertos músicos reconocidos llegaban en persona a promocionar sus discos desde
allí. El locutor de turno casi no le prestaba atención, y prefería oír el nuevo
disco del gran cantante Jorge Oñate, que la voz de un joven iluso que a veces cantaba
despacio en los pasillos. Pero ya éste había creado una hermosa canción que ahora
sí lo daría a conocer.
Resulta que esa ciudad había sido el lugar
donde sobre todo había llegado a estudiar, en la Escuela Industrial. A raíz de
esa experiencia, conocería inesperadamente al único muchacho que en esos días cantaba
y cantaría por siempre mejor que él. Su nombre era Rafael Orozco Maestre, originario
de Becerril, pequeño pueblo del Cesar, tres años mayor y dueño de una excelente
voz de admiración, que para remate por su agraciada apariencia era más mirado
por las mujeres sin necesidad de tanto coqueteo. En un concurso que hicieron en
una ocasión de la semana cultural en el Colegio Nacional Loperena, Rafael
Orozco con su insuperable canto se llevó el trofeo que lo acreditaba como el
mejor, derrotando en la contienda a varios participantes como Juvenal Daza
Bermúdez, Octavio Daza Daza, Adalberto Ariño y Diomedes Díaz, que estuvo en
representación del INSTPECAM, y que a lo mejor debió pensar que hubiera sido
prudente haberse quedado un tiempo más en La Junta mientras se preparaba un
poco mejor, antes que enfrentarse con humillación al más grande rival que tuvo
en la vida. De todas maneras, igual que le había pasado en anteriores
ocasiones, hizo unos versos proféticos donde anunció que de todos los presentes
él era el único que iba a entrar en la historia, porque sabía que algún día
cuando sacara el talento que tenía por dentro vencería inevitablemente el que
los otros ya mostraban por fuera.
En vista de eso, más adelante Rafael Orozco
junto al acordeonero Emilio Oviedo grabaron la canción Cariñito de mi vida, de la autoría de Diomedes, que al escucharla
magistralmente hasta los más expertos del folclor sintieron que estaban ante
alguien que ya no sólo se podía considerar un ser con ganas de llamar la
atención de los demás, sino un poeta que creaba notables melodías para que alguien
que no era él pudiera realizar su sueño de éxito en toda la región. Fue su
primer triunfo como compositor, lo que lo dejó muy feliz. Pero lo mejor de todo
lo hizo Rafael Orozco, cuando por medio de un amistoso saludo lo bautizó para
siempre El Cacique de La Junta Diomedes Díaz.
En un Festival de la Leyenda Vallenata celebrado
una vez más en la ciudad de Valledupar, Diomedes Díaz participó como compositor
con Hijo agradecido, otra de sus canciones.
Aunque quedó en tercer lugar en la categoría de Canción Inédita, como era
normal que le sucediera en esa tierra donde al principio sufría para que las
cosas le salieran bien, le permitió desde entonces estar enfrente de un gentío que
lo descubrió, aplaudió y valoró, comprobando que cuando alguien es bueno el que
se siente impresionado es el público. Nafer Durán, el negro acordeonero hermano
del legendario Alejandro Durán, fue coronado por los jurados como nuevo Rey
Vallenato. La amistad de este acordeonero, que más tarde en la noche se
prolongó en una parranda que pasaría a la memoria común, fue motivo para que el
joven Diomedes Díaz pudiera grabar un LP. La razón es que Nafer Durán sería
invitado por Codiscos para hacer un disco, y en vista del talento que le vio a
Diomedes Díaz, quien había terminado siendo auxiliar del conjunto musical de
los Hermanos López y Freddy Peralta buscando y encontrando a veces una
oportunidad para mostrarse como intérprete, a Emilio Oviedo que era el director
artístico de la empresa disquera lo primero
que se le vino a la mente fue incluirlo como cantante, cerrando rápido así el histórico
trato, cumpliendo la ilusión de un joven que lo único que quería en la vida era
cantar para ser más feliz.
Herencia
vallenata fue el primer long play de Diomedes Díaz en 1976, a la edad de
diecinueve años, cuando lo llevaron en su primer viaje a Medellín. Muchas
canciones que fueron grabadas con varios integrantes de la organización musical
de Rafael Orozco y Emilio Oviedo, sonaron humildemente en la región, pero con el
paso del tiempo la canción El
chanchullito es la única que se les viene a la memoria a los amantes del
vallenato viejo. Ese salto a pesar de la fuerte borrachera que esa misma tarde
casi lo intoxicó, le abriría las puertas de ciertas personas, el respeto de
algunos de sus vecinos, la admiración de cantantes que ya eran conocidos por toda
la gente, pero ninguno de estos grandes músicos como Jorge Oñate o Poncho
Zuleta se imaginaron siquiera que el dueño de esa voz aún bajita y desafinada,
sería el mismo que como un imán cambiaría por siempre la historia del
vallenato.
En vista de eso, alguien le presentó a Gabriel
Muñoz, directos de artistas y repertorios de la multinacional CBS, que al
escucharlo cantar en Valledupar quedó encantado y decidió llevarlo a Bogotá
para que lo conociera el gerente y el presidente de la compañía, dándole la
oportunidad a un cantante que hizo venir en avión a otros ejecutivos de Miami y
Nueva York sólo para presenciarlo en el estudio, y entonces al lado de "El
Debe" López grabó el que sería su primer gran éxito como cantante. En la
carátula de Tres canciones de 1977 aparece
un Diomedes Díaz sonriente con unas gafas oscuras, bigote cantinflesco y
faltándole un diente, pero desde el primer momento en que se comenzó a oír la canción
del mismo nombre, que le dedicaba a la novia de la ventana marroncita en La
Junta, la gente comprendió que aparte de músico era muy inteligente, y que la
única manera de que estuviera cantando una buena canción que lo daba a conocer
en el mundo, era porque a él mismo le había tocado componerla con inspiración.
En las casetas fue bien visto, e incluso comenzó a llamar la atención de ciertos
seguidores, entre lo que estaban algunos marimberos, que lo que más querían en
esa época era coronar embarques de marihuana, comprarse una camioneta Ranger,
tener muchas armas, tomar litros de Old Parr, echarse encima la colonia María
Farina, compartir el amor con mujeres simpáticas y voluptuosas, y en las
legendarias parrandas contratar a un nuevo cantante que se llamaba Diomedes.
Más adelante, De frente fue un nuevo LP
que ese mismo año enriqueció mejor su repertorio musical, con temas como La montañita y Me deja el avión, que dio a entender que había llegado para
quedarse por siempre, y que lo hizo conocer más allá de La Guajira y el Cesar, haciendo
de él ya alguien reconocido con su bigote partido en dos aunque estuviera
parado en una parte y no estuviera cantando. Su carrera musical, aunque él
apenas se las creía, comenzó a despegar, a darle un nombre, pero ni el mismo Diomedes
se imaginaba que el capítulo más recordado de su vida musical estaba a punto de
llegar, cuando ni siquiera tenía esperanza de algún día llegar a viejo.
La
locura, que grabó al lado del acordeonero sanjuanero El Fuete Juancho Rois, fue lo que lo consagró como el artista más sorprendente
del año 1978, y todavía hoy los más conocedores expertos aseguran que es su mejor
long play. En este trabajo musical con el que definitivamente alcanzó el
estrellato, donde están unas de las mejores canciones que interpretó jamás, la
voz de Diomedes Díaz es todavía la de un muchacho afinado que ya sabe cómo
cantar bien. Lluvia de verano, el éxito
más sonado de este álbum, lo catapultó sin discusión como el fenómeno musical
del vallenato, donde es alguien sin penas ni sufrimientos, que se fueron como
el viento huracanado, cantando, riendo, soñando y viviendo alegre, al que al
que le duela, que le duela, si se queja es porque le duele. La letra de esta
esta canción, de Hernando Marín, es sacada del diccionario de la vida, donde
conoció la mentira de la gente, siendo muy desafiante, como hombre valiente, que
aunque sangra no le duelen las heridas, y hoy que tiene su experiencia
concebida mantendrá siempre levantada la frente, porque esa mujer fue como
lluvia de verano, y al que al que le pique, que le pique, por él que se siga
rascando, dejando entonces sonar un rato el acordeón de Juancho que sacó la
nota musical más magistral que se recuerda en su vida a tal punto que pareció
una herejía, para después decir que si vuelve una de las que lo dejaron se
reconcilian, por qué no, si es valiente, que no digan las mujeres que es él malo,
malas son ellas que buscan su mala suerte, así que como Lisímaco Peralta va a
cambiar de comedero, haciendo al final apología al machismo, orgullo y sentido de
buen guajiro, pero en realidad parece reflejar el espíritu agresivo de Diomedes
Díaz que detonaba al fin como advertencia a sus más duros rivales que ya no
pudieron ignorarlo y comenzaron a respetarlo. En cualquier parte se escuchaba
este tema inmortal que fue el elixir de la larga vida de su carrera artística,
e incluso una madrugada en un pueblo de la Media Guajira, en el caserío de Las
Flores, hubo una oscura tragedia porque el conocido comerciante de marihuana Lisímaco
Peralta, que era el famoso personaje mencionado, estaba de veras muy feliz en
la vida, sintiendo que como era su canción en la caseta Salsipuedes donde Diomedes
Díaz y su conjunto se presentaron no la dejaran de tocar y la repitieran muchas
veces sólo para él, provocando que entonces otras personas protestaran por eso
y se formara una lluvia de tiros que produjo la muerte del alegre marimbero, cuya
sangre alcanzó a salpicar al mismo artista revelación del vallenato, que estaba
corriendo al igual que los músicos que lloraban y las demás personas huyendo
del drama, en el cual también murieron el contrincante Reyes que fue el que
disparó primero y su hermano Juanito que estaba en una mesa durmiendo. El alma de un acordeón, de la autoría de Diomedes, gustó profundamente
y le dio sus primeros seguidores, como también el tema Lo más bonito y Me mata el
dolor, mientras la estrella que lo iluminaba se volvió la más brillante de
todo el cielo. Desde entonces, y para siempre en la región, se aceptó unánimemente
que no había nada qué hacer, que el mejor cantante en la historia del vallenato
ya estaba desde hacía veintiún años respirando entre los vivos.
De otro lado, la bonanza marimbera estaba
arribando a donde no había llegado otra jamás en la Costa Caribe, creando
formidables riquezas en ciertos hombres que pasaron a ser mitos vivientes
porque cambiaron la historia para siempre. La popularidad de los 'que tenían la
tula', iba muy por encima de la de los cantantes como Jorge Oñate, Poncho
Zuleta, Los Betos, Adaníes Díaz con Ismael Rudas, el Binomio de Oro que
conformaba Rafael Orozco e Israel Romero, y el mismo Diomedes Díaz, que paraban
más en La Guajira que en otro lado porque desde allí se estaba impulsando el
boom del vallenato. Uno de éstos era Raúl Gómez Castrillón El Gavilán Mayor, nacido en Las Palmas, quien había hecho una
fortuna a fuerza de ingenio y ambición, por los caminos, trochas y parajes
lejanos del desierto, fue la primera persona que llevó a Rafael Orozco a
Riohacha cuando apenas éste estaba empezando, y sus comunes parrandas eran tan
grandiosas, que nadie le prestaba mucha atención a Diomedes Díaz cuando lo
veían como un invitado más en su patio de la arenosa calle diecisiete. El Old
Parr de a litro corría por doquier, la comida sobraba aunque siempre fuera
vuelta a comer, todos tocaban las armas y si querían las disparaban al aire
para espantar a los ángeles, y los dólares pasaban más por las manos de este famoso
personaje que los saludos de los hombres. Diomedes Díaz hizo amistad con muchos
nuevos ricos en esta ciudad, pero con este mecenas de la música en especial tuvo
una rara fascinación, porque parecía ser el hombre más bueno del mundo, siendo
alguien que creyó en su estilo desde el mismo momento en que lo oyó cantar, le
brindó la amistad para toda la vida, apoyó su brillante carrera, le regaló muchas
cosas de valor como su primer carro, joyas de oro y dinero en efectivo, y gracias
a su extraordinaria riqueza ya no lo vieron tanto como el cantante de moda sino
como el artista que más escuchaban los marimberos, y si eso era así entonces
también lo terminarían de escuchar el resto de los hombres. En ese entonces,
Riohacha parecía la ciudad más famosa del mundo, porque la mayoría de la
marihuana que exportaban por barcos y pequeñas avionetas para ser coronada en
Estados Unidos, alimentaba las asombrosas parrandas animadas por reconocidos
cantantes del vallenato, la abundancia babilónica, la riqueza exorbitante y el aura
especial de personaje como Orejucho
Peñalver, Lucky Cotes y Miguelito, y
por supuesto El Gavilán Mayor, que con
su sombrero y pequeño bigote en el medio al estilo de Charles Chaplin enamoraba
a todas las mujeres. El dinero se veía por todas partes, las lujosas casas y
las armas que con sólo mirarlas inspiraron las guerras entre familias que años
después cambiarían el panorama inocente que se tenía de la plata fácil, pero
mientras tanto El Gavilán Mayor, a
quien también mencionaba Rafael Orozco en una de sus canciones, parecía ser no
sólo el protagonista de una época sino de toda La Guajira entera.
Cuando Diomedes Díaz siempre en esas primeras
carátulas con el bigote partido en dos como Cantinflas al lado de Colacho
Mendoza sacó en 1979 un larga duración titulado Dos grandes, supo hacerle un homenaje que quedó para la historia.
La canción El Gavilán Mayor, nuevamente
una composición de la guitarra de Hernando Marín, demuestra la visión que ya
tenía de la vida este personaje de fábula que era real, en su tierra muy
enamorador, buen amigo y valiente también, siempre en su chinchorro donde se
podía mecer, siendo el gavilán mayor que en el espacio era el rey, el de las
aves el más volador, que según decía cargaba su pico con disposición para el le
quisiera jugar una traición y entonces con sus garras se podía defender. El
trabajo musical tiene muchas canciones que hacen parte del recuerdo como Así es la vida, pero desde entonces
muchos marimberos quisieron principalmente la amistad del cantante Diomedes,
para que los saludara con nombres propios en sus canciones que los hacían
conocer.
También tuvo simpatía con Manuelito Salas, un
hombre con la que entablaría una buena amistad. En esos días, mirar a Diomedes
Díaz en carne y hueso en las calles de Riohacha era más normal que escuchar sus
canciones al aire libre, quizás por los escasos equipos de sonido de la época. Fue
visto incontables veces, en varias casas de conocidos tomares de ron, como en
la de Idael Valdeblánquez situada en la calle catorce donde éste feliz era el
mejor anfitrión de la vida, pero también en algunos patios con kioskos, siendo célebre
por tener presencia en muchas parrandas cerradas de amistades que le dejaban
bastante dinero, como Rafael Freyle el gran hombre de Manaure, tomando tragos
de Old Parr, comiendo sabrosa tortuga al amanecer, bañándose con su agua de colonia
Jean Marie Farina de Roger & Gallet para siempre estar sintiéndose bien, y
de vez en cuando apartado de muchos fumando un poco de marihuana.
Al lado del acordeón del buen Colacho
Mendoza, comenzó a ser la cara más conocida, sumergiéndose en las caudalosas
corrientes del folclor, y sacando unos sucesivos discos que demostrarían que
había llegado para poner el vallenato a la altura de cualquier otro género
musical en la tierra. Los profesionales
fue un LP que demostró que sí, que había dejado de estudiar, pero para darle
alegría al público que quería ver en escena a alguien profesional en el canto como
él; con eso dejaría una buena impresión como empírico en su campo. Para mi fanaticada confirmó precisamente
eso, donde grabó temas como Palabra
sagrada, Camino largo y La Juntera, canción ésta de su paisano Marciano
Martínez, que decía ay! perdóneme señorita si en algo llego a ofenderla, pero
es que usted es tan bonita que no me canso de verla, estando tan enamorado que la
soñaba hasta despierto, siendo las sabanas de La Junta testigos de su sufrir
que le podían decir lo mucho que ella le gustaba, dejando claro que Diomedes
Díaz era el ídolo de las multitudes, el que le daba un agradecimiento a ese
público que lo había puesto donde ya estaba, volviéndose un objeto de culto en
una región donde la palabra más común en la boca era Diomedes, el
dios del vallenato que después de una presentación, dejaba en las personas la
impresión sobrenatural de que conocerlo físicamente había sido el mejor
recuerdo con el que podían quedar por siempre en sus vidas. En realidad, ya
desde principio de los años ochenta, cuando como un hombre cualquiera aparecía
en la calle, Diomedes Díaz por un extraño magnetismo comenzó a reunir la gente
a su alrededor. Tu serenata afianzó
algo que ya muchos sentían, demostrando que cantar bien para él era más fácil incluso
que hablar mal, e hizo que se ganara el afecto perpetuo de muchos niños inquietos
como mi primo Carlitos. Pero fue Con
mucho estilo, aquel grandioso disco de 1981 donde Diomedes Díaz semejante
en su parecido físico con Adaníes Díaz sale en la carátula repetido al lado de
varios Colacho Mendoza, con el que demostraría que no sólo era el mejor
cantante de ese tiempo, sino que había creado una gran obra de arte que lo
mantendría en el primer lugar por toda la vida. La canción Bonita, de su autoría, dedicada especialmente a su mujer, enamoró a
los oyentes desde la primera vez que la escucharon hasta el día de hoy. Además
de su melodía, respaldada por Nicolás Elías Mendoza que tenía el mejor acordeón
del mundo en esos días, la historia de esta buena canción donde habla de su
vida como cantante enamorado de su compañera es tan bonita, que casi todo el
mundo se la aprendió, la grabaron en su memoria, y cualquiera la cantaba sin
darse cuenta aunque ya tuviera rato sin estar escuchándola. Según la gran
crítica especializada del folclor, esta obra musical lo inmortalizó casi
enseguida, y no hacían falta más canciones por componer ni por cantar para que el
gran público lo quisiera por siempre, en el que estaba Jaimito en su casa de la
calle trece en Riohacha donde vivía con mi tía Negra, primero tocando su
acordeón y después en un grupo pasando a ser un cantante lleno de ilusión, que antes
de morir fue consciente de que el mundo era mejor en esos irrepetibles años. Lo mismo me da, una canción de buen
gusto, A mi papá, y Zunilda, hicieron de este LP el que
todos quisieron tener como recuerdo de sus mejores días como cantante estelar. Chispitas de oro y otras más, dejaron también
claro que Diomedes Díaz era el cantante que en verdad mejor sabía cantarle al
amor.
Pero ahí no paraba, porque mientras otros lo
miraban como un proyectil que iba para el espacio, en realidad Diomedes Díaz
desde la tierra estaba inspirado con nuevos proyectos para posicionarse mejor, aunque
en el LP Nuevamente sensacionales Adaníes
Díaz al lado del acordeón de Héctor Zuleta había inmortalizado la canción Marianita, imprimiéndole una poderosa
voz seca que nunca tuvo igual, con lo que demostró que de haber seguido vivo
quizás hubiera sido el más grande cantante de la historia. Todo es para ti cayó muy bien al salir, siendo de la autoría de
Calixto Ochoa la canción que le da título al disco, con una buena publicidad
que produjo un fenómeno de ventas, por lo que desde entonces ya cada temporada los
seguidores de Diomedes esperarían con ansiedad a que sacara un nuevo trabajo
musical porque eso era lo mejor que podía sucederles en el año. En la carátula
del disco, junto a Colacho Mendoza, muy bien vestido de blanco, se ve a un
Diomedes Díaz más fotogénico que siempre. También está el tema Te quiero mucho, que desde el primer día
en que salió fue como una revolución en todas las calles que hizo creer que ya era
más que un ser humano.
Entonces
como lo mejor siempre estaba por suceder, en el año de 1983 sacó el disco Cantando, donde está el tema que le da
nombre al álbum, y sus mejores canciones como el cantante más famoso del
vallenato. La canción Te necesito,
fue quizás la que más identificó la personalidad enamorada de este artista guajiro
que era único en su género, porque la letra hace referencia del hombre que es
feliz con su propia vida. Era cierto que estaba inspirada en la mujer de la que
más estaba enamorado en el mundo.
Esa
morena que me entusiasma cuando me mira
ha
despertado en mí un sentimiento para cantar,
con
toda el alma le cantaré a la mujer más linda
en
una noche de luna llena en Valledupar.
La musa que lo inspiró fue su esposa Patricia
Acosta, y cualquiera puede darse cuenta de la manera en que Diomedes Díaz
estaba en esos días pensando en ella, por el sentimiento melódico y poético de
esta sublime inspiración, que acompañada del magnífico sonido del acordeón de
Colacho Mendoza se repitió hasta el infinito. Fue la mujer que más quiso en
toda su vida, con la que más vivió en sus mejores días de hombre, a tal punto
que mientras estuvo con ella dio origen a sus mejores ritmos como este lindo paseo,
que indiscutiblemente es la mejor canción en la historia del vallenato. En
realidad, gracias a su música que tenía fuerte aceptación, fue un ser humano de
buenas en el amor, teniendo por eso romance con otras hermosas mujeres que se
volvían locas oyendo su buen canto, y a más de una debió gustarles Por amor a Dios y Myriam, una pieza seductora de su carrera como cantante singular.
Se puede decir que Diomedes Díaz, en La Guajira, el Cesar y gran parte de la
Costa, por sus canciones, su carisma y su coquetería con pantalones, fue el
hombre del que más se enamoraron las mujeres.
El mundo puso fin a su
historia al lado de Colacho Mendoza, pero dejó en claro que el conocido cantante
Diomedes Díaz que ganaba discos de oro y seguía solo por su cuenta, había
aprendido los secretos del mejor maestro del acordeón que pudo tener en su
carrera musical, con quien vivió los buenos días en la época dorada de la
marimba. La canción Mi muchacho,
dedicada a su hijo Rafael Santos que le hacía acordar ayer, le hizo ganar por
su buen sentimiento el afecto de muchos padres, aunque también menciona su pasado
en La Junta y a la Virgen del Carmen, santa a quien le tenía fe porque le había
hecho muchos milagros, uno de ellos la fama. Es una de las canciones por la que
es más conocido, de la que más le pedían en las presentaciones siendo un hombre
mayor, y la que más le gustaba a él mismo.
Entonces grabó con Gonzalo Arturo "El Cocha" Molina, que con
el trabajo Vallenato comprobaría que al
lado de Diomedes Díaz el gran público siempre vería a cualquiera que fuera su
compañero como el mejor acordeonero. La gente se acostumbró a ver a Diomedes al
lado de este nuevo músico de Patillal, llenando casetas, generando un nuevo éxito
musical, cobrando millones de pesos por nombrar a las personas en las
canciones, rompiendo récords en ventas, que le daban varios discos de oro y platino,
para alegría de grandes amigos como Jaime Araujo Cuello a quien siempre
saludaba, mientras como artista cada día más seguía creciendo sin parar, porque
sus presentaciones en el programa televiso de Jorge Barón demostraron que aparte
de ser escuchado en la radio podía demostrar una picardía superior si lo veían
cantando de cuerpo entero en el Show de las Estrellas, pareciendo mentira que
alguien que sólo veía bien por un ojo conociera tanto este mundo. Cuando sacó Brindo con el alma, su nueva producción
musical, lo hizo estar de nuevo en oído de la gente, que repetía la canción que
daba nombre al título y donde mencionaba a Ricardo Palmera, un hombre que al
volverse guerrillero de las FARC sería conocido como Simón Trinidad, hasta
saciarse porque divertía ver el enamoramiento de Diomedes Díaz con una niña muy
linda que por culpa de las llamadas telefónicas del cantante, la señora que se
negaba a ser su suegra le pedía que a su hija no se le llamara y molestara más.
Sin medir distancias, de Gustavo Gutiérrez
Cabello, que también cantaba con el alma Carlitos, lo hizo ver de nuevo como el
hombre que explotaba con la violencia de la voz, haciendo de su imagen la más
grande del folclor, el único cantante que era señalado como el mejor, a pesar de
la rivalidad eterna con el Binomio de Oro que brillaba fuertemente con luz
solar. La verdad es que Diomedes Díaz, en el plano musical, estaba fuera de
competencia, porque mientras los demás trataban de ir detrás de él, Diomedes ni
siquiera se movía del pedestal donde hace rato ya estaba instalado, cantando pegajosas
canciones como Sin ti en la que se
sentía su espíritu muy sabroso. Por eso con Incontenibles,
Diomedes Díaz El Cacique de La Junta se
ratificó como el mejor del vallenato, cantando el tema Si vas te olvido, donde decía te he dejado de querer, cuán largo es
el cansancio, desengaños por doquier han dejado huella en mi corazón, pero
pronto volveré a sentir la esperanza, el destino me enseñó nunca resignarme
ante un gran dolor, y el coro me tienes desesperado y acorralado con tu desdén,
me duele tu indiferencia por qué me tratas así mujer, y entonces Diomedes
seguía quieres arruinar tu vida en busca de una aventura, lo siento pero te
digo si te vas si te vas si te vas te olvido, si te vas ay! te olvido, si te
vas si te vas te olvido, que hasta el día de hoy cuando uno lo escucha como un
fenómeno de la canción, entiende porque desde siempre se decía que era un fuera
de serie. La carrera de este cantante de espíritu helénico apenas parecía
atravesar por su mejor momento, con el tema Tu
cumpleaños la gente a su alrededor aumentaba con los segundos, los minutos
y las horas, su nombre era el más mencionado en las conversaciones de los
hombres que sabían que era el Monstruo del Vallenato, su estilo se iba
afianzando sin detenerse, pero todavía así las ganas de cantar era tan grandes
igual que cuando estaba lejos de alcanzar el reconocimiento.
Su reencuentro al lado de El Fuete Juancho Rois ahora éste con el pelo
bastante ensortijado, hizo que el folclor vallenato era lo mejor que sucedía en
la vida de los hombres. El trabajo que sacaron en el año de 1988 fue llamado Ganó el folclor, porque de esa manera se
demostraba que uniendo a los más grandes en los suyo, el uno cantando con furia
superlativa y el otro reventando con fuete el acordeón, la música vallenata era
algo que el mundo entero podía comenzar a tener en cuenta. La canción que le
dio nombre al disco, de Roberto Calderón, cayó como un bálsamo para los
enamorados, los seguidores acérrimos de ambos artistas, y en verdad un nativo
de San Juan murió tranquilo cuando vio realizada la unión de Juancho y
Diomedes. La canción Los recuerdos de
ella, le hizo ver a los amantes del licor que valía la pena beber mucha
cerveza en la vida, si eso era lo que había inspirado salir adelante a alguien
tan ejemplar como Diomedes Díaz. Éste no cabía de la felicidad por estar al
lado del que era considerado por muchos expertos el nuevo mejor acordeonero de
La Guajira, tocando Gaviota herida,
de Efrén Calderón, y la hermosa canción Páginas
de oro que los identificó suficiente, mientras Juancho Rois trataba de
sacar al aire las mejores notas de querubín que le demostraran a Diomedes Díaz que
sólo al lado izquierdo de ellas podía seguir su camino muy derecho.
El disco El
cóndor herido, con la canción del mismo nombre, le hizo creer a la gente
que Diomedes Díaz había dejado de querer a la mujer que le había inspirado las mejores
canciones, que lo habían hecho tener ya fama internacional. Su agresividad y
molestia por los problemas del hogar al cantarla, evidenciaba falta de cariño,
de irse lejos, muy lejos, siguiendo quizás el vuelo del cóndor, algo que nunca
podía suceder porque aunque jamás lo amarrara el amor de una mujer, nunca
podría escapar del cariño sorprendente de su público.
Canta
conmigo gustó en seguida, y en la carátula se puede ver al cantante
Diomedes Díaz Maestre, que parecía tener algún conocimiento esotérico para
conquistar a su público, al lado de un buen acordeonero con el que andaba más
acompañado que de su propia mujer. Las notas de Juancho lo tenían en verdad
transformado, en éxtasis, en trance musical, sintiendo que era lo que siempre
había querido ser, exigiéndole aquél más que cualquiera en toda su carrera como
sucedió con la canción Lucero espiritual
de Juancho Polo Valencia, donde ejecuta bien los pases como los más grandes, y
por eso fue adaptándose a la serenidad de un hombre privilegiado que podía
inventar la melodía que quisiera, que componía, arreglaba y producía con esmero,
y que además de buen músico llegó a conocer a Diomedes más que cualquier otro ser
humano, mientras él también tenía su difícil competencia con el villanuevero Israel
Romero, que era el que más rápido tocaba el acordeón en el mundo. Fue un disco
con muy buena aceptación, ratificando que era la gran cara del vallenato.
Cuando
en el año de 1991 sacaron Mi vida musical,
la fama de Diomedes Díaz era tan grande y sus melodías eran sentidas a tan alto
volumen en todas las calles de los pueblos y las ciudades enteras, que aunque
en esos mismos instantes hubiera salido otro mejor cantante en la historia nadie
lo hubiera podido escuchar. Canciones como Doblaron
las campanas gustaron por su buena letra, y Parranda, ron y mujer, tema de Romualdo Brito, con el buen acordeón
de Juancho Rois que digitando gustoso se inspiró en sus notas bastante sabrosas,
cayó de nuevo bien entre los verdaderos parranderos y mujeriegos sin remedio,
que en medio de la parranda y bajo los efectos del licor visualizaban la imagen
de Diomedes Díaz igual que en una iglesia lo hacían los feligreses con Jesús de
Nazaret. La canción Mi ahijado, donde
a la Virgen del Carmen le pide vida y salud, que lo demás lo resuelve él, fue
quizás el éxito del LP, con un sentimiento humano hacia la historia que cantaba
ante un niño huérfano llamado Pachito que le preguntaba al padrino dónde estaba
su papá, que muchos se preguntaron quién fue el compadre que le dejó un vacío
tan grande al Cacique, como para que éste lograra crear una canción antológica
que todavía hoy dan ganas de llorar. Mi
vida musical, la canción que da nombre al título, narra en merengue los
hechos que le dieron la dirección ideal a su vida, contando paso a paso todo lo
que había vivido en su carrera musical con la ayuda inicial de su desaparecido
tío Martín Maestre, para llegar a donde ya estaba. En sí, fue un trabajo
musical que siguió teniendo bien contento a sus seguidores, que ya lo veían
como si fuera el único artista que existía en el vallenato.
En unos carnavales de Barranquilla, en el
estadio de béisbol Tomás Arrieta, Diomedes Díaz participó nuevamente detrás del
tan ansiado Congo de Oro, ante una asistencia increíble que por su fuerte espectáculo
lo aclamaba como el seguro ganador de la tarde. A pesar de que cantando El muñeco arrasó teniendo con mucho espíritu
una grandiosa actuación, al lado de un inspirado Juancho Rois y resto del
conjunto que se portaron como héroes de la armonía artesanal, perdió la
contienda por una que fue considerada mala decisión del jurado. En vista de que
la victoria la obtuvo el Binomio de Oro de Rafael Orozco e Israel Romero, apartando
rabioso al hombre que anunció el resultado para coger de nuevo el micrófono, Diomedes
Díaz protestó de inmediato ante el público, y juró que nunca pero nunca más volvería
a participar en ese festival.
El
regreso del cóndor tranquilizó a sus seguidores, porque si seguía viviendo en
la casa con su amada esposa, entonces podían seguir esperando de seguro
hermosas canciones de él como en sus mejores épocas. La canción El mundo se acaba llenó de entusiasmo al
público, porque decía casi la verdad del hambre de los humanos, aunque no la
verdad de Diomedes, que era un hombre muy rico y podía comer toda la carne que
quisiera. Shio shio cayó también en
el gusto de la gente, y Mis mejores días,
de su misma autoría, dejó encantado a los oyentes, no dejando oír casi las
canciones que en esos momentos vocalizaban otras figuras del canto, llegando a presentarse
en lugares tan lejanos como Estados Unidos como ya era normal. Pero entonces,
cuando todo parecía tan bien, un acontecimiento entristeció para siempre la buena
imagen que en el país y en el mismo extranjero se tenía del vallenato.
La noticia de que Rafael Orozco, el cantante líder
del Binomio de Oro, había sido asesinado un 11 de junio de 1992 en Barranquilla,
hizo pensar que la edad de oro del vallenato había tocado a su fin. Cuando
estaba de noche en la terraza de su casa al norte de la ciudad conversando con Alonso
Ariza y Francisco Manuel Corena, músicos de Diomedes Díaz que le estaban pidiendo
prestadas unas tumbadoras, alguien surgió de la oscuridad y le disparó con una
pistola diez veces a quemarropa. Al caer al suelo donde terminaría muriendo, dejó
triste a una mujer que le había dedicado la canción Sólo para ti, la cual junto a las hijas salieron precipitadas a
socorrerlo, y a miles de seguidores que desde que comenzó a cantar siempre lo consideraron
por excelencia el mejor del género romántico. No sólo era el único cantante que
estaba a la altura musical de Diomedes Díaz, sino que era dueño del mejor
timbre vocal que hubo alguna vez, el que más andaba con un conjunto de gira
permanente en el exterior, llegando a dividir al inmenso público en dos respecto
a quién era en verdad el más grande del folclor. La rivalidad que habían tenido
durante muchos años, hizo pensar que Diomedes Díaz se había liberado sin
quererlo del único artista que, que en lugar de él, también podía ser
considerado en un futuro el mejor cantante en la historia del vallenato. Según
las autoridades que investigaron el caso que pareció propio de una telenovela,
su muerte se debió a un crimen pasional, aunque en la calle se siguió diciendo
que era por otra cosa, sobre un asunto que lo involucraba con el narcotráfico
por unos cientos de miles de dólares que dio por perdidos al regresar de una
gira larga por Estados Unidos, cuando le pertenecían a Caracol. Su muerte dolió
en todas partes, su imagen sana se volvió como la de un santo bastante querido,
y se cree que en Barranquilla nunca hubo tantas mujeres llorando por la desaparición
de un solo hombre. El multitudinario entierro fue el más grande que hubo alguna
vez en la historia de Barranquilla, empezando en la Catedral donde el dolido público
vio su rostro, velando después unas horas ante los miles de curiosos que
hicieron fila en el Coliseo Humberto Perea, y por último en la Iglesia del
Carmen donde Juan Piña con un micrófono trataba de poner en orden a la gente, iniciando
un largo recorrido por las diferentes calles de la metrópoli mientras era seguido
por un helicóptero con reporteros que transmitían las imágenes en vivo y en
directo por Telecaribe, teniendo de fondo canciones como El llanto de un rey que hacían sentir su gloria divina en la tierra
y ponía a llorar a incontables televidentes, hasta avanzar a las mismas afueras
de la ciudad que llevaba a la vía al mar, terminando así la caminata en Jardines
del Recuerdo, donde su despedida partió el alma de todos los asistentes, ante
una viuda y hermosa Clara Helena Cabello que estaba sentada junto a su tumba vestida
de negro, muda por el drama y totalmente desconsolada, acompañada por el
también triste Israel Romero que no tenía manos para el acordeón, mientras los
dolientes entre los que estaba el maestro Rafael Escalona con el corazón
arrugado como él mismo lo expresó, se preguntaban qué había hecho Rafael Orozco
conocido también como El Escultor de Mil
Momentos de Amor, que ahora no
podía seguir en esta vida donde sólo realizó todo lo que pudo para que algún
día como ese triste atardecer junto a él no enterraran sus canciones.
En Barranquilla, Diomedes Díaz fue en una
ocasión a la fiscalía a declarar sobre el caso de Rafael Orozco. No entendía
por qué lo involucraban en ese crimen, si a diferencia de los asesinos que
segaron la vida de su colega, él no tenía necesidad de sacar a nadie del camino
si para eso Dios le había dado el talento de su voz. Además, si alguien sufrió
con aquella muerte fue él mismo, que lo conocía desde su más temprana juventud.
En una ocasión, mientras cantaba en un concierto le hizo entonces un histórico
homenaje, aclarando que Rafael Orozco y él a pesar de que se creyera lo
contrario habían sido grandes amigos, que fue quien lo había hecho famoso, apuntando
que los grandes periodistas no decían eso. «Fue el que me grabó mi primera
canción», dijo. Para que el público comprendiera bien, cantó con furia Cariñito de mi vida con la verdadera voz
del compositor que ahora era un cantante famoso, dando paso después a la
improvisación de versos sueltos, asegurando en una estrofa ahora la paso
llorando/ y hasta estoy sintiendo miedo/ un ángel más en el cielo/ Virgen del
Carmen qué hago/.
De otro lado, como ya era casi normal, en
diciembre de 1992 sacó en Fiesta Vallenata
al lado de Juancho Rois una de las canciones que más gustaron en la
temporada de los carnavales de toda la historia, en la calurosa región de su
país. Se trató de El hombre de mama,
un tema de Efraín Barliza, jocoso, divertido, que hace reír, cuando un hombre
llegó a donde su mama pero él no lo conoce, usa calzoncillos largos, usa
pantalones cortos, por lo que no lo conoce, no lo conoce, calzoncillos largos,
pantalones cortos, y que recordó nuevamente que era el mejor precisamente por
la escogencia certera de esa graciosa canción que prendió las casetas.
En mayo de 1993, su carrera como cantante
pasó por el momento más alto de su vida con el álbum Título de amor. La canción Mi
primera cana de su autoría arrancó con bastante fuerza desde antes del
lanzamiento en mayo, y le demostró una vez más a los diomedistas que cuando
este cantante se lo proponía podía escucharse tanto en la radio y en los
equipos de sonido de la gente, como si fuera el mismo Dios en el cielo. En su
historia musical, como él mismo lo reconocía, sólo una gran canción de Diomedes
Díaz podía ser mejor que Diomedes Díaz. Déjala,
Ven conmigo, que enamora por su
mensaje de amor y Mi compadre se cayó,
fueron motivo de varias fiestas, muchos hombres parrandearon con ella, y se
puso tanto de moda este disco que en cualquier calle de su país y quizás del
extranjero, por encima de la suave brisa, las olas del mar y el canto de los
pájaros, su voz de cantante era el sonido natural que tenía más aceptación en
los oídos. Título de amor, donde
habla de la fidelidad de su esposa y menciona a Jesús, fue un tema bonito que
se repitió tanto, que mucha gente se aprendió la letra sin habérselo propuesto.
La reina marcó un manera de cantar y
de llegarle a la gente con una nueva melodía, como le sucedió a mi hermano
Carlos Herrera que desde entonces la considera su favorita, y a veces cuando
uno en el replay aún la oye sin parar puede saber cuán hermosa era la vida que
le había tocado vivir a Diomedes Díaz. Pero fue sobre todo Amarte más no puede, de Marciano Martínez, el éxito indiscutible de
este disco completo considerado también por sus seguidores como el mejor de su
carrera, porque fue el primer CD con el que logró vender más de un millón de
copias.
En esos precisos momentos, pasaría algo
diferente que cambió bastante la historia del vallenato. La presencia de Carlos
Vives con Clásicos de la Provincia, donde
grabó principalmente el tema La gota fría,
canción del viejo Emiliano Zuleta hacia su peor enemigo en la piquería Lorenzo
Morales, que fue un éxito mundial y lo dio a conocer de cuerpo entero en el
continente americano, hizo pensar por primera vez en Colombia que había
aparecido un cantante gigante del vallenato que dueño de una gran belleza con
el cabello largo como Sansón, jean mocho y corpulentas piernas descubiertas de
deportista, hacía ver muy pequeño al propio Diomedes. Con su vallenato-pop el
fenómeno Vives llegó ser el artista vallenato más famoso a nivel internacional,
pero para los expertos musicólogos el número uno del autóctono folclor seguiría
siendo por siempre Diomedes Díaz.
De manera que 26 de mayo fue un disco que, al salir como siempre pasaba el 26 de
mayo día de su cumpleaños, alegró en verdad el año de 1994, porque su talento
siguió siendo invencible. A raíz del Mundial USA 94, en el que iba a participar
la Selección Colombia desde que el 5 de septiembre de 1993 había derrotado en
el estadio Monumental de Buenos Aires por 5 a 0 a la Selección Argentina, hubo
una fuerte sorpresa. Su grupo liderado por él sacó una buena canción llamada Yo soy un mundial, que fue un aliento
por las jugadores de su país especialmente para Carlos "El Pibe" Valderrama,
el mediocampista de melena rubia nacido en Santa Marta y número 10 de la
tricolor, que ya a esas alturas era considerado por sus constantes pases de gol
uno de los mejores jugadores del mundo. La canción Por qué razón, de la autoría de Juancho Rois, se convirtió en el
éxito temprano del disco, poniendo su voz nuevamente de moda como si en serio eso
fuera lo mejor que Diomedes Díaz el Monstruo del Vallenato supiera hacer. Su
carrera al lado de "El Conejito" Juancho Rois estaba en su mejor
momento, era declarado oficialmente en público el consentido de la Sony Music, la
fama que tenía también se había convertido en mundial, y era raro que en alguna
terraza no se escuchara su música, no se hablara de su vida, algunos no
quisieran ser como él, por una extraordinaria carrera musical donde llevaba más
de quince millones de discos vendidos, y su idolatría creció tanto que ya su
imagen parecía la de un cantante que con sólo escucharlo daba buena suerte a
los hombres hasta para los negocios más importantes de la vida. La canción 26 de mayo, contó su nacimiento cerca de
La Junta de una forma más especial, su interés temprano por la música de acordeón,
dejando comprender que aquel extrovertido personaje que ahora era alguien
conocido sólo había sido un humilde ser campesino que había podido triunfar, por
lo que sus seguidores creyeron una vez más que después de Jesucristo, el ser
humano más importante que había era Diomedes. Su alegría no conocía límites, guiado
por su representante Joaquín Guillén nada ni nadie podía imaginar que las cosas
podían tomar otro rumbo, y había tantas canciones ya de Diomedes Díaz en la
música vallenata, que era dudoso que aunque no grabara más algún día se
volvería a dejar de escuchar.
Su amistad con Juancho Rois trascendía el
amor que ambos sentían por la música, y nadie por esa fuerte razón se imaginó
que el final de esa unión se estaba acercando. Éste se había casado en Montería
con la verdadera mujer de su vida, la hermosa joven Jenny Dereix que fue su
novia a pesar de la oposición inicial de la familia de ella, por la que incluso
se cortó el largo cabello ensortijado para estar más serio a su lado en el
altar, y estaba tan feliz con su matrimonio que no hizo sino inspirarse con
sentimiento para componer las canciones más sentidas que recuerdan sus
seguidores. El enamoramiento, que le
tocó de verdad, lo había cambiado en serio por completo, y quería vivir todos
los años de la vida que en esos días sólo giraba en torno al amor. Su fama de
gran acordeonero estaba casi a la altura de la de Diomedes Díaz como cantante, tenía
sus propios seguidores, entre los que se encontraban el niño Jeison Barros que
todavía hoy siendo un hombre lo sigue considerando su principal ídolo, y
parecía dispuesto a seguir a su lado por siempre, como si presintiera que por
la unión de ambos nada hacía prever la vía en extinción del vallenato. Se les
veía contentos en las presentaciones, de gira por todas partes, tocándoles a un
público fiel que los quería ver juntos por siempre y para siempre, porque el
conjunto que ambos conformaban era lo mejor que les podía pasar a muchos individuos
que tuvieron la oportunidad de estar vivos en esos tiempos, que ellos con la novedosa
melodía pudieron volver modernos.
En Caracas, mientras Diomedes Díaz estaba descansando
en el hotel Caracas Hilton, un 21 de noviembre del mismo año de 1994, Juancho
Rois y el resto del conjunto conformado por el bajista Rangel Torres, el
guacharaquero Jesualdo Ustáriz, el cajero Tito Castilla y el técnico de
acordeones Eudes Granados, tomaron en la tarde una avioneta en el aeropuerto
Maiquetía rumbo a un lugar de Venezuela en el estado de Anzoátegui, específicamente
en la población de El Tigre, donde pensaban cumplir el compromiso realizando un
toque a un amigo al lado del imitador Enaldo Barrera, más conocido como
Diomedito, que los estaba esperando. La avioneta Cessna Piper YV- 628P en la
que iban tuvo problemas en el aire, además de que hubo confusión por la falta
de luz y la fuerte lluvia que se precipitó, y entonces buscaba aterrizar de
cualquier manera en una autopista donde los conductores de los carros viendo
las luces de la aeronave en agonía fueron uno por uno parando para que lo
pudiera hacer por emergencia, pero resultó teniendo un choque con una alta torre
de transmisión de la CANTV, que ocasionó el calamitoso accidente. Fue un suceso
catastrófico, donde al caer al suelo impactado murieron al instante el piloto
Monsalve y Eudes Granados. «No me dejen morir», dijo Juancho Rois mal herido y dolido,
en medio del desastre. Sin embargo, la tragedia había sido tan fuerte y el daño
que recibió irreparable a pesar del rescate oportuno que tuvieron, que en el
hospital donde alcanzó a ser atendido se fue de esta vida al lado de Rangel
Torres, sin haber tenido tiempo de despedirse de sus seres queridos, sin
haberle dicho por última vez a su bella esposa que estaba embarazada cuánto la
amaba más que a sí mismo, y dejando completamente solo al mejor cantante del
mundo.
La noticia de su muerte sacudió a los amantes
de la música vallenata, pero sobre todo al dolido pueblo de San Juan. Parecía
una locura, la tragedia destrozaba, dejaba sin aire, y muchas personas lloraban
ya no tanto por la muerte de Juancho Rois sino porque desgarraba el alma ver a
un pueblo entero llorar sin consuelo. Nunca había pasado algo parecido en la
historia de San Juan del Cesar, sus honras fúnebres atrajeron a una inmensa multitud
que no cabía en el pequeño municipio, y nadie se explicaba de dónde habían
aparecido tantas gentes que por nada querían quedarse sin ver al hombre que más
usó los dedos en esta vida. Su ataúd era el mayor centro de atención, y quienes
se asomaban al cristal no podían entender que alguien tan bueno pudiera morir muy
rápido. El único que no asistió al velorio, por supuesto, fue Diomedes Díaz.
Según él, había una fuerte razón: «Es que si yo estoy ahí, las personas van a
estar pendiente de mí y nadie le va a prestar atención al muerto». Quizás era verdad,
pero también es cierto que si Juancho Rois se hubiera levantado de la muerte,
entonces por siempre iba a ser más querido que Diomedes Díaz.
Éste, por su parte, casi se muere también de
la pena, del puro sentimiento, y hay un video donde está con una cachucha en un
carro acompañado de otras personas, atendiendo a un periodista que lo vio
cuando parecía estar camuflado en su dolor, donde habla sin dar para hablar
apenas, y llora de una manera tan destrozada, que uno se da cuenta de que lo
que él más quería de Juancho no era la forma especial como tocaba el acordeón
sino su misma amistad incondicional. Desde entonces no volvió a ser el mismo de
antes, y a pesar de las duras críticas, porque aunque acompañó a la caravana que
traía al difunto desde Venezuela no hizo acto de presencia en el velorio del
pueblo, quizás a parte de su familia fue la persona que más sufrió con la
desaparición de su gran compañero, a quien no pudo reemplazar con nadie, a
quien jamás olvidó, y se sintió en su interior sin esperanzas, cuando hacía
unos meses apenas la agrupación el Binomio de Oro de América como el ave Fénix parecía
haber resurgido de sus cenizas con el trabajo musical De la mano con el pueblo, donde estaba la canción Sólo para ti que el joven vocalista Jean
Carlos Centeno cantó bien como nadie. En verdad, le costó bastante salir de ese
letargo, de ese profundo dolor, y hasta en algún momento pensó que ya no valía
más la pena entrar a un estudio de grabación, si Juan Humberto Rois no iba a
estar a su lado para que la música vallenata sonara mejor. Si algo lo rescató, fue
la presencia de sus seguidores en todas partes, que lo aclamaban, que le pedían
que no los dejara solo, que animaron a Diomedes Díaz a seguir adelante, a
escribir un nuevo capítulo en una vida de grandeza donde las canciones las
seguiría escogiendo tan bien como antes, lo que lo llevó a presentar al joven
Iván Zuleta como su nuevo acordeonero ante la propia prensa, aunque la
nostalgia por una época mejor poco a poco se iba apoderando de su alma maltratada.
Para mayor desgracia, uno de sus mejores amigos
de todos los tiempos fue asesinado. Samuel Alarcón, que era uno de los
narcotraficantes más grandes de la Costa, con quien siempre anduvo y parrandeó a
morir hasta los mismos límites de la felicidad, y a quien por muestra de cariño
y sincera amistad le compuso la canción El
Rey de La Guajira que cantó varias veces en unas presentaciones pero nunca
grabó en estudio, fue asesinado inesperadamente en enero de 1995 en la cárcel Modelo
de Bogotá, al parecer con un sicario que contó con la ayuda del Inpec, por el
arma que sin problemas usó. Su muerte fue noticia en especial en Barranquilla y
La Guajira, donde fue un capo de los de más renombre, por su riqueza, imperio y
poder material, pero sobre todo por la gran amistad con Diomedes que siempre lo
saludaba con complacencia en las mejores canciones. Esta nueva desgracia fue
nefasta para Diomedes Díaz, que comprobó de una vez por todas que las alegres épocas
de su vida en la tierra ya se estaban alejando, desde que se estaban muriendo uno
por uno sus mejores amigos.
En su vida personal, su problema con los
estupefacientes no hizo sino aumentar, hundiéndolo en la oscuridad, en el
rechazo de cierto sector de la sociedad, que lo quería ver destruido, diciendo
que cuando lo maquillaban en tarima no era con polvo para la cara sino con la
misma cocaína de manera que con buen disimulo la absorbiera, y además de ser
conocido como el cantante más famoso del vallenato, también era reconocido como
el más bazuquero. En serio, cada vez más se sumergía en ese infierno, aunque
seguía tomando, mujereando, amaneciendo a veces sin sentido, introduciéndose en
las tinieblas que le estaban mostrando el precio caro que de ahora en adelante
tenía que pagar por tener un pacto con el Diablo, según sus enemigos que
no se explicaban cómo había hecho para tener tanta buena suerte en la vida.
Frente al público, Diomedes Díaz era una persona que sonreía, que se mostraba
común y corriente, que a todos abrazaba con cariño humano, como muestra de su
amor, mientras en la soledad la droga lo esperaba sin desespero, lo atrapaba
fuertemente, lo encadenaba sin escapatoria, pero aun así se abstenía de pedir
auxilio, y la única forma como sentía que se desquitaba con ella era no
componiéndole nunca una canción. De todas maneras, tenía la ventaja de estar
siempre cantando canciones muy buenas que le recordaban a la gente que mientras
Diomedes estuviera vivo, a fin de cuentas eso era lo único que le importaba al
vallenato.
Mientras tanto, parecía que era un hombre
sano por la fuerte razón de que siempre tenía que cantar. El amor de su mujer y
los hijos lo estimulaban mucho, dándole muchas razones para seguir en esta vida
donde a veces se sentía triste, como cualquier hombre que nunca en la vida
hubiera grabado. En la soledad, siguió haciendo sus canciones, que mencionaban
las cosas buenas de la vida por las que valía la pena vivir y seguir sonriéndole
a la gente. Para mayor apoyo, la amistad eterna de un gran amigo, camarada y
compadre como Poncho Zuleta -con quien siempre parrandeaba y vivía momentos muy
felices-, le hizo sentir de veras que nunca estaba solo.
Su nuevo compañero Iván Zuleta, de la
dinastía más importante del folclor, hijo del gran Fabio Zuleta, andaba con
Diomedes Díaz por todos lados, porque para éste había sido un sueño de toda la
vida grabar con alguien de los Zuleta, y la oportunidad que se le estaba dando
para hacer eso le hizo creer que las cosas buenas de la vida aunque pareciera
increíble todavía estaban por llegar. El título del nuevo álbum musical Un canto celestial, afianzó la confianza
que el público tenía con el novel acordeonero, porque su participación en el
acetato revelaba un potencial que lo ponía al alto nivel por el que eran conocidos
y respetados los Zuleta. La canción Volvamos
fue un gran tema, que puso a El Cacique
de La Junta una vez más de moda y en el pensamiento positivo de la gente.
La elegía que le dedicó a Juancho Rois, cuyo nombre sirvió de título al nuevo
álbum discográfico, demostró que esa pena sentimental Diomedes Díaz siempre la
iba a llevar en el alma.
Muchas
gracias fue otro trabajo que le decía a la fanaticada lo muy agradecido que
estaba con ella, durante toda su carrera artística, porque gracias al apoyo del
público su talento de cantautor era tan grande y consolidado que demostraba que
para pretender ser mejor que él tenía que ser entonces en la pintura, en la
televisión, en el deporte, en la política o en la literatura, pero nunca en la
música. Su muestra de cariño a la fanaticada que tanto lo había querido, por la
ley de la atracción fue creciendo, teniendo en seguida un éxito de ventas, porque
su popularidad crecía desmesuradamente en los medios de comunicación, contando
su vida en repetidas ocasiones, volviéndose un verdadero objeto de culto al que
si se le pedía con oración hacía milagros. Era la inspiración de muchos
compositores que se volvieron los mejores maestros con la guitarra, sólo por la
ilusión de que una de sus canciones quedara bien en la voz de Diomedes. Uno de
ellos ya había sido Fabián Corrales, que ahora con Así me hizo Dios tuvo la satisfacción de darle otro éxito al más
grande, el sobrenatural artista que cuando cantaba la canción de alguien la
interpretaba con un buen sentimiento como si él mismo la hubiera compuesto.
Este disco es uno de los preferidos de sus seguidores que indicaban con
seguridad que era el Rey del Vallenato, y desde entonces sus canciones hacen
parte de las más sonadas, incluso su carátula donde está de cara al público es
una de las que más gustan porque refleja la gran altura a donde ya había
llegado con su sonrisa. El cantante estaba feliz con el destino que le había
tocado, cantando con toda la energía de la que era capaz, entregándose como
siempre, superando etapas y unas épocas que parecían imposibles de superar, y
siempre componiendo nuevos temas que confirmaban que era una máquina para
fabricar la felicidad de la gente.
Mi
biografía fue otro trabajo musical que lo puso por encima de los demás
cantantes, y confirmó que al lado de Iván Zuleta podía llegar a cualquier parte
a donde los llevara la música que más gustaba en el país. Su modo de cantar, su
picardía, las buenas canciones que regalaba como Sin saber que me espera, seguía aumentando la pasión que despertaba
en la gente, y aun en los críticos más especializados que decían que así como
había sido José Alfredo Jiménez en la ranchera, Daniel Santos en el bolero,
Elvis Presley en el rock and roll, Héctor Lavoe en la salsa y Michael Jackson
en el pop, era Diomedes Díaz en el vallenato, si bien en esos momentos su
música no iba a eclipsar el mal momento que de ahora en adelante iba a comenzar
a vivir. Fue como si por primera vez en su historia musical, un hecho personal dañara
la imagen de un cantante del que algunos aseguraban que por tener tanta fama
idólatra, era un falso profeta.
La historia de Doris Adriana Niño, la hermosa
joven que mantenía desde hacía rato un romance con el cantante Diomedes, sería
conocida por toda Colombia gracias a una serie documental llamada Unidad investigativa. Se dice que en una
fiesta de la noche del 15 de mayo de 1997 en un apartamento al norte de Bogotá
en el edificio Plaza Navarra, donde estaban varias personas incluida una de sus
mujeres de nombre Consuelo Martínez que estaba embarazada, la joven Doris
Adriana bastante celosa discutiendo con el mismo Diomedes que forcejeó con ella
para calmarla murió de pronto por asfixia mecánica, aunque algunos dicen que
todo eso pasó cuando sus escoltas trataban de violarla. Se supo que después de
ver que había muerto, los presentes nerviosos no supieron qué hacer con el
cuerpo de la muchacha, y no se les ocurrió otra cosa sino mandarla a desaparecer
con los escoltas para evitar que se dieran cuenta. Más tarde alguien que bajó
de un vehículo botó su cuerpo a orillas de la carretera cerca de Tunja, hecho que
fue visto por los mismos campesinos que estaban en esos alrededores y quienes de
inmediato alertaron a las autoridades, y ya estando en el anfiteatro fue
reclamado por unas prostitutas que engañaron al sacerdote diciendo que la
conocían desde hacía rato para darle cristiana sepultura, después de hacérsele
la necropsia y ser enterrada como una de ellas con el falso nombre de Sandra.
Sin embargo, por la denuncia de su hermano que mostró su foto en el programa de
televisión Historias secretas
diciendo que estaba desaparecida desde hacía casi un mes, se determinó que
tenían que ver con el mismo caso, y Medicina Legal exhumó sus restos hasta
reconocer realmente quién era.
Para Diomedes Díaz, ése fue el principio del
fin. Aunque al comienzo no se preocupó tanto por eso, poco a poco Diomedes Díaz
le tuvo que comenzar a ver la cara al asunto, que se volvió un escándalo
nacional, ocultándose de la verdad, evitando aparecer ante los medios de
comunicación del interior del país, que últimamente no querían ver cómo era que
él cantaba sino cuán bien el polémico cantante se comportaba en la vida real. Cuando
se disponía a hacer una presentación en la capital estando en el aeropuerto
Eldorado lo capturó el Cuerpo Técnico de Investigaciones Especiales de la
Fiscalía, al igual que a Luz Consuelo que estuvo unos meses en la cárcel El
Buen Pastor, como también dos de sus escoltas y el propio portero del edificio,
iniciando así un largo pleito donde más adelante lo defendería su abogado
Evelio Daza Daza quien tuvo mucho protagonismo mediático, pero en el que tuvo
que admitir que sí, que la señora Doris Adriana había estado en una fiesta
donde él y otras personas estuvieron celebrando, pero que no tenía nada que ver
con su muerte ni mucho menos con la adición que ésta sentía por las drogas. Fue
encontrado culpable de todas maneras, estando unos cuantos meses preso junto a
sus dos escoltas en la Escuela de Formación de Guardianes del Inpec en Funza, Cundinamarca,
mientras cumplía parte del proceso.
Fue un momento muy difícil para él, tan
acostumbrado a estar moviéndose siempre por todas partes. El público no lo podía
creer, menos cuando le tocó casa por cárcel en Valledupar, ahora a raíz del
síndrome de Guillain-Barré, debilitando eso la carrera del artista más aclamado
de Colombia, pero poco a poco sus seguidores aceptaron que las desgracias
también acompañaban la vida de los grandes hombres, y que incluso a alguien
como él se le podía perdonar todo lo malo que hiciera siempre y cuando cantara
bien. En una silla de ruedas, iniciaba una nueva vida que daba casi lástima en
todo el sentido de la palabra. Parecía mentira
que eso le estuviera pasando al mejor cantante del vallenato, que por culpa de
su situación judicial ya no vendía tanto CD's como periódicos.
Sin embargo, eso no fue impedimento para que
en noviembre del año 1998 Sony Music adecuara un estudio de grabación en su
casa de Valledupar para sacar el CD titulado Volver a vivir, en cuya carátula aparece sentado delante de un
hermoso paisaje natural teniendo atrás a Iván Zuleta, trabajo que lo volvió a
resucitar de cara ante el público, convirtiéndose en un fenómeno musical como pocas
veces antes se había registrado en la historia del vallenato en su país, por
las miles de copias que se compraron esa misma tarde. Canciones como Las verdades de mi vida, que todo el
mundo cantó, establecieron nuevamente el reinado de un cantante que últimamente
por sus problemas de salud era más lo que sonreía que lo que cantaba. Su
talento seguía en un gran momento, cantando temas como La primera piedra, de Fabián Corrales, quien por aquel entonces era
el compositor de moda y grabarle así fuera un tema aseguraba la buena expectativa
de un disco. Fue un regreso a la grande, la canción Dos corazones fascinó a las mujeres, y se comenzó a escuchar a
muchas personas rindiéndole idolatría que no se querían morir en una vida donde
existía alguien grande como Diomedes. No era una exageración, ya que en el
mundo era el hombre del que más hombres querían ser amigos. Su carisma, que
tanto le ayudó desde la más temprana niñez, confirmaba que más que un cantante
Diomedes Díaz era un buen hombre, y que su existencia era lo mejor que le había
sucedido a La Guajira en toda la historia.
En el año de 1999, sucederían buenas cosas en
su vida. Una de ellas tuvo que ver con la expectativa del milagro que iba a
ocurrir el 16 de julio, día de la Virgen del Carmen, porque por la intervención
divina de ella se esperaba que se iba a levantar de la silla de ruedas. Cuando
llegó el día tan anunciado, lo pudo hacer, en efecto, delante de su familia,
los medios de comunicación y los aplausos de los espectadores, y volvió a caminar
durante toda la vida. En vista de eso se sintió más fuerte, tuvo dentro de su
casa una vida un poco más normal, y a finales de año encontró espacio para
lanzar en diciembre un gran trabajo musical al mercado que se tituló Experiencias vividas, en compañía de
Franco Argüelles, sellando así la unión con alguien que tenía todas las ganas
de hacer por Diomedes lo que alguna vez había hecho con su acordeón el mismo Juancho
Rois. Resultó siendo el segundo álbum más vendido de su carrera, en todas
partes tuvo buena acogida, la canción Harán
la historia, de Roberto Calderón, habló a lo grande de esa nueva unión para
bien del folclor, celebrando como si pareciera una flor silvestre en el Olimpo
de los dioses donde mandaba Zeus, aunque por primera vez en la vida, la gente
no estuvo tan pendiente de dónde venían esas canciones que sonaban sino de la
suerte del hombre con diente de diamante, que con su música vallenata había
creado una religión, porque al seguir encerrado casi no se dejaba ver.
Su sentencia final por el caso de Doris
Adriana fue anunciada ante la nación, donde fue culpado de homicidio
preterintencional, por lo que entonces sintió que todo se le caía encima cuando
supo que le esperaban doce largos años de encierro. En la ciudad donde vivía,
todos protestaron por lo que pensaban que era una injusticia contra el cantante
más grande que había dado Colombia en toda su historia, y no faltó más de un
fanático que expresaría públicamente que si se lo permitía la ley estaba
dispuesto a pagar la condena por él. En su casa, rodeado por sus seres
queridos, Diomedes tuvo tiempo para tomar aliento y meditar, pensando que el
hecho de ser famoso era el precio que le estaban haciendo pagar desde el instante
en que dejó morir a Doris Adriana. Se le veía en la cara, que no iba a soportar
ese nuevo peso que le imponía un destino cada vez más desconcertante. El 11 de
agosto de 2000 unos agentes de la Fiscalía se presentaron en su casa de
Valledupar donde tenía detención domiciliaria para llevárselo a una cárcel, en
vista de que gozaba de buena salud, y de que además ya hacía tiempo caminaba.
Al principio al no encontrarlo se creyó que se había escabullido un rato a la
calle, sin esperar que a su casa iba a llegar la justicia para supervisar su
encierro, pero cuando pasaron las horas y no había noticias del Cacique, se
confirmó lo que más o menos se intuía. Era que Diomedes Díaz prefería una vida
de verdadero prófugo, que convertirse en el condenado que mejor cantaba en su
país.
Su leyenda se alimentó más con ese desagradable
episodio, y muchas personas más que oír sus buenas canciones quisieron enterarse
durante los dos siguientes años dónde estaba escondido Diomedes Díaz. De ser el
cantante más famoso del vallenato en toda su historia, pasó a ser el menos
visto por el público. Muchos colombianos creyeron que con eso demostraba que en
realidad sí había tenido culpa en la muerte de Doris Adriana, y que ésta había
sido otra de las tantas almas que por estar siempre cerca suyo le había entregado
al Diablo. Se dice que con la protección de un grupo paramilitar comandado por
David Henrique Hernández Rojas alias 39 -segundo al mando del Bloque Mártires del
Cacique de Upar de las AUC después de Jorge 40-, que era amante declarado de
sus canciones, Diomedes pudo estar tranquilo en la sierra a cambio de ser buen
amigo de él. La verdad es que pocas veces estuvo tan tranquilo Diomedes Díaz
como en aquella parte desde donde miraba en las mañanas el diamante brillante que
coronaba la Sierra Nevada de Santa Marta, recuperando sus raíces, sintiendo que
sólo era un campesino y que más que la música lo que lo hacía el hombre más
feliz era estar en la soledad de la tierra, igual que en su niñez cuando
aprendió a cantar escuchando a los pájaros. Se cuenta que estuvo en varias
partes del monte, incluso en una finca de su amigo y manager Joaquín Guillén, pero
aun así hizo una parranda legendaria en algún lugar desconocido, de la que quedó
una grabación en la que se escucha natural su reconocible voz. Algunos pensaron
que su carrera musical estaba llegando a su fin, y les tocó conformarse con la
música que ya había lanzado anteriormente, que en ningún momento dejaban de
escucharse, mientras a veces contaba con el respaldo económico de un nuevo
personaje llamado Rafita Correa que le regalaba dólares, y que siempre quiso en
vano antes de perder la vida que lo mencionara en una de sus canciones. Con
tantos problemas, siendo un ser de fe, él pensaba que todo lo que un hombre
vive en la vida es pasajero, que algún día la sentencia iba a bajar, y que muy
pronto volvería a ser el mismo de siempre que cantaba con el amor especial que le
inspiraba la mujer más bonita.
Su entrega a las autoridades el 26 de
septiembre 2002, a raíz de que el Tribunal Superior de Bogotá en un fallo de
segunda instancia había anunciado una rebaja de su condena, terminó siendo un
descaso para la gente que más quería a Diomedes Díaz. Fue un acontecimiento que
cubrieron muchos medios de comunicación, tomado como algo bueno, aunque parecía
mentira que entre tanta gente que lo respaldaba en esos momentos no hubiera ni
un solo humano en Valledupar que lo pudiera acompañar por el mismo caso a
cumplir la condena. Por suerte, adentro estaban contentos los presos, que eran varios
y que por supuesto también eran sus seguidores desde hacía muchísimo tiempo. La
celda que le tocó, fue testigo durante un tiempo de la soledad del Cacique,
aquel poeta que estaba preso y lloraba a veces por eso. Muchas personas
allegadas lo visitaron, estimulándolo, dándole ánimo, y se entregó con más
pasión a la fe de Dios, escuchando de vez en cuando el respaldo de la gente que
a veces se reunía en las afueras de la cárcel para que el más grande la música
vallenata sintiera que siempre los tenía muy cerca, el mismo que terminaría
pagando cien millones de pesos a la familia de la víctima por daños morales y
treinta y cinco millones por daños materiales. Su historia pareció volverse más
interesante, porque puso a prueba que por muchos errores que cometiera, nunca
iba a dañar la buena calidad que ya estaba registrada en canciones como Sin medir distancias, Mis mejores días o Bonita.
El CD que sacó en diciembre de ese mismo año al
lado de "El Cocha" Molina con el título de Gracias a Dios, confirmó que aunque el hombre era débil como ser
humano, el cantante en que se había convertido era indestructible. La canción Lo mismo de ayer, fue un suceso que pegó
con una fuerza ciclónica desde el comienzo, donde juraba que nunca en la vida
nadie volvería a reírse de sus penas, oyéndose en todas partes, realzando su
personalidad como si en verdad la hubiera compuesto Diomedes, dándole a sus
seguidores un motivo para seguir experimentando la felicidad de la vida, aunque
él estuviera encerrado en ese momento. También le sacó un destacado homenaje a
Consuelo Araujo Noguera, la ex Ministra de Cultura y conocida como La Cacica que fue su amiga, muerta un
año antes en un enfrentamiento entre el ejército y las FARC que la tenían
secuestrada. Todo el trabajo fue aplaudido, y al ser un gran éxito comercial demostró
que en cualquier parte y época Diomedes Díaz podía darles una nueva sorpresa a
los amantes del vallenato, con unas canciones que solamente en su voz y ayudado
por la brisa podía hacer que se escucharan al otro lado del mundo.
Mientras tanto, seguía en una reclusión que
apenas empezaba. Algunos cantantes tuvieron la oportunidad de entrar para darle
ánimo, y él los recibió con agrado, pudiendo mirar a Poncho Zuleta con más
felicidad que cuando siendo un muchacho, lo veía cantar con todo su pulmón de
oro en la tarima. Grandes nuevos cantantes como Jean Carlos Centeno, también lo
visitaron y le brindaron su sincera amistad para siempre. Muchas personas
pudieron verlo en el encierro, por lo que decían que parecía estar tranquilo,
pidiéndole a la Virgen del Carmen, siendo bendecido por su madre Elvira Maestre
y su padre Rafael María Díaz, sus hermanos como Elver Díaz que también lo iban
a ver, su mujer e hijos entre los que nunca faltaba Rafael Santos, a la vez que
estaba al lado de algunos internos que se alegraban con sentimiento
contradictorio de que Diomedes Díaz estuviera preso, porque así era la única
manera en que podían ser amigos cercanos de él. Pagaba con mucha humildad su
condena, y en ningún momento dejó de sentir el respaldo de sus seguidores, y de
muchos hombres jóvenes que en las calles de Valledupar decían en público que en
caso de que les tocara matar a alguien o cometer cualquier grave delito, no les
daba miedo porque si los metían presos, allá en la cárcel podían acompañar de
paso a Diomedes.
La cárcel de Valledupar tenía fama de ser
segura, donde había bastantes personas encerradas. Aunque, claro está, a Diomedes
Díaz nunca se le pasó por la mente escapar, y mucho menos a ciertos internos
que pudiendo salir antes por la vía legal querían seguir con él hasta el final
de su condena. En verdad se hizo amigo de muchos presos, y él mismo también valoró
en el fondo pasar por esa experiencia de vida porque eso le había permitido meditar
más sobre la existencia, y conocer cierta gente buena que jamás hubiera conocido
de no haber estar privado de la libertad, que al igual que el resto de sus
seguidores lo alababan y amaban con el alma, sin detenerse a pensar y saber que
como su nombre venía de Zeus procedente del indoeuropeo deiw que quiere decir blanco, raíz de la que sale deiwos que derivado en latín es Deus, del que se traduce Dios en
español, cuando le decían Diomedes en realidad le estaban diciendo Dios. Sentía
que a veces esas pruebas son importantes en un hombre, y aceptó su destino como
cualquier recluso, aunque a diferencia de unos, que a veces no los esperaba nadie
el día de sus salidas, a él lo esperaban casi todo los días las personas que
pasaban y se paraban con curiosidad en las puertas de la cárcel, de la que
quería salir pronto, asegurando años después que había gastado en verdad casi
tres mil millones de pesos entre abogado y gestión ante el estamento judicial
para defender su caso. Los meses iban pasando, el primer año al fin se estaba
cumpliendo, y su porvenir como cantante sentía que decaía aunque pudiera grabar
todos los discos que quisiera, mientras se enteraba del surgimiento con viento ciclónico
de nuevo cantantes como Peter Manjarrés que andaba triunfando junto a Franco
Argüelles con el álbum Estilo y Talento
donde estaban los temas Coge el mínimo,
Salió pirata y La dueña de mi vida que era suave y llena de extraordinaria melodía,
y Silvestre Dangond al lado de Juancho de la Espriella con el CD Lo mejor para los dos donde había canciones
como Mi amor por ella de la autoría
de Omar Geles, y La pinta chévere que
era bastante pegajosa.
El nuevo acordeonero que lo acompañaría como
invitado precisamente fue Juancho de la Espriella, nacido en Sincelejo, alguien
muy ágil en la digitación del acordeón, que le imprimió la juventud a Diomedes
que desde hacía años éste no sentía, sacando el CD Pidiendo vía en octubre de 2003. En la carátula se ve a Diomedes
Díaz feliz con los brazos abiertos en forma de presentación, detrás de Juancho
de la Espriella que está sentado y sonriendo con su acordeón, y se sentía tan
natural en la música grabada que hasta a la gente más cercana a él le costaba
creer que estuviera preso. Fue este el último trabajo musical que grabó desde
la cárcel, que él hacía como muestra de buen comportamiento para que le rebajaran
su condena de 37 meses a dos años, que le sirvió para tener más confianza en sí
mismo, y para ir preparando su retorno ya no tanto con más CD's, sino con su
cuerpo humano en los conciertos.
Por otra parte, el panorama de la música
vallenata comenzaba a cambiar para siempre, desde que Silvestre Dangond había cantado
en vivo en una tarima de Maziruma, cerca de la población de Dibulla, el inesperado
single de La colegiala, una primera
estrofa de la buena canción que lo daría a conocer en muchos lados por el éxito
en la radio y los CD's piratas que colocaban en todas partes la gente más joven.
Mientras tanto, su hijo Rafael Santos al lado de Iván Zuleta había sacado el
mejor álbum de su historia titulado Te
regalo todo, donde estaban las canciones Es imposible, La pelúa y No es tan fácil que fue un triunfo musical,
y el tema de su autoría Te regalo todo
con lo que demostró la buena casta que representaba y pareció hasta alcanzar el
cielo, mientras Luifer Cuello y Manuel Julián con La nueva ola emergió del anonimato para conquistar a la gente con
canciones como el Pim Pom Pam y No aguanta del talentoso compositor Kaleth Morales que gustó por su
letra romántica y melodía, pero era Silvestre Dangond al lado de Juancho de la
Espriella con la grabación en junio de 2004 del CD Más unidos que siempre, donde aparecía la versión final de La colegiala que en verdad le dio la
fama nacional, junto a temas como A
blanco y negro que gustó bastante
y La mentira, quien se había
convertido hasta el momento en el máximo exponente de la nueva ola.
El 12 noviembre de ese mismo 2004, por fin
llegó el tan esperado momento de su salida, a las 6:45 pm de la tarde. Ante las
cámaras de televisión se pudo ver a un Diomedes Díaz con gafas que aparecía
feliz ante los periodistas y sus seguidores, los cuales parecían rodear toda la
salida de la cárcel. «Gracias a Dios, a la Virgen del Carmen, a la justicia
colombiana y a mis seguidores, estoy libre», dijo emocionado. Fue la noticia de
la noche en todos los medios de comunicación, y el juglar no sabía cómo actuar
de tanta felicidad por regresar a la vida de los demás que lo querían. Aunque
algunos en el país lamentaron eso, otros en cambio lo celebraron con entusiasmo
como si el mismo vallenato hubiera salido a la libertad. El cantante vallenato
más famoso de todos los tiempos estaba regresando por la puerta estrecha pero
abierta para él, y en Valledupar la explosión de júbilo le recordó a toda la
humanidad que cuando se lo proponía ese lugar con su celebración y fiesta podía
ser el único pueblo que podía mantenerse bien despierto mientras el resto del
mundo entero dormía. Miles de personas en una tumultuosa caravana que los
críticos consideraron pagana, lo acompañaron contentas por la calle, le
desearon lo mejor, le pidieron que grabara rápido de nuevo, y cuando llegó a su
casa se encontró con que ésta era más grande de lo que recordaba, que todo
estaba bien arreglado, que el ambiente de la sala olía muy bien, que la vida en
familia era más feliz con él, y que su esposa Betsy Liliana estaba más bella.
Al año siguiente, otra vez al lado de Franco
Arguelles que de verdad quería hacer historia musical con su sorprendente acordeón
al lado de Diomedes Díaz, el titán del vallenato, sacó el CD De nuevo con mi gente que dio a entender
que lo más quería este cantante de ahora en adelante era estar con la gente que
le tenía idolatría. Se volvió a presentar en muchas partes, en varios medios de
comunicación del país, como en el programa de RCN Yo José Gabriel, dando a conocer una nueva imagen de hombre bueno,
y volvió a recibir el cariño del público que parecía quererlo más a él que a
sus mismas canciones. En Bucaramanga, cantó a dúo la canción La reina con el joven Kaleth Morales,
que era el nuevo cantante que estaba de moda. Su ilusión estaba en seguir
haciendo magnas cosas en la vida que merecieran la atención de la prensa, que
lo acreditaran más, que mostraran el mejor lado de su personalidad humana, y
cuando estaba en una gran tarima desplegando su poder de atracción, al
contrario de los otros cantantes que animaban el buen baile, casi nadie bailaba
con sus pareja por estar mirándolo única y exclusivamente cantar a él. De modo
que era como si por primera vez en la vida, hubiera descubierto que el espíritu
de cantante era lo que siempre le había hecho un hombre libre.
Por otra parte, el surgimiento del nuevo aire
vallenato parecía liderado en esos momento por Kaleth Morales, con la canción Vivo en el limbo que fue un éxito
rotundo que hizo soñar a la nueva juventud colombiana, haciendo las cosas
rápido en tan poco tiempo que algunos comenzaron a decir estando vivo que había
aparecido el mejor cantante, buen compositor y radiante personaje de show de su
generación. Su trabajo musical La hora de
la verdad lo metió fuertemente en el alma de todos los amantes de la nueva música,
rompiendo récords de audiencia en la radio, llegando a distintas emisoras del
país como La Mega donde el vallenato jamás había sonado. Sin embargo, su fatal
accidente en la carretera de Plato cuando iba en una camioneta con su hermano
rumbo a Valledupar, y prematura muerte a la mañana siguiente un 24 de agosto
del 2005 en un hospital Cartagena de Indias donde había vivido mientras
estudiaba medicina en la Universidad del Sinú, dejó de luto al folclor entero de
verdad, y sólo se alcanzó a llevar el consuelo de tener miles de seguidores
como poco veces antes se había visto en alguien que apenas con veintiún años había
comenzaba fulminantemente su meteórica carrera musical. Su entierro en
Valledupar fue muy multitudinario, produciendo que los cantantes más famosos en
la historia del vallenato como Poncho Zuleta asistieran a la Plaza Alfonso
López, frente a la tarima Francisco el Hombre donde fue velado, con su padre
Miguel Morales embargado por el dolor y llorando todo el tiempo, al mismo
momento en que alguien llegó a decir a un medio periodístico que iba a ser
superior a Diomedes. Para muchos expertos como Jorge Oñate, fue considerado
indiscutiblemente el Rey de la Nueva Ola,
aquel artista que había revolucionado con un sonido más moderno el vallenato
del momento, y que al paso vertiginoso en que iba hubiera podido llegar más
lejos incluso que todos los cantantes de ayer.
Diomedes Díaz, por su parte, se volvería a
unir más adelante con Iván Zuleta, y en febrero de 2007 sacó un nuevo CD
titulado La voz. La canción Perita en dulce se apoderó en seguida de
los oyentes, haciéndola sonar en todas partes como era costumbre en él,
afianzando una vez más su carrera musical que no tenía prisa ni ganas de
competir con nadie, porque si alguien pretendía ser mejor que él era
precisamente por verlo siempre adelante. El
jean fue un tema que divirtió a los bailadores, y le devolvió el aire jocoso
de los viejos tiempos, en los mismos días en que el LP A paso firme! del cantautor Felipe Peláez al lado de Luis Guillermo
Zabaleta estaba teniendo muy buena aceptación, en especial la canción Lo tienes todo que se escuchó realmente bastante.
En verdad, el más grande estaba de nuevo en la escena, con confianza, con mucha
fuerza, esperando seguir teniendo el respaldo de un público que lo amaba más a
él que al mismo vallenato, que le seguía comprando cientos de miles de copias originales
a pesar de la piratería, y que estaba completamente seguro de que mientras
estuviera acompañado del animador Jaime Pérez Parodi en las presentaciones nocturnas
aquella música en vivo también sería la mejor, y que los mejores acordeoneros
de la región no se prepararían desde su más temprana niñez con fuerza, disciplina
y tenacidad para ocupar el puesto número uno en los festivales vallenatos, sino
con la esperanza de estar alguna vez en un estudio de grabación con Diomedes.
Una operación que tuvo a corazón abierto ese
año en Bogotá, llevó a pensar a sus seguidores que la muerte de verdad podía
arrebatarles aquel ídolo que cuando no estaba cantando y estaba en una sala de
cirugía, podía ser tan mortal o más débil que el resto de los seres humanos.
Por suerte la operación fue un éxito, y le dejó a Diomedes Díaz un mejor
corazón para ser un hombre más bueno con sus semejantes. En cambio, en
Valledupar, el viejo Rafael María moría de un fuerte infarto que lo tomó por
sorpresa, como si ese intercambio a la muerte hubiera sido el mejor gesto de un
padre hacia el hijo que más quería para que siguiera viviendo por otros años
más.
En el año siguiente, la falta de lealtad de
Iván Zuleta al abandonar a Diomedes por unirse a Iván Villazón, dejó en claro
cuánto había recaído el prestigio de este cantante con el que antaño todos los
mejores acordeoneros querían andar para asegurarse el respeto musical de por
vida. De inmediato Diomedes Díaz, el hombre más grande de la historia, buscó la
compañía de Álvaro López, Rey Vallenato y antiguo compañero igual que su padre Miguel
López del cantante Jorge Oñate El Jilguero
de América, sacándose así la espina mortal que le había dejado Iván Zuleta
por ser el único acordeonero que lo había dejado solo sin previo aviso, así
como había hecho siempre él con los demás acordeoneros que estuvieron consigo.
El dolor debió ser muy fuerte, porque desde ese momento comenzó un mano a mano
en las presentaciones, piqueria de la más alta dosis, donde ambos se
enfrentaron faltándose el respeto, sacándose los trapos sucios, e incluso Iván
Zuleta como el mejor verseador del mundo, puso a temblar el ego que Diomedes
Díaz tenía como cantante. Éste supo responderle, con versos buenos, propios de
él, pero las ofensas llegaron a tal extremo que ya parecían enemigos de por
vida, lejos del mismo escenario, haciendo que las personas y hasta los medios
de comunicación del país, hicieran eco de un enfrentamiento épico que en la
larga historia del vallenato siempre ha tenido como protagonista principal a
uno de los Zuleta. Finalmente las cosas poco a poco se fueron apagando, pero
dejaron un sentimiento de traición que muchos seguidores de Diomedes nunca le
perdonaron a Iván Zuleta.
Junto a
Álvaro López, Diomedes Díaz sacó el CD Listo
pa' la foto, que nuevamente lo introdujo en lo bueno del vallenato, donde
está Con calma y paciencia y el tema Señor maestro, homenaje de despedida que
le hizo a Rafael Escalona que había muerto el 13 de mayo de ese mismo año, el mejor
compositor de la música vallenata. La canción que da título al disco fue una de
las que más gustaron, y una noche 31 de octubre de 2009 en Night Club en Riohacha,
tuve la oportunidad de conocer en persona a Diomedes quien salió corriendo de
un carro con una camisa verde oliendo a María Farina para abrirse paso rápido entre
la gente que lo esperaba y no lo dejaban seguir, porque lo tocaban mucho y
obstaculizaban de verdad, casi maltratándolo cuando buscaba entrar a la caseta,
logrando estar un rato detrás del hombre de cabello negro y liso que desde mi
más temprana niñez vi como el más importante del mundo, quien nunca se enteró
que a sus espaldas estuvo el más grande escritor de la historia. Mientras más
tarde lo miraba de frente, cantando en la tarima ahora con una camisa amarilla
que era su color preferido junto al resto de su agrupación la canción Listo pa' la foto y otras más como La enganchá, en compañía de mi gran amigo
Darwin Castañeda y tomándome unos tragos de Old Parr, yo mismo reveladoramente sabía
que sólo escuchando su buena música podía ser en realidad el Rey de la
Literatura Universal. Fue una gran experiencia, porque para mí después de no
conocer a Cantinflas, pero sí a García Márquez en Cartagena y esa noche a
Diomedes, sentía que había tenido la experiencia indispensable que me daba la
confianza y la determinación de ser alguien de trascendencia en la literatura,
porque como de ese cantante lo había aprendido lo que un hombre quiere llegar a
ser primero tiene que ser producto de la imaginación.
Los
años siguientes, se vio a un hombre disciplinado que trataba de darle lo mejor
a sus seguidores. Diomedes Díaz cantaba, era bien visto por su música maestra,
llenaba casetas y vivía lo bueno que todavía le seguía reservando el vallenato.
Entonces, cuando ya no lo esperaba en verdad, en noviembre de 2010 por su
último trabajo discográfico el dios de la música ganaba un premio Grammy Latino,
en la categoría de Cumbia-Vallenato.
Por otro lado, Diomedes Díaz cumplía el otro sueño
de su vida. Aprovechó una ocasión en que estuvo de paso en París, donde visitó
la torre Eiffel, para regalarle un valioso anillo de diamante y pedirle
matrimonio a la bella mujer que últimamente era la única que lo acompañaba en
todas partes, su compañera del alma Luz Consuelo Martínez, a quien besaba lleno
de pasión con la boca cerrada, imitando el modo en que siempre lo hacía su maestro
Cantinflas. Fue el último gran amor de su vida.
Dos años después, cuando Martín Elías junto a
Rolando Ochoa habían sacado El terremoto
musical, dónde están las canciones Ábrete,
Mi amor ideal y El complemento de mi vida que se repitió bastante, buen trabajo que
hizo historia pero dio fin a la gran unión, nuevamente Diomedes Díaz al lado de
Álvaro López, su amigable compañero de armas, sacó en diciembre el CD Con mucho gusto caray en homenaje al
cantante y compositor mexicano Juan Gabriel, otro monstruo de la canción en Hispanoamérica.
Muchas canciones gustaron, pero especialmente El pajuate se robó el corazón de los hombres, algunos asegurando
que era tan mecedora de atención como sus más viejas canciones, y destacándose Con mucho gusto un tema sabroso de la
autoría de Omar Geles, en los mismos días en que muchos decían que Silvestre
Dangond ahora al lado de Rolando Ochoa, por su fama grande, espíritu polémico y
al ser el cantante vallenato que más millones cobraba en las presentaciones,
era en serio el nuevo Diomedes Díaz. La canción Amor bogotano también gustó de sobremanera, dedicado especialmente
a su blanca y hermosa mujer Consuelo Martínez, y lo subió nuevamente en el
puesto de grandeza donde había estado siempre como buen compositor.
En su vida personal, todos sabían que poco a
poco Diomedes Díaz tenía serios problemas de salud. Para remate, a finales de
octubre de 2012 tuvo un accidente de tránsito en una carretera del Cesar cuando
por el corregimiento de Badillo se dirigía a su finca Las Nubes, grave tragedia
que casi le cuesta la vida, porque su chofer esquivando a un animal perdió el
control del carro que se le explotó una llanta y dio varios votes. Se salvó de
milagro de morir, al momento en que el mismo conductor Luis Carlos Hinojosa soltó
el manubrio y lo abrazó por instinto para protegerlo por encima de su vida, y luego
que la camioneta Toyota Prado azul terminó irreparablemente pangada, el
cantante fue rescatado quejándose del terrible dolor y recluido en un centro clínico
de Valledupar. En la clínica de Bogotá, donde al final fue llevado para su
pronta recuperación, recibió el apoyo de todos sus seguidores.
Mientras tanto, la gente se preguntaba si Diomedes
Díaz tenía fuerza para grabar de nuevo, algunos creyendo que ya eso no le
importaba desde que estaba viendo como padre satisfecho el buen momento de
Martín Elías al lado de Juancho de la Espriella, con el CD El boom del momento. Siempre se decía lo mismo de él, y siempre les
respondía a los más escépticos con nuevas inspiraciones.
Era cierto que como fuera complacía a su
público, sin importar las circunstancias. Estuvo trabajando con gran ánimo en
su nuevo disco, que sería un nuevo regalo para todas esas personas que a lo
largo de su carrera musical siempre habían creído ciegamente en él. Según dijo,
prometía que era algo bueno que les iba a gustar, mientras en el fondo parecía
a gusto con el triunfo que estaba teniendo el cantante Jorge Iván "El
Churo" Díaz desde que grabó con Lucas Dangond el trabajo musical llamado Pura adrenalina, donde estaba la canción
No sé tú que estaba pegando en todas
partes.
La vida
del artista, marcó su último álbum musical, y Álvaro López fue el único acordeonero
que se puede decir que cumplió la gran promesa de estar junto a él hasta la
muerte. Su lanzamiento lo hizo la casa Sony Music en diciembre de 2013, para
gusto de la gente que últimamente esperaba estas cosas del que ya sabían que
era Dios, en la temporada navideña. La canción Ay, la vida, de Marciano Martínez, desde el principio estuvo sonando
en todas partes, y haciendo que el buen panorama que la gente tenía de la
Navidad aumentara con más fuerza y alegría como la brisa fresca de esos días. Con
entusiasmo, sin imaginar nadie que ese regalo de amor a la vida que Diomedes
Díaz le daba al público, terminaría por producir más tristeza ahora que estaba
cerca su inesperada partida.
El viernes por la noche en Barranquilla, en
la discoteca Trucupey, muchas personas entraron muy contentas sin tener la más
mínima sospecha de estar asistiendo a una presentación que se volvería muy
recordada por el resto de la vida. Diomedes Díaz junto a su agrupación
aparecieron a tiempo, cantando de inmediato las canciones que tanto contentaban
a la gente, pero en verdad desde el principio haciendo un esfuerzo para seguir en
esos momentos de pie en el escenario. Mientras cantaba con su camisa pinta de
tigre se quejaba, arrugaba la cara, con gestos claros de incomodidad como ya
era típico verlo, y las personas que estaban más cerca se dieron cuenta de eso.
Con el cabello casi largo como una mujer y excusándose ante el público, se
sentó en una silla que alguien le pasó para continuar con sus canciones,
produciendo que más de uno presintiera que el gran cantante de otro tiempo ya ni
siquiera pudiera con su propia música. «Nunca lo habíamos visto así», diría uno
de sus seguidores. Sin embargo, corearon sus canciones, con alegría, con
festejo, con fidelidad, haciéndole sentir que alguien como él podía cantarles
como fuera, estando de pie, sentado o acostado, e inclusive muriéndose. Cuando
al final acabó la fiesta, muchas personas se volvieron a mirarlo por última vez,
no porque por la premonición de que algo malo le podía suceder, sino porque ya
era normal que a un acabado Diomedes en persona siempre lo reparaban más de la
cuenta para asegurarse un profundo recuerdo por si acaso verlo fuera la última
vez.
El domingo 22 de diciembre, en su casa del
barrio Los Ángeles en Valledupar, estaba por culpa de tanto festejo descansando.
Su esposa Luz Consuelo Martínez estaba con él, y era tan bella, todavía joven y
buena compañera, y había querido tanto al hombre que ahora era su marido que sabía
que ninguna mujer podía arrebatárselo, pero nunca pensó que sí lo podía hacer la
muerte que hacía tiempo lo acechaba. Mientras salía a hacer una diligencia a la
calle, lo dejó tranquila como siempre, y cuando estuvo de regreso al darse
cuenta de que él no había despertado no se inquietó naturalmente, y lo siguieron
dejando horas y más horas en su cuarto, como era normal que sucediera,
respetándole el dormir, porque desde su más temprana juventud Diomedes Díaz
había sido una persona muy trasnochadora y cuando estaba durmiendo nadie lo
interrumpía, porque si eso sucedía se molestaba. En la cama el sueño lo había
tumbado por un largo rato, pero cuando le sobrevino el paro cardiorrespiratorio
que acabó con su vida, Diomedes debió sentir que el aire se le iba para
siempre, que la vida había sido fugaz porque se le estaba yendo cuando ni
siquiera era tan consciente de ella, y se hundió en un vacío muy oscuro donde la
misma imaginación faltaba para comprender lo que estaba sucediendo. A las cinco
de la tarde, a raíz de que no despertaba y ya tenía que almorzar, le tocaron entonces
la puerta, pero como no abrió le tocaron de nuevo una y otra vez, y bastante preocupada
porque no respondiera al llamado, su esposa Consuelo Martínez se comunicó con
Álvaro Daza que era conductor del artista, quien al presentarse de inmediato hizo
lo todo que pudo para que su amigo contestara pero resultó también en vano,
hasta que alarmados buscaron a un sobrino que saltó por la ventana del otro
lado del cuarto para salir de la duda, y todos entraron y tuvieron acceso al
ámbito raro observando con sorpresa a un Diomedes Díaz en estado frío que
posiblemente hacía horas ya estaba muerto.
En medio de los gritos alarmantes de su mujer
y la desesperación humana, fue cargado por varios personas, metido de prisa en
un carro y llevado rápido a la Clínica del César donde fue rápidamente atendido,
pero el médico que lo vio supo en seguida que a pesar de que se hiciera todo lo
que se hizo en urgencia para reanimarlo, ya no había nadie a quién salvar. Al
saber la verdad, el llanto amargo de Consuelo Martínez que casi se cae al suelo
del hondo dolor, de su amigo y representante José Zequeda y demás personas que
estaban presentes y se abrazaban en medio de sus lágrimas, desgarró y paralizó a
todo el centro médico, y aun algunos enfermos que por nada se querían morir,
tuvieron en ese momento un sentimiento de desamor hacia la vida ahora que Diomedes
había fallecido. Inmediatamente, sus familiares poco a poco se fueron enterando,
y luego las personas comunes que lo querían tanto en este universo que él había
hecho más grande con sus canciones. En las afueras de la clínica comenzaron a
agruparse los primeros curiosos, porque la noticia de su muerte corrió como una
voz de ángel exterminador por todo Valledupar, haciendo que lo más increíble
del mundo terminara por creerse. Los medios de comunicación comenzaron a llegar
para transmitir la señal en vivo y en directo, los más fuertes fanáticos, las
personas que querían que algo o alguien les dijera que todo era mentira, pero
bastaba ver el gentilicio acumulado y a muchos encima de sus motos paradas y
otras que siempre estaban llegando, para confirmar que el hombre más querido
del género humano estaba muerto de verdad. El llanto que se vio en los seres allí
presentes, fue lamentable, desmoralizador, y cada quien lo lloraba a su manera,
según su personalidad y su propio recuerdo, produciendo que en poco rato gemir a
aguas sueltas la partida del artista era la única manera de soportar el demoledor
dolor que producía aquella tragedia oscura en el pecho.
-Murió Diomedes –era la frase que escuchaba
todo el que iba llegando.
En todas partes, en todas las ciudades, en
toda Colombia y nivel internacional, la muerte de Diomedes Díaz tuvo que ser
repetida muchas veces en los medios de comunicación, para que la gran audiencia
se fuera acostumbrando a que era algo cierto. Su mención en los noticieros,
donde se confirmaba que en efecto se había ido, hizo llorar a aquéllos que sólo
entonces comprendieron cuánto lo querían, como si fuera un tío o un padre. «Murió
el cantante Diomedes Díaz», decían los principales presentadores de noticias. No
hubo un solo lugar donde no se sintió ese dolor, y el único que no parecía
darse cuenta de eso era el mismo muerto, que aparecía por la televisión sonriente
y carismático en las imágenes del recuerdo cantando con juventud sus mejores
canciones. En la radio, donde sólo se escuchaban sus canciones, en las calles y
en todos los pueblos, y en los periódicos que se vendieron hasta agotar los
ejemplares al día siguiente, la noticia de su defunción que me dolió en el
corazón hasta ahogarme en las caudalosas lágrimas, cada vez más se esparcía
como el viento apocalíptico que barría con la rutina y la paz deseada, recibió
mensajes de condolencia por parte del presidente Juan Manuel Santos y hasta de
la superestrella mundial del pop, la barranquillera Shakira, y con su muerte se
reveló la verdadera dimensión de un cantante conocido también como el Monstruo
del Vallenato que grabó treinta y tres discos, vendió más de dieciocho millones
de copias, obteniendo a lo largo de su carrera musical 22 disco de oro, 23 de
platino, 13 doble platino y 3 quíntuple platino, lo que le dio una fama universal
para emoción profunda de una fanaticada entre la que se encontraba en Bogotá mi
primo hermano Carlos Brito Vega, quien adolorido por la tristeza se negaba a
aceptar de mala gana que el único que se tenía que morir entre los grandes, increíble
y lamentablemente, tenía que ser el mejor. En ese momento comenzó su mitología,
su divinidad, su caridad celestial, ojalá DIOSmedes algo le dijeron los pobres,
unos recibieron cuantiosos premios en la radio por saber datos de sus
canciones, la fecha de su muerte serviría para ganarse días después la lotería,
ponerle velas a su foto donde aparecía joven y bien parecido como un dios
griego sería suficiente para cumplir un deseo, escuchar su música bastaría para
que alguien borracho llorando en medio de la apartada oscuridad mientras
orinaba entonces lo viera y dejara de sentirse culpable por no haberlo conocido
nunca vivo, una mujer le puso a su hijo recién nacido Diomedes para que al
menos siguiera viviendo a través de su nombre, mientras de noche en el cielo se
miraba la constelación de Orión, la Osa Mayor y el resto de infinitas estrellas
como la Estrella Polar, ya hay una más, decían con seguridad los seguidores, pero
como el dolor seguía en La Junta un tipo aseguró que por Diomedes Díaz habían
derramado más lágrimas que por todos los muertos de ese pueblo, tragedia que ponía
a llorar a los más declarados admiradores que pensaban que también había muerto
el vallenato, a la vez que en otro lugar desolado alguien dijo que si Diomedes
estaba muerto entonces por desgracia ya no quedaba ni una sola persona importante
entre los vivos. En la larga historia de La Guajira, el Magdalena y el Cesar, pocas
muertes dolieron más que la de Diomedes Díaz, aunque sus contrarios aseguraban que
al final el Diablo se lo había llevado porque la vida ya era lo único con que
podía pagarle.
Su velorio en la plaza Alfonso López de
Valledupar, en la tarima Francisco el Hombre, fue un acontecimiento de nunca
olvidar, mientras su madre Elvira Maestre delicada de salud y resignada en su
casa con dolor ilimitado, ya estaba al tanto un poco tarde de la muerte de su
más querido hijo. Asistieron muchas personas, miembros de la iglesia católica
episcopal, incluidos políticos y la gran prensa nacional e internacional. Las
máximas figuras del vallenato no sólo estuvieron presentes para darle su último
adiós, sino que a cada quien entre los más conocidos, empezando por su hijo
Rafael Santos que cantó Mi muchacho, se
le permitió interpretar una canción con la que recordaban mejor a Diomedes. Los
asistentes estaban allí, llorando, viendo a ciertos personajes como Jorge
Oñate, Poncho Zuleta, Iván Villazón, Peter Manjarrés y el desahuciado Martín
Elías, que en medio de la tristeza daban para cantar como profesionales que
eran, pero sin poder nadie creer que el que mejor lo hiciera siempre estaba
ahora en un ataúd de cristal, en cámara ardiente, inconsciente de todo lo que
pasaba a su alrededor, con los ojos cerrados y callado. Fue un suceso que erizó
los vellos, como cuando terminó de cantar Silvestre Dangond para darle la
despedida a lo grande al único ídolo, que fortaleció más el amor que el pueblo
sentía por la familia Díaz, haciendo de aquella tarde un momento que no debió
pasar en la historia pero que ya era parte de la historia, y con muchas
lágrimas se fueron resignando a la triste realidad, mirando con insistencia el
cielo azul con sus inmensas nubes blancas que era el único lugar donde más
parecía estar el alma de aquel cantante inmortal.
Su entierro multitudinario fue tan
concentrado, que la gente que estaba en otra parte y veía todo por televisión,
se preguntaba cómo podían caber tantos seres humanos que vinieron de otras
ciudades y de muchos diversos pueblos, en un lugar tan pequeño como Valledupar.
Un carro de bomberos transportaba el ataúd, al lado de sus hijos que le
agradecían al público el último acompañamiento que le estaban haciendo a
Diomedes, y la fuerza de seguridad se vio en verdad amenazada por tantos
humanos desesperados. Es que había bastante gente que no quería perderse ni un
minuto de aquel episodio trascendental, que a pesar de que sólo la red de
televisión Cablenoticias transmitía en vivo y en directo le estaba dando la
vuelta al mundo. En verdad, jamás en la historia de la ciudad ni del mismo país,
un entierro concentró a tantas personas que eran más de treinta mil, y ése fue
el mejor termómetro para comprender hasta qué punto las canciones de Diomedes
Díaz influían en la raza humana. Tomaron muchas calles, siguieron la masiva marcha
al ritmo de sus canciones, y el espíritu de Diomedes Díaz en el ambiente se sentía
más que el mismo calor. Fue un camino largo, complicado a pesar del esfuerzo
para que todo resultara bien, pero nada de eso importaba porque a fin de
cuentas sus seguidores sentían en el fondo del alma que vivo o muerto, aún tenían
la oportunidad de ir al lado de Diomedes. Por la carretera que llevaba al
cementerio Jardines del Ecce Homo, la multitud había crecido más, y más, y
entonces más comenzaron a llorar cuando despertaron y cayeron en cuenta de que
el cuerpo de Diomedes Díaz no estaba de paseo, sino de que lamentablemente iba
a ser transportado a descansar junto a los otros muertos. La historia debió
registrar ese momento inolvidable, porque al que llevaban a enterrar fue
alguien que estando en vida fue un verdadero ídolo para miles de almas que
hacía años, poco a poco, se habían ido muriendo antes que él.
A la hora de estar en el cementerio se
presentaron serios problemas. Muchas personas burlaron el control de seguridad,
irrespetaron a las autoridades, hubo lamentables enfrentamientos, llenos de
violencia, donde resultaron algunos heridos con sangre, pero aun así corrieron
y entraron como hormigas dispersas al cementerio. Mientras tanto, al contrario
que la mayoría de la gente que estaba en Jardines del Ecce Homo, en torno a la
tumba indicada donde el ataúd iba a ser bajado a la fosa, se reunieron los amigos
y seres queridos más allegados del cantante. Fue el momento más dramático de
ese 25 de diciembre día del nacimiento de Jesús, porque todos querían tocarlo, quererlo
y darle el último beso, principalmente como Consuelo Martínez, su buena mujer
que lo acompañó siempre. Ésta tenía todo derecho con el que era su marido, y
cuando levantaron el cristal así lo hizo besándolo en los labios como prueba de
su amor hasta la muerte, aunque después fue echada a un lado por Patricia
Acosta, la primera esposa del difunto, madre de Rafael Santos, Diomedes de
Jesús, Luis Ángel y el Gran Martín Elías, que tocó su cabeza y también le dio
un beso en la frente, con ternura y cariño, para darle la gran despedida que nadie
entonces entendía, mientras el resto de su familia y demás personas que estaban
a un lado y asomadas por todos los costados, lloraba herida y desgarrada al
estar viendo por última vez el rostro con ojos cerrados del ser humano más
querido que se recuerda jamás. Fue como si todas las personas que estaban allí,
hubieran preferido que el mundo en esos momentos se hubiera acabado, que
quedarse en una vida incierta que seguía sin Diomedes.
Desde que comenzó su carrera supo salir
adelante gracias al desbordado talento, logrando lo que muchos querían y que
sólo él consiguió, haciendo que su música se escuchara a cada momento. En
cualquier parte, en una fiesta, en medio de una parranda, en esta amarga existencia
terrenal, la gente si quiere podrá poner sus canciones y repetirlas hasta la
eternidad, pero ya saben que si lo quieran ver en persona entonces será más
fácil llorarlo. Sus canciones lo hacen perdurable, confirmando que es una
deidad, que no ha muerto para su verdadera fanaticada, para sus amigos como
Gustavo Gutiérrez Maestre que aún lo lloran con nostalgia, para sus hijos que
son veintiocho, para su última mujer Luz Consuelo Martínez que cuando acabó el entierro
tuvo que regresar a esa casa donde él, sonriente a sus cincuenta y seis años,
ya no la estaba esperando. El consuelo que le doy a Consuelo Martínez, es que aparte
de creer en el poder de Dios soy un estudioso de ciertas materias de la
naturaleza, una de ellas la física cuántica, la cual nos habla de que hay
Universos paralelos, que la realidad no es la que parece, y que a lo mejor en
otra dimensión Diomedes está vivo y el que se murió fui yo, que no le escribí
nada y que más bien él hizo una canción para el dios de la literatura, y que
todavía hay otra y muchas más oportunidades de escuchar de su voz no sólo un buen
verso sino una palabra de aliento donde dice que te ama a ti y a tus hijos, y a
todos sus hijos, que en la ocasión en que no se los dijo o en el último
instante de su vida eso era lo que pensaba. Diomedes Díaz El Cacique de La Junta fue consciente, como más de una vez fue consciente
de todo lo que lo amenazaba, de que una complicación segaba su vida, y quizás hasta
quiso gritar para que lo salvaran. Pero como el ser humano es ganador, Diomedes
enfrentó el oscuro momento con valentía, aceptando que la muerte está con uno
desde el nacimiento, que es la última realidad de la vida, en el comienzo de su
viaje al más allá, donde lo espera un cosmos mejor en el que ya habrá
descubierto que cantará con más fuerza que antes y vivirá por siempre. Porque
fue el más grande, que supo triunfar para alegría de su familia entera, buenos amigos
y varios millones de seguidores, Diomedes Díaz en realidad es un caso fuera de
lo normal, un hombre inteligente que nos hizo caer en cuenta de que el vallenato
fue un ser humano cuando estuvo él.
