miércoles, 16 de abril de 2014

El dios del vallenato



El dios del vallenato

Para Carlitos, el primo que más admiro
Por Juan Carlos Herrera
  En el mundo, sólo pudo haber un cantante como Diomedes Díaz. Era tan grande, bien amado, querido y con talento, que siempre se escuchaba con bastante fuerza en todos lados, de una manera tan admirable que algunos llegaron a pensar que sus bellas canciones hacían parte de la vida, como el aire, el amor y las mujeres, las mismas cosas en las que él se inspiraba para componer. Sus canciones eran infinitamente repetidas por los amantes de la música vallenata, y hasta por los que no sentían nada especial por ella, y el público que tenía era el más numeroso del folclor. En cualquier parte, desde que comenzó a forjar su fama resplandeciente, sus discos sonaron con rotundo éxito en todas las estaciones de radio del país, y al principio lo oían sin quererlo y luego queriéndolo mucho más allá de la frontera. La manera como aportaba algo a la cultura de su región era muy importante, porque todos conocían su increíble historia de superación personal que él musicalizaba para que la comprendieran mejor, y en las calles de arena de los lugares más apartados la brisa loca y eterna se disputaba el protagonismo de la existencia junto a su voz.
  Su presencia brillante estaba asegurada en todos los rincones, y se puede decir con seguridad que en Colombia no hubo un departamento, ciudad, pueblo o humilde caserío, donde no estuvo Diomedes Díaz El Cacique de La Junta, reclamado siempre por los seres humanos que lo querían conocer en persona para comprobar en realidad cuánto se parecía a sus canciones. La sonrisa hacía parte de su cara igual que su buena voz. Su estilo único, su carisma, la manera como alegraba con diversión a las masas, sólo puede ser explicado por un milagro divino de la Creación, y no es difícil pensar que Diomedes Díaz fue un regalo de Dios para el resto de los hombres que gracias a su música, letra y mensaje directo de amor, aprendieron cómo enamorar bien a las mujeres. Era un ídolo, en el buen sentido de la palabra, como cuando hacía sus lanzamientos en Valledupar y la multitud lo seguía sin cansancio por las avenidas viendo que iba a bordo del carro de bomberos junto a su acordeonero, sonriente, alegre por la salida de su nuevo CD, saludando a su fanaticada que recibía como una bendición sagrada los gestos de cariño que él iba regando por toda la población. En verdad, y se sabía desde que apareció, quererlo con demasiado pasión hacía parte de la costumbre de los pueblos. Su música lo llevó a la inmortalidad, y de tanto escuchar sus canciones en todas partes, mientras iban en un taxi, conversaban con sus amigos, preparaban el almuerzo o tenían una parranda de felicidad en la terraza, la gente sin darse cuenta siempre estaba pensando en ese gran cantante.
  Nació un 26 de mayo de 1957 en la finca Carrizal, cerca del corregimiento de La Junta, al sur de La Guajira, cuando nadie estaba acostumbrado a las cosas buenas como él. Fue el hijo mayor del hogar conformado por Rafael María Díaz y Elvira Maestre, una buena mujer, mestiza y serena, que desde el primer momento en que vio al hijo que había traído al mundo sintió que algo importante acababa de suceder. Le pusieron el nombre de Diomedes (del gr. Διομήδης, "pensamiento de Zeus"), como el héroe griego que participó en la guerra de Troya, siendo la miseria lo primero que conoció en su niñez, en medio del rancho, de los animales y la agreste naturaleza ante el Cerro del Higuerón, pero la sobrellevó con tanto sentido y esperanza, que desde muy temprano pensó que cuando fuera grande iba a ser alguien que todos en esta vida admirarían, dueño de un ingenioso talento que aunque aún no tenía ya él imaginaba. Al ser el mayor de sus hermanos, Diomedes Dionisio Díaz Maestre se sintió con el deber de ayudar en las labores del campo a su padre, el cual se sentía muy feliz de tener a un hijo tan bueno. En la casa, más de una vez no se prendió el fogón para hacer la comida, agudizando la desesperanza y desgracia cotidiana –sentir hambre lo marcaría por el resto de la vida-, pero como ya la música tenía ciertas personas de renombre en el territorio de Francisco el Hombre que con su acordeón y credo al revés derrotó al Diablo, aquel pequeño se acostumbró a soñar y creer que si algún día aprendía a cantar entonces había encontrado la fórmula mágica para salir de la pobreza.
  Se dice que desde siempre fue inteligente, querido pero algo enfermizo. En los alrededores de La Peña que fue el pueblo donde vivió los primeros años con su familia, aprendió a ver la vida de verdad, a distinguir la gente y saludarla, mientras en las calles tenía varios amigos con los que jugaba tirando el trompo, haciendo de la niñez la época más feliz que recuerda. De esa manera fue creciendo, convirtiéndose en un ser especial que desde entonces ya la sonreía a los momentos adversos, que le fueron dando la habilidad necesaria para después vivir mejor. En La Junta, el lugar más cercano que había, iba descubriendo el verdadero amor por una comunidad. La gente de allí lo recuerda como una persona que estaba en todas partes, y bastaba verlo caminar medio sonriente para saber que algún día iba a ser alguien en la vida.
  En esos paisajes fue recorriendo los caminos, deslumbrado por tanta naturaleza interminable, donde haría ciertas amistades que en el mañana serían de considerable importancia para él. San Juan era un lugar más grande, poblado y conocido en la Provincia, por lo que los músicos de más reputación a veces pasaban un rato por allí, hablando, contando anécdotas, disfrutando de la vida, y sólo se marchaban después de haber cantado unas buenas canciones dejaban felices a los lugareños. En compañía de su padre, que cuando no trabajaba era un mujeriego empedernido y bebedor de chirrinche hasta hacerse cada vez más pobre, Diomedes estuvo lleno de curiosidad en esas calles, conociendo a la gente y sus mismas costumbres, pero también caminó en varias partes de su tierra como en el caserío Curazao donde abundaba el palo de brasil, sintiendo la música regional, contagiándose de la atmósfera natural que dejaba un señor con el buen sonido del acordeón Hohner, que había sido inventado en Alemania para que lo escuchara él. Sin embargo, fue en La Junta del que se decía que era un pueblo en el que se practicaba la brujería, donde más llegaba para irse formando, fortaleciéndose con ganas, fantaseando con ser una persona que un día cercano el resto de los hombres conocería por su manera de cantar.
  Cuando sus padres se fueron un tiempo para Villanueva, que Elvira Maestre aprovechó para colocar un puesto de fritanga junto a la entrada del cine en el que se proyectaban películas mexicanas, el hijo que siempre la acompañaba pudo experimentar la realidad magnífica de estar en el legendario lugar donde se habían desarrollado los mejores acordeoneros del mundo. En este pueblo se escuchaba tanto el sonido del acordeón, en las parrandas en vivo donde podían estar reconocidos trovadores, que en una ocasión vio al viejo Emiliano Zuleta Baquero en persona tocando alegre en medio de unos amigos las canciones que más le habían dado protagonismo en la región, y pudo comprobar que un buen artista era aquél que con su rico repertorio y extensa melodía podía juntar en su entorno a muchos curiosos, nada más que por el placer de tratar de descifrar los misterios más maravillosos de la música. Conoció a otros prodigiosos juglares como Toño Salas, Escolástico Romero y los Bolaño, que manejaban los acordeones con una destreza y secreto hoy perdidos, en sus andanzas de atardeceres mientras le tocaba estudiar en el Liceo Colombia, donde muchos lo recuerdan por su luminosidad. Desde entonces comprendió que no quería ser otra cosa sino alguien importante en la música vallenata, y esforzándose tanto por eso resultó ser mejor alumno de las historias cantadas de Escalona que del profesor del colegio. Sin embargo, fue en este lugar donde tuvo un incidente que lo marcaría seriamente, cuando subido en un árbol de mango, uno de sus amigos que estaba abajo con una honda arrojó una piedra a las ramas para tumbar un fruto, pero le impactó fue a él dañándole la visión del ojo derecho.
  La verdad es que Diomedes hizo lo que pudo para aumentar los ingresos de la familia cuando estuvieron de regreso, vendiendo mochilas de fique, siendo matarife de chivos y buen vendedor de esa carne. En el rancho que compartía con su madre y hermanos menores, cerca de la casa de la abuela donde ésta vivía con su hijo Martín Maestre, en medio de los parajes desérticos y hasta en los cultivos ajenos de maíz, siempre oía en la radio las canciones de Abel Antonio Villa, de Alejo Durán, de Alfredo Gutiérrez y de Luis Enrique Martínez, pero sobre todo siempre se sintió inspirado por el gran cantautor Calixto Ochoa, gracias a su riqueza musical y estilo cautivante, de quien aprendería lo esencial para tener algo estupendo de él. Donde quiera que estuviera disfrazado con una mala apariencia para espantar a los pájaros que se querían comer las mazorcas, trató con energía de ser buen compositor, de manera que cuando le tocara la oportunidad de cantar todavía con su escasa voz, por la bella melodía y explícita letra llamara de inmediato la atención. Cualquier historia en aquella región de su infancia donde se crió merecía una canción, que pronto olvidaba cuando se inspiraba por otra, y en ese ejercicio poético fue aprendiendo que las mejores canciones no eran las que componía con más esfuerzo sino las que después de haber creado con interno sentimiento no daba para olvidar jamás.
  Pero es en La Junta, donde más se recuerdan las ganas que tenía este muchacho de salir adelante como fuera. Era tan grande su insistencia por la música, que aunque estudiaba la primaria en el colegio andaba pendiente de cualquier actividad que se hacía en el pueblo, como el día en que llegó a la iglesia donde no había vuelto desde que lo habían bautizado, un 16 de julio en que se celebraban las fiestas patronales de la Virgen del Carmen, pudiendo escuchar con atención al padre que decía que Dios a todos los tenía en cuenta, por lo que más tarde con deseos de quedarse fue en la noche a la caseta que estaba llena por los conjuntos que se presentaban, y le tocó quedarse en la puerta ante la mirada del portero, porque no tenía plata para pagarle. Esa situación de pobreza que se traducía en mala suerte, marcaría para siempre la forma de ser de alguien humilde, que después de todo sabía que también la vida era un baile que con el tiempo daba la vuelta. En realidad, Diomedes Díaz era consciente de que sería un hombre importante y que por encima de las dificultades, algún día su historia iba a ser conocida por la gente que lo escucharía en su arte. En su progreso como compositor se iba sintiendo mejor, aunque nadie creía en él por la sencilla y clara razón de que en esos días se valoraba poco el talento humano que conocían originario de allí, que además de eso por necesidad le tocaba estar trabajando, subiendo a la misma sierra a recibirles el café a los arhuacos. Pero por alguna motivación, seguro de que si se lo disponía podía triunfar, decidió que había llegado el momento de ponerse a cantar.
  Las parrandas que tenían presencia en ciertos lugares de este pueblo también atraían la atención de muchas personas, porque algunos músicos nativos y cantantes como Luis Alfredo Sierra, esperaban obtener muy pronto el reconocimiento. En varias ocasiones se hizo presente Diomedes, esperando la oportunidad de mostrarse a un público aunque fuera diminuto porque quería ser como Poncho Zuleta, pero al parecer por el egoísmo de estos hombres casi nadie escuchaba aquellas canciones que ya comenzaban a hacerle sentir que podía ser alguien tenido en cuenta gracias a sus buenos versos. Sin embargo, él mismo sabía que como estaba en mejor forma que muchos de los participantes de esas fiestas musicales, se le negaba la entrada por miedo de que al final de todo la gente lo quisiera escuchar sólo a él, aunque los músicos por rabia hubieran dejado de ejecutar sus armoniosos instrumentos y lo hubieran dejado cantando solo. Cada vez que lo veían acercar a una nueva reunión, había alguien que decía:
  -Ya viene el hijueputa ése.
  Entonces él de nuevo llegaba, como si nada hubiera pasado y se quedaba esperando un espacio para poder meterse en el toque. Se fue volviendo el verdadero protagonista a pesar de su corta adolescencia, el que mejor cantaba por su buen sentido del humor, y al contrario del resto del público que ya lo miraba con atención, los músicos adoloridos como "El Cate" en la caja y Nando "El Viejo" en el acordeón, pensaban que lo único que había logrado era arruinar la parranda que ellos habían comenzado primero. La experiencia que eso le dejó cuando le decían "Voz de Chivato", como le puso un tal Piyayo que era guacharaquero, le fue enseñando que el camino por recorrer era más arduo de lo que pensaba, que la envidia de los demás es el único obstáculo que tiene alguien con talento para triunfar, y eso lo fue en serio preocupando, ya que creía que no pecaba con querer que los demás escucharan su voz.
  Mientras tanto, fue creciendo la fama de un adolescente que aunque era consciente de su limitación vocal, estaba destinado a ser el cantante más admirado de su tierra, nada más que porque él mismo se lo creía y casi no usaba la boca para hablar sino para cantar. La gente de este pueblo recuerda que Diomedes cantó tantas en las calles, que pese a tener una voz algo común ya desde entonces resultaba inconfundible. Su tío Martín Maestre, un gran acordeonista de la región, descubriría entonces que Diomedes Díaz era un diamante en bruto, y durante unos años se consagró a pulirlo, a mejorarle el arte de la composición y la técnica del buen canto, tocando a su lado sus agraciadas notas de profesional para que aprendiera de una vez por todas lo que tenía que saber, transmitiéndole la mejor herencia de la música vernácula. «Fue su tío, el que creyó en él y lo limó para que fuera lo que terminó siendo», decía alguien en el pueblo. A su lado Diomedes comenzó a cambiar, a transformarse en algo nuevo, teniendo más seguridad que antes, haciendo mejores canciones que cantaba y que ya hablaban de su propia historia campesina, y la ilusión de la gente de que había alguien especial tuvo una gran recompensa cuando comenzaron a oír una música diferente y original, que fue les haciendo caer en cuenta de que era en ese lugar donde se estaba revelando el verdadero rostro humano del vallenato.
  Desde ese crucial instante, creyó que con un poco de más esfuerzo podía ser lo que él quisiera. Su poesía lírica la dedicaba al entorno, a la futura novia de sus sueños que vivía en el mismo pueblo, y de tanto aprendizaje comprendió cuando creaba buenas composiciones que estaba siendo guiado por el mismo espíritu grande de Beethoven. La voz chillona que tenía se fue convirtiendo en la que todos conocimos, y eso lo dejaba satisfecho porque lo que más quería era ser original, alguien único en esta vida, y por esa razón se fue sintiendo el cantante de La Junta. Los músicos comenzaron a respetarlo más que antes, y cuando prendían la rumba a su lado ya con más aceptación, se dieron cuenta de que Diomedes Díaz era en realidad otra cosa, porque su talento era el de un hombre al que si acompañaban con buena fe en la caja, la guacharaca y el acordeón, entonces por un puro e inexplicable milagro tocaban más sabroso. Se volvió amante del licor, como todo hombre sentimental, haciendo honor a su segundo nombre Dionisio, el dios del vino en la mitología clásica, al descubrir que cuando estaba con unos tragos encima cantaba con más entusiasmo, empezando a experimentar la vida agitada de un músico. En verdad, ya tenía bien claro en su mente que tenía que ser el mejor cantante del mundo.
  Su madre Elvira Maestre, preocupada en su rancho porque él parecía estar cayendo en la mala vida, y pudiera terminar siendo como esos músicos frustrados del pueblo que se consolaban con la ejecución de los instrumentos y el alcohol hasta el final de sus días, decidió que lo mejor era que se fuera a vivir a Valledupar, donde podía estudiar y salir adelante por su propio bien. El mismo Diomedes recuerda eso con nostalgia, cuando ella quería alejarlo del humilde lugar del monte donde se había criado. «Mamá no sabe lo que está haciendo», pensaba él. «Yo sí lo sé, porque lo oigo en el radio.» De manera que dejar su terruño natal fue algo en lo que por supuesto estuvo de acuerdo, porque tenía conocimiento de que el destino a donde iba era el lugar en que estaba la fiesta, el ron y la oportunidad de surgir para los que se dedicaban a cantar los temas que exaltaban el buen amor, aunque supo que lo mejor era que ella no se diera cuenta porque entonces no lo dejaría ir.
  La Ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar era un pequeño pueblo enclavado entre montañas que lo rodeaban por completo, con historia española desde la colonia a pesar del sentimiento indígena, que desde hacía muchos años tenía fama de ser residencia de familias ilustres consideradas valduparenses que anteriormente sintieron desprecio por su música nativa, porque les parecía más propia de jornaleros cultivadores del algodón. Era el lugar donde muchos querían estar por su tradición poética, patrimonio intelectual y cultura musical, y en aquel entonces ya la amistad más grande que todos deseaban tener era la del maestro Rafael Escalona, el célebre autor de La casa en el aire, para poder ser un personaje legendario de sus canciones. Desde esos días, todas las personas veían con magia aquella ciudad del arco iris, que era mencionada en tantas canciones de otros grandes juglares como el ciego Leandro Díaz, Freddy Molina y Tobías Enrique Pumarejo. Se había convertido una década atrás en capital del Cesar, y Alfonso López Michelsen fue el primer gobernador del departamento, haciendo después cuando llegó a ser Presidente de la República que la música vallenata fuera algo que ya afectaba a toda Colombia. Tenía todos los años el Festival de la Leyenda Vallenata, que por iniciativa de Consuelo Araujo Noguera hizo su primera versión en 1968, donde estuvo invitado Gabriel García Márquez en plena fama mundial por la publicación de Cien años de soledad, por parte de la editorial Sudamericana de Buenos Aires. Sus casas, calles y barrios se llenaban cada día más de distintos músicos, provenientes de diversas partes con un mismo sueño común, que poco a poco se hacían populares en la región aunque estuvieran sentados en una esquina de bahareque tocando solamente el acordeón. Cantantes como Jorge Oñate con la agrupación de los Hermanos López habían triunfado para orgullo de sus habitantes, sacando varios long play's que lo tenían en ese entonces como el más grande y representativo del folclor, y parecía como si todo aquel que quería llamar la atención de los demás cantando el aire vallenato tenía que por lo menos haberse bañado alguna vez en las aguas de fantasía del río Guatapurí. También Poncho Zuleta con su hermano Emilianito había escrito unas páginas importantes en la música, y al llegar a esta tierra, nueva para él, Diomedes Díaz supo que estaba en el verdadero terreno donde su inédito talento sería puesto a prueba.
  Aunque se bajó en la casa de unos familiares, vendió limón en el mercado y les dio La negra y El cantor campesino a Jorge Quiroz y Luciano Poveda, mientras estaba estudiando tuvo un paso por la emisora Radio Guatapurí que ya hace parte de la leyenda. En serio parece mentira que alguien que algún día sonaría tanto en la radio, hubiera estado una vez detrás de la cabina, lleno de curiosidad, viendo a veces lo que hacían los profesionales de la radiodifusión, que colocaban la música de Alejo Durán, de Alfredo Gutiérrez y del mismo Poncho Zuleta, cantantes que ya ocupaban un principal puesto en la sintonía, aunque la razón original que lo llevaba a estar allí como mensajero era tratando también de impulsar las dos canciones que le habían grabado. Recuerda él mismo que como no daba para manejar bicicleta, escondía ésta en algún lugar del Valle, y cumplía su cometido por las calles casi a la misma velocidad que si hubiera estado manejando, con tal de quedar bien en su trabajo. De todas maneras, aprendió mucho de la radio, y una de esas cosas fue ver cómo ciertos músicos reconocidos llegaban en persona a promocionar sus discos desde allí. El locutor de turno casi no le prestaba atención, y prefería oír el nuevo disco del gran cantante Jorge Oñate, que la voz de un joven iluso que a veces cantaba despacio en los pasillos. Pero ya éste había creado una hermosa canción que ahora sí lo daría a conocer.
  Resulta que esa ciudad había sido el lugar donde sobre todo había llegado a estudiar, en la Escuela Industrial. A raíz de esa experiencia, conocería inesperadamente al único muchacho que en esos días cantaba y cantaría por siempre mejor que él. Su nombre era Rafael Orozco Maestre, originario de Becerril, pequeño pueblo del Cesar, tres años mayor y dueño de una excelente voz de admiración, que para remate por su agraciada apariencia era más mirado por las mujeres sin necesidad de tanto coqueteo. En un concurso que hicieron en una ocasión de la semana cultural en el Colegio Nacional Loperena, Rafael Orozco con su insuperable canto se llevó el trofeo que lo acreditaba como el mejor, derrotando en la contienda a varios participantes como Juvenal Daza Bermúdez, Octavio Daza Daza, Adalberto Ariño y Diomedes Díaz, que estuvo en representación del INSTPECAM, y que a lo mejor debió pensar que hubiera sido prudente haberse quedado un tiempo más en La Junta mientras se preparaba un poco mejor, antes que enfrentarse con humillación al más grande rival que tuvo en la vida. De todas maneras, igual que le había pasado en anteriores ocasiones, hizo unos versos proféticos donde anunció que de todos los presentes él era el único que iba a entrar en la historia, porque sabía que algún día cuando sacara el talento que tenía por dentro vencería inevitablemente el que los otros ya mostraban por fuera.
  En vista de eso, más adelante Rafael Orozco junto al acordeonero Emilio Oviedo grabaron la canción Cariñito de mi vida, de la autoría de Diomedes, que al escucharla magistralmente hasta los más expertos del folclor sintieron que estaban ante alguien que ya no sólo se podía considerar un ser con ganas de llamar la atención de los demás, sino un poeta que creaba notables melodías para que alguien que no era él pudiera realizar su sueño de éxito en toda la región. Fue su primer triunfo como compositor, lo que lo dejó muy feliz. Pero lo mejor de todo lo hizo Rafael Orozco, cuando por medio de un amistoso saludo lo bautizó para siempre El Cacique de La Junta Diomedes Díaz.
  En un Festival de la Leyenda Vallenata celebrado una vez más en la ciudad de Valledupar, Diomedes Díaz participó como compositor con Hijo agradecido, otra de sus canciones. Aunque quedó en tercer lugar en la categoría de Canción Inédita, como era normal que le sucediera en esa tierra donde al principio sufría para que las cosas le salieran bien, le permitió desde entonces estar enfrente de un gentío que lo descubrió, aplaudió y valoró, comprobando que cuando alguien es bueno el que se siente impresionado es el público. Nafer Durán, el negro acordeonero hermano del legendario Alejandro Durán, fue coronado por los jurados como nuevo Rey Vallenato. La amistad de este acordeonero, que más tarde en la noche se prolongó en una parranda que pasaría a la memoria común, fue motivo para que el joven Diomedes Díaz pudiera grabar un LP. La razón es que Nafer Durán sería invitado por Codiscos para hacer un disco, y en vista del talento que le vio a Diomedes Díaz, quien había terminado siendo auxiliar del conjunto musical de los Hermanos López y Freddy Peralta buscando y encontrando a veces una oportunidad para mostrarse como intérprete, a Emilio Oviedo que era el director artístico de la  empresa disquera lo primero que se le vino a la mente fue incluirlo como cantante, cerrando rápido así el histórico trato, cumpliendo la ilusión de un joven que lo único que quería en la vida era cantar para ser más feliz.
  Herencia vallenata fue el primer long play de Diomedes Díaz en 1976, a la edad de diecinueve años, cuando lo llevaron en su primer viaje a Medellín. Muchas canciones que fueron grabadas con varios integrantes de la organización musical de Rafael Orozco y Emilio Oviedo, sonaron humildemente en la región, pero con el paso del tiempo la canción El chanchullito es la única que se les viene a la memoria a los amantes del vallenato viejo. Ese salto a pesar de la fuerte borrachera que esa misma tarde casi lo intoxicó, le abriría las puertas de ciertas personas, el respeto de algunos de sus vecinos, la admiración de cantantes que ya eran conocidos por toda la gente, pero ninguno de estos grandes músicos como Jorge Oñate o Poncho Zuleta se imaginaron siquiera que el dueño de esa voz aún bajita y desafinada, sería el mismo que como un imán cambiaría por siempre la historia del vallenato.
  En vista de eso, alguien le presentó a Gabriel Muñoz, directos de artistas y repertorios de la multinacional CBS, que al escucharlo cantar en Valledupar quedó encantado y decidió llevarlo a Bogotá para que lo conociera el gerente y el presidente de la compañía, dándole la oportunidad a un cantante que hizo venir en avión a otros ejecutivos de Miami y Nueva York sólo para presenciarlo en el estudio, y entonces al lado de "El Debe" López grabó el que sería su primer gran éxito como cantante. En la carátula de Tres canciones de 1977 aparece un Diomedes Díaz sonriente con unas gafas oscuras, bigote cantinflesco y faltándole un diente, pero desde el primer momento en que se comenzó a oír la canción del mismo nombre, que le dedicaba a la novia de la ventana marroncita en La Junta, la gente comprendió que aparte de músico era muy inteligente, y que la única manera de que estuviera cantando una buena canción que lo daba a conocer en el mundo, era porque a él mismo le había tocado componerla con inspiración. En las casetas fue bien visto, e incluso comenzó a llamar la atención de ciertos seguidores, entre lo que estaban algunos marimberos, que lo que más querían en esa época era coronar embarques de marihuana, comprarse una camioneta Ranger, tener muchas armas, tomar litros de Old Parr, echarse encima la colonia María Farina, compartir el amor con mujeres simpáticas y voluptuosas, y en las legendarias parrandas contratar a un nuevo cantante que se llamaba Diomedes. Más adelante, De frente fue un nuevo LP que ese mismo año enriqueció mejor su repertorio musical, con temas como La montañita y Me deja el avión, que dio a entender que había llegado para quedarse por siempre, y que lo hizo conocer más allá de La Guajira y el Cesar, haciendo de él ya alguien reconocido con su bigote partido en dos aunque estuviera parado en una parte y no estuviera cantando. Su carrera musical, aunque él apenas se las creía, comenzó a despegar, a darle un nombre, pero ni el mismo Diomedes se imaginaba que el capítulo más recordado de su vida musical estaba a punto de llegar, cuando ni siquiera tenía esperanza de algún día llegar a viejo.
  La locura, que grabó al lado del acordeonero sanjuanero El Fuete Juancho Rois, fue lo que lo consagró como el artista más sorprendente del año 1978, y todavía hoy los más conocedores expertos aseguran que es su mejor long play. En este trabajo musical con el que definitivamente alcanzó el estrellato, donde están unas de las mejores canciones que interpretó jamás, la voz de Diomedes Díaz es todavía la de un muchacho afinado que ya sabe cómo cantar bien. Lluvia de verano, el éxito más sonado de este álbum, lo catapultó sin discusión como el fenómeno musical del vallenato, donde es alguien sin penas ni sufrimientos, que se fueron como el viento huracanado, cantando, riendo, soñando y viviendo alegre, al que al que le duela, que le duela, si se queja es porque le duele. La letra de esta esta canción, de Hernando Marín, es sacada del diccionario de la vida, donde conoció la mentira de la gente, siendo muy desafiante, como hombre valiente, que aunque sangra no le duelen las heridas, y hoy que tiene su experiencia concebida mantendrá siempre levantada la frente, porque esa mujer fue como lluvia de verano, y al que al que le pique, que le pique, por él que se siga rascando, dejando entonces sonar un rato el acordeón de Juancho que sacó la nota musical más magistral que se recuerda en su vida a tal punto que pareció una herejía, para después decir que si vuelve una de las que lo dejaron se reconcilian, por qué no, si es valiente, que no digan las mujeres que es él malo, malas son ellas que buscan su mala suerte, así que como Lisímaco Peralta va a cambiar de comedero, haciendo al final apología al machismo, orgullo y sentido de buen guajiro, pero en realidad parece reflejar el espíritu agresivo de Diomedes Díaz que detonaba al fin como advertencia a sus más duros rivales que ya no pudieron ignorarlo y comenzaron a respetarlo. En cualquier parte se escuchaba este tema inmortal que fue el elixir de la larga vida de su carrera artística, e incluso una madrugada en un pueblo de la Media Guajira, en el caserío de Las Flores, hubo una oscura tragedia porque el conocido comerciante de marihuana Lisímaco Peralta, que era el famoso personaje mencionado, estaba de veras muy feliz en la vida, sintiendo que como era su canción en la caseta Salsipuedes donde Diomedes Díaz y su conjunto se presentaron no la dejaran de tocar y la repitieran muchas veces sólo para él, provocando que entonces otras personas protestaran por eso y se formara una lluvia de tiros que produjo la muerte del alegre marimbero, cuya sangre alcanzó a salpicar al mismo artista revelación del vallenato, que estaba corriendo al igual que los músicos que lloraban y las demás personas huyendo del drama, en el cual también murieron el contrincante Reyes que fue el que disparó primero y su hermano Juanito que estaba en una mesa durmiendo. El alma de un acordeón, de la autoría de Diomedes, gustó profundamente y le dio sus primeros seguidores, como también el tema Lo más bonito y Me mata el dolor, mientras la estrella que lo iluminaba se volvió la más brillante de todo el cielo. Desde entonces, y para siempre en la región, se aceptó unánimemente que no había nada qué hacer, que el mejor cantante en la historia del vallenato ya estaba desde hacía veintiún años respirando entre los vivos.
  De otro lado, la bonanza marimbera estaba arribando a donde no había llegado otra jamás en la Costa Caribe, creando formidables riquezas en ciertos hombres que pasaron a ser mitos vivientes porque cambiaron la historia para siempre. La popularidad de los 'que tenían la tula', iba muy por encima de la de los cantantes como Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Los Betos, Adaníes Díaz con Ismael Rudas, el Binomio de Oro que conformaba Rafael Orozco e Israel Romero, y el mismo Diomedes Díaz, que paraban más en La Guajira que en otro lado porque desde allí se estaba impulsando el boom del vallenato. Uno de éstos era Raúl Gómez Castrillón El Gavilán Mayor, nacido en Las Palmas, quien había hecho una fortuna a fuerza de ingenio y ambición, por los caminos, trochas y parajes lejanos del desierto, fue la primera persona que llevó a Rafael Orozco a Riohacha cuando apenas éste estaba empezando, y sus comunes parrandas eran tan grandiosas, que nadie le prestaba mucha atención a Diomedes Díaz cuando lo veían como un invitado más en su patio de la arenosa calle diecisiete. El Old Parr de a litro corría por doquier, la comida sobraba aunque siempre fuera vuelta a comer, todos tocaban las armas y si querían las disparaban al aire para espantar a los ángeles, y los dólares pasaban más por las manos de este famoso personaje que los saludos de los hombres. Diomedes Díaz hizo amistad con muchos nuevos ricos en esta ciudad, pero con este mecenas de la música en especial tuvo una rara fascinación, porque parecía ser el hombre más bueno del mundo, siendo alguien que creyó en su estilo desde el mismo momento en que lo oyó cantar, le brindó la amistad para toda la vida, apoyó su brillante carrera, le regaló muchas cosas de valor como su primer carro, joyas de oro y dinero en efectivo, y gracias a su extraordinaria riqueza ya no lo vieron tanto como el cantante de moda sino como el artista que más escuchaban los marimberos, y si eso era así entonces también lo terminarían de escuchar el resto de los hombres. En ese entonces, Riohacha parecía la ciudad más famosa del mundo, porque la mayoría de la marihuana que exportaban por barcos y pequeñas avionetas para ser coronada en Estados Unidos, alimentaba las asombrosas parrandas animadas por reconocidos cantantes del vallenato, la abundancia babilónica, la riqueza exorbitante y el aura especial de personaje como Orejucho Peñalver, Lucky Cotes y Miguelito, y por supuesto El Gavilán Mayor, que con su sombrero y pequeño bigote en el medio al estilo de Charles Chaplin enamoraba a todas las mujeres. El dinero se veía por todas partes, las lujosas casas y las armas que con sólo mirarlas inspiraron las guerras entre familias que años después cambiarían el panorama inocente que se tenía de la plata fácil, pero mientras tanto El Gavilán Mayor, a quien también mencionaba Rafael Orozco en una de sus canciones, parecía ser no sólo el protagonista de una época sino de toda La Guajira entera.
  Cuando Diomedes Díaz siempre en esas primeras carátulas con el bigote partido en dos como Cantinflas al lado de Colacho Mendoza sacó en 1979 un larga duración titulado Dos grandes, supo hacerle un homenaje que quedó para la historia. La canción El Gavilán Mayor, nuevamente una composición de la guitarra de Hernando Marín, demuestra la visión que ya tenía de la vida este personaje de fábula que era real, en su tierra muy enamorador, buen amigo y valiente también, siempre en su chinchorro donde se podía mecer, siendo el gavilán mayor que en el espacio era el rey, el de las aves el más volador, que según decía cargaba su pico con disposición para el le quisiera jugar una traición y entonces con sus garras se podía defender. El trabajo musical tiene muchas canciones que hacen parte del recuerdo como Así es la vida, pero desde entonces muchos marimberos quisieron principalmente la amistad del cantante Diomedes, para que los saludara con nombres propios en sus canciones que los hacían conocer.
  También tuvo simpatía con Manuelito Salas, un hombre con la que entablaría una buena amistad. En esos días, mirar a Diomedes Díaz en carne y hueso en las calles de Riohacha era más normal que escuchar sus canciones al aire libre, quizás por los escasos equipos de sonido de la época. Fue visto incontables veces, en varias casas de conocidos tomares de ron, como en la de Idael Valdeblánquez situada en la calle catorce donde éste feliz era el mejor anfitrión de la vida, pero también en algunos patios con kioskos, siendo célebre por tener presencia en muchas parrandas cerradas de amistades que le dejaban bastante dinero, como Rafael Freyle el gran hombre de Manaure, tomando tragos de Old Parr, comiendo sabrosa tortuga al amanecer, bañándose con su agua de colonia Jean Marie Farina de Roger & Gallet para siempre estar sintiéndose bien, y de vez en cuando apartado de muchos fumando un poco de marihuana.
  Al lado del acordeón del buen Colacho Mendoza, comenzó a ser la cara más conocida, sumergiéndose en las caudalosas corrientes del folclor, y sacando unos sucesivos discos que demostrarían que había llegado para poner el vallenato a la altura de cualquier otro género musical en la tierra. Los profesionales fue un LP que demostró que sí, que había dejado de estudiar, pero para darle alegría al público que quería ver en escena a alguien profesional en el canto como él; con eso dejaría una buena impresión como empírico en su campo. Para mi fanaticada confirmó precisamente eso, donde grabó temas como Palabra sagrada, Camino largo y La Juntera, canción ésta de su paisano Marciano Martínez, que decía ay! perdóneme señorita si en algo llego a ofenderla, pero es que usted es tan bonita que no me canso de verla, estando tan enamorado que la soñaba hasta despierto, siendo las sabanas de La Junta testigos de su sufrir que le podían decir lo mucho que ella le gustaba, dejando claro que Diomedes Díaz era el ídolo de las multitudes, el que le daba un agradecimiento a ese público que lo había puesto donde ya estaba, volviéndose un objeto de culto en una región donde la palabra más común en la boca era Diomedes, el dios del vallenato que después de una presentación, dejaba en las personas la impresión sobrenatural de que conocerlo físicamente había sido el mejor recuerdo con el que podían quedar por siempre en sus vidas. En realidad, ya desde principio de los años ochenta, cuando como un hombre cualquiera aparecía en la calle, Diomedes Díaz por un extraño magnetismo comenzó a reunir la gente a su alrededor. Tu serenata afianzó algo que ya muchos sentían, demostrando que cantar bien para él era más fácil incluso que hablar mal, e hizo que se ganara el afecto perpetuo de muchos niños inquietos como mi primo Carlitos. Pero fue Con mucho estilo, aquel grandioso disco de 1981 donde Diomedes Díaz semejante en su parecido físico con Adaníes Díaz sale en la carátula repetido al lado de varios Colacho Mendoza, con el que demostraría que no sólo era el mejor cantante de ese tiempo, sino que había creado una gran obra de arte que lo mantendría en el primer lugar por toda la vida. La canción Bonita, de su autoría, dedicada especialmente a su mujer, enamoró a los oyentes desde la primera vez que la escucharon hasta el día de hoy. Además de su melodía, respaldada por Nicolás Elías Mendoza que tenía el mejor acordeón del mundo en esos días, la historia de esta buena canción donde habla de su vida como cantante enamorado de su compañera es tan bonita, que casi todo el mundo se la aprendió, la grabaron en su memoria, y cualquiera la cantaba sin darse cuenta aunque ya tuviera rato sin estar escuchándola. Según la gran crítica especializada del folclor, esta obra musical lo inmortalizó casi enseguida, y no hacían falta más canciones por componer ni por cantar para que el gran público lo quisiera por siempre, en el que estaba Jaimito en su casa de la calle trece en Riohacha donde vivía con mi tía Negra, primero tocando su acordeón y después en un grupo pasando a ser un cantante lleno de ilusión, que antes de morir fue consciente de que el mundo era mejor en esos irrepetibles años. Lo mismo me da, una canción de buen gusto, A mi papá, y Zunilda, hicieron de este LP el que todos quisieron tener como recuerdo de sus mejores días como cantante estelar. Chispitas de oro y otras más, dejaron también claro que Diomedes Díaz era el cantante que en verdad mejor sabía cantarle al amor.
  Pero ahí no paraba, porque mientras otros lo miraban como un proyectil que iba para el espacio, en realidad Diomedes Díaz desde la tierra estaba inspirado con nuevos proyectos para posicionarse mejor, aunque en el LP Nuevamente sensacionales Adaníes Díaz al lado del acordeón de Héctor Zuleta había inmortalizado la canción Marianita, imprimiéndole una poderosa voz seca que nunca tuvo igual, con lo que demostró que de haber seguido vivo quizás hubiera sido el más grande cantante de la historia. Todo es para ti cayó muy bien al salir, siendo de la autoría de Calixto Ochoa la canción que le da título al disco, con una buena publicidad que produjo un fenómeno de ventas, por lo que desde entonces ya cada temporada los seguidores de Diomedes esperarían con ansiedad a que sacara un nuevo trabajo musical porque eso era lo mejor que podía sucederles en el año. En la carátula del disco, junto a Colacho Mendoza, muy bien vestido de blanco, se ve a un Diomedes Díaz más fotogénico que siempre. También está el tema Te quiero mucho, que desde el primer día en que salió fue como una revolución en todas las calles que hizo creer que ya era más que un ser humano.
  Entonces como lo mejor siempre estaba por suceder, en el año de 1983 sacó el disco Cantando, donde está el tema que le da nombre al álbum, y sus mejores canciones como el cantante más famoso del vallenato. La canción Te necesito, fue quizás la que más identificó la personalidad enamorada de este artista guajiro que era único en su género, porque la letra hace referencia del hombre que es feliz con su propia vida. Era cierto que estaba inspirada en la mujer de la que más estaba enamorado en el mundo.

Esa morena que me entusiasma cuando me mira
ha despertado en mí un sentimiento para cantar,
con toda el alma le cantaré a la mujer más linda
en una noche de luna llena en Valledupar.

  La musa que lo inspiró fue su esposa Patricia Acosta, y cualquiera puede darse cuenta de la manera en que Diomedes Díaz estaba en esos días pensando en ella, por el sentimiento melódico y poético de esta sublime inspiración, que acompañada del magnífico sonido del acordeón de Colacho Mendoza se repitió hasta el infinito. Fue la mujer que más quiso en toda su vida, con la que más vivió en sus mejores días de hombre, a tal punto que mientras estuvo con ella dio origen a sus mejores ritmos como este lindo paseo, que indiscutiblemente es la mejor canción en la historia del vallenato. En realidad, gracias a su música que tenía fuerte aceptación, fue un ser humano de buenas en el amor, teniendo por eso romance con otras hermosas mujeres que se volvían locas oyendo su buen canto, y a más de una debió gustarles Por amor a Dios y Myriam, una pieza seductora de su carrera como cantante singular. Se puede decir que Diomedes Díaz, en La Guajira, el Cesar y gran parte de la Costa, por sus canciones, su carisma y su coquetería con pantalones, fue el hombre del que más se enamoraron las mujeres.
  El mundo puso fin a su historia al lado de Colacho Mendoza, pero dejó en claro que el conocido cantante Diomedes Díaz que ganaba discos de oro y seguía solo por su cuenta, había aprendido los secretos del mejor maestro del acordeón que pudo tener en su carrera musical, con quien vivió los buenos días en la época dorada de la marimba. La canción Mi muchacho, dedicada a su hijo Rafael Santos que le hacía acordar ayer, le hizo ganar por su buen sentimiento el afecto de muchos padres, aunque también menciona su pasado en La Junta y a la Virgen del Carmen, santa a quien le tenía fe porque le había hecho muchos milagros, uno de ellos la fama. Es una de las canciones por la que es más conocido, de la que más le pedían en las presentaciones siendo un hombre mayor, y la que más le gustaba a él mismo.
   Entonces grabó con Gonzalo Arturo "El Cocha" Molina, que con el trabajo Vallenato comprobaría que al lado de Diomedes Díaz el gran público siempre vería a cualquiera que fuera su compañero como el mejor acordeonero. La gente se acostumbró a ver a Diomedes al lado de este nuevo músico de Patillal, llenando casetas, generando un nuevo éxito musical, cobrando millones de pesos por nombrar a las personas en las canciones, rompiendo récords en ventas, que le daban varios discos de oro y platino, para alegría de grandes amigos como Jaime Araujo Cuello a quien siempre saludaba, mientras como artista cada día más seguía creciendo sin parar, porque sus presentaciones en el programa televiso de Jorge Barón demostraron que aparte de ser escuchado en la radio podía demostrar una picardía superior si lo veían cantando de cuerpo entero en el Show de las Estrellas, pareciendo mentira que alguien que sólo veía bien por un ojo conociera tanto este mundo. Cuando sacó Brindo con el alma, su nueva producción musical, lo hizo estar de nuevo en oído de la gente, que repetía la canción que daba nombre al título y donde mencionaba a Ricardo Palmera, un hombre que al volverse guerrillero de las FARC sería conocido como Simón Trinidad, hasta saciarse porque divertía ver el enamoramiento de Diomedes Díaz con una niña muy linda que por culpa de las llamadas telefónicas del cantante, la señora que se negaba a ser su suegra le pedía que a su hija no se le llamara y molestara más. Sin medir distancias, de Gustavo Gutiérrez Cabello, que también cantaba con el alma Carlitos, lo hizo ver de nuevo como el hombre que explotaba con la violencia de la voz, haciendo de su imagen la más grande del folclor, el único cantante que era señalado como el mejor, a pesar de la rivalidad eterna con el Binomio de Oro que brillaba fuertemente con luz solar. La verdad es que Diomedes Díaz, en el plano musical, estaba fuera de competencia, porque mientras los demás trataban de ir detrás de él, Diomedes ni siquiera se movía del pedestal donde hace rato ya estaba instalado, cantando pegajosas canciones como Sin ti en la que se sentía su espíritu muy sabroso. Por eso con Incontenibles, Diomedes Díaz El Cacique de La Junta se ratificó como el mejor del vallenato, cantando el tema Si vas te olvido, donde decía te he dejado de querer, cuán largo es el cansancio, desengaños por doquier han dejado huella en mi corazón, pero pronto volveré a sentir la esperanza, el destino me enseñó nunca resignarme ante un gran dolor, y el coro me tienes desesperado y acorralado con tu desdén, me duele tu indiferencia por qué me tratas así mujer, y entonces Diomedes seguía quieres arruinar tu vida en busca de una aventura, lo siento pero te digo si te vas si te vas si te vas te olvido, si te vas ay! te olvido, si te vas si te vas te olvido, que hasta el día de hoy cuando uno lo escucha como un fenómeno de la canción, entiende porque desde siempre se decía que era un fuera de serie. La carrera de este cantante de espíritu helénico apenas parecía atravesar por su mejor momento, con el tema Tu cumpleaños la gente a su alrededor aumentaba con los segundos, los minutos y las horas, su nombre era el más mencionado en las conversaciones de los hombres que sabían que era el Monstruo del Vallenato, su estilo se iba afianzando sin detenerse, pero todavía así las ganas de cantar era tan grandes igual que cuando estaba lejos de alcanzar el reconocimiento.
  Su reencuentro al lado de El Fuete Juancho Rois ahora éste con el pelo bastante ensortijado, hizo que el folclor vallenato era lo mejor que sucedía en la vida de los hombres. El trabajo que sacaron en el año de 1988 fue llamado Ganó el folclor, porque de esa manera se demostraba que uniendo a los más grandes en los suyo, el uno cantando con furia superlativa y el otro reventando con fuete el acordeón, la música vallenata era algo que el mundo entero podía comenzar a tener en cuenta. La canción que le dio nombre al disco, de Roberto Calderón, cayó como un bálsamo para los enamorados, los seguidores acérrimos de ambos artistas, y en verdad un nativo de San Juan murió tranquilo cuando vio realizada la unión de Juancho y Diomedes. La canción Los recuerdos de ella, le hizo ver a los amantes del licor que valía la pena beber mucha cerveza en la vida, si eso era lo que había inspirado salir adelante a alguien tan ejemplar como Diomedes Díaz. Éste no cabía de la felicidad por estar al lado del que era considerado por muchos expertos el nuevo mejor acordeonero de La Guajira, tocando Gaviota herida, de Efrén Calderón, y la hermosa canción Páginas de oro que los identificó suficiente, mientras Juancho Rois trataba de sacar al aire las mejores notas de querubín que le demostraran a Diomedes Díaz que sólo al lado izquierdo de ellas podía seguir su camino muy derecho.
  El disco El cóndor herido, con la canción del mismo nombre, le hizo creer a la gente que Diomedes Díaz había dejado de querer a la mujer que le había inspirado las mejores canciones, que lo habían hecho tener ya fama internacional. Su agresividad y molestia por los problemas del hogar al cantarla, evidenciaba falta de cariño, de irse lejos, muy lejos, siguiendo quizás el vuelo del cóndor, algo que nunca podía suceder porque aunque jamás lo amarrara el amor de una mujer, nunca podría escapar del cariño sorprendente de su público.
 Canta conmigo gustó en seguida, y en la carátula se puede ver al cantante Diomedes Díaz Maestre, que parecía tener algún conocimiento esotérico para conquistar a su público, al lado de un buen acordeonero con el que andaba más acompañado que de su propia mujer. Las notas de Juancho lo tenían en verdad transformado, en éxtasis, en trance musical, sintiendo que era lo que siempre había querido ser, exigiéndole aquél más que cualquiera en toda su carrera como sucedió con la canción Lucero espiritual de Juancho Polo Valencia, donde ejecuta bien los pases como los más grandes, y por eso fue adaptándose a la serenidad de un hombre privilegiado que podía inventar la melodía que quisiera, que componía, arreglaba y producía con esmero, y que además de buen músico llegó a conocer a Diomedes más que cualquier otro ser humano, mientras él también tenía su difícil competencia con el villanuevero Israel Romero, que era el que más rápido tocaba el acordeón en el mundo. Fue un disco con muy buena aceptación, ratificando que era la gran cara del vallenato.
  Cuando en el año de 1991 sacaron Mi vida musical, la fama de Diomedes Díaz era tan grande y sus melodías eran sentidas a tan alto volumen en todas las calles de los pueblos y las ciudades enteras, que aunque en esos mismos instantes hubiera salido otro mejor cantante en la historia nadie lo hubiera podido escuchar. Canciones como Doblaron las campanas gustaron por su buena letra, y Parranda, ron y mujer, tema de Romualdo Brito, con el buen acordeón de Juancho Rois que digitando gustoso se inspiró en sus notas bastante sabrosas, cayó de nuevo bien entre los verdaderos parranderos y mujeriegos sin remedio, que en medio de la parranda y bajo los efectos del licor visualizaban la imagen de Diomedes Díaz igual que en una iglesia lo hacían los feligreses con Jesús de Nazaret. La canción Mi ahijado, donde a la Virgen del Carmen le pide vida y salud, que lo demás lo resuelve él, fue quizás el éxito del LP, con un sentimiento humano hacia la historia que cantaba ante un niño huérfano llamado Pachito que le preguntaba al padrino dónde estaba su papá, que muchos se preguntaron quién fue el compadre que le dejó un vacío tan grande al Cacique, como para que éste lograra crear una canción antológica que todavía hoy dan ganas de llorar. Mi vida musical, la canción que da nombre al título, narra en merengue los hechos que le dieron la dirección ideal a su vida, contando paso a paso todo lo que había vivido en su carrera musical con la ayuda inicial de su desaparecido tío Martín Maestre, para llegar a donde ya estaba. En sí, fue un trabajo musical que siguió teniendo bien contento a sus seguidores, que ya lo veían como si fuera el único artista que existía en el vallenato.
 En unos carnavales de Barranquilla, en el estadio de béisbol Tomás Arrieta, Diomedes Díaz participó nuevamente detrás del tan ansiado Congo de Oro, ante una asistencia increíble que por su fuerte espectáculo lo aclamaba como el seguro ganador de la tarde. A pesar de que cantando El muñeco arrasó teniendo con mucho espíritu una grandiosa actuación, al lado de un inspirado Juancho Rois y resto del conjunto que se portaron como héroes de la armonía artesanal, perdió la contienda por una que fue considerada mala decisión del jurado. En vista de que la victoria la obtuvo el Binomio de Oro de Rafael Orozco e Israel Romero, apartando rabioso al hombre que anunció el resultado para coger de nuevo el micrófono, Diomedes Díaz protestó de inmediato ante el público, y juró que nunca pero nunca más volvería a participar en ese festival.
  El regreso del cóndor tranquilizó a sus seguidores, porque si seguía viviendo en la casa con su amada esposa, entonces podían seguir esperando de seguro hermosas canciones de él como en sus mejores épocas. La canción El mundo se acaba llenó de entusiasmo al público, porque decía casi la verdad del hambre de los humanos, aunque no la verdad de Diomedes, que era un hombre muy rico y podía comer toda la carne que quisiera. Shio shio cayó también en el gusto de la gente, y Mis mejores días, de su misma autoría, dejó encantado a los oyentes, no dejando oír casi las canciones que en esos momentos vocalizaban otras figuras del canto, llegando a presentarse en lugares tan lejanos como Estados Unidos como ya era normal. Pero entonces, cuando todo parecía tan bien, un acontecimiento entristeció para siempre la buena imagen que en el país y en el mismo extranjero se tenía del vallenato.
  La noticia de que Rafael Orozco, el cantante líder del Binomio de Oro, había sido asesinado un 11 de junio de 1992 en Barranquilla, hizo pensar que la edad de oro del vallenato había tocado a su fin. Cuando estaba de noche en la terraza de su casa al norte de la ciudad conversando con Alonso Ariza y Francisco Manuel Corena, músicos de Diomedes Díaz que le estaban pidiendo prestadas unas tumbadoras, alguien surgió de la oscuridad y le disparó con una pistola diez veces a quemarropa. Al caer al suelo donde terminaría muriendo, dejó triste a una mujer que le había dedicado la canción Sólo para ti, la cual junto a las hijas salieron precipitadas a socorrerlo, y a miles de seguidores que desde que comenzó a cantar siempre lo consideraron por excelencia el mejor del género romántico. No sólo era el único cantante que estaba a la altura musical de Diomedes Díaz, sino que era dueño del mejor timbre vocal que hubo alguna vez, el que más andaba con un conjunto de gira permanente en el exterior, llegando a dividir al inmenso público en dos respecto a quién era en verdad el más grande del folclor. La rivalidad que habían tenido durante muchos años, hizo pensar que Diomedes Díaz se había liberado sin quererlo del único artista que, que en lugar de él, también podía ser considerado en un futuro el mejor cantante en la historia del vallenato. Según las autoridades que investigaron el caso que pareció propio de una telenovela, su muerte se debió a un crimen pasional, aunque en la calle se siguió diciendo que era por otra cosa, sobre un asunto que lo involucraba con el narcotráfico por unos cientos de miles de dólares que dio por perdidos al regresar de una gira larga por Estados Unidos, cuando le pertenecían a Caracol. Su muerte dolió en todas partes, su imagen sana se volvió como la de un santo bastante querido, y se cree que en Barranquilla nunca hubo tantas mujeres llorando por la desaparición de un solo hombre. El multitudinario entierro fue el más grande que hubo alguna vez en la historia de Barranquilla, empezando en la Catedral donde el dolido público vio su rostro, velando después unas horas ante los miles de curiosos que hicieron fila en el Coliseo Humberto Perea, y por último en la Iglesia del Carmen donde Juan Piña con un micrófono trataba de poner en orden a la gente, iniciando un largo recorrido por las diferentes calles de la metrópoli mientras era seguido por un helicóptero con reporteros que transmitían las imágenes en vivo y en directo por Telecaribe, teniendo de fondo canciones como El llanto de un rey que hacían sentir su gloria divina en la tierra y ponía a llorar a incontables televidentes, hasta avanzar a las mismas afueras de la ciudad que llevaba a la vía al mar, terminando así la caminata en Jardines del Recuerdo, donde su despedida partió el alma de todos los asistentes, ante una viuda y hermosa Clara Helena Cabello que estaba sentada junto a su tumba vestida de negro, muda por el drama y totalmente desconsolada, acompañada por el también triste Israel Romero que no tenía manos para el acordeón, mientras los dolientes entre los que estaba el maestro Rafael Escalona con el corazón arrugado como él mismo lo expresó, se preguntaban qué había hecho Rafael Orozco conocido también como El Escultor de Mil Momentos de Amor, que ahora no podía seguir en esta vida donde sólo realizó todo lo que pudo para que algún día como ese triste atardecer junto a él no enterraran sus canciones.
  En Barranquilla, Diomedes Díaz fue en una ocasión a la fiscalía a declarar sobre el caso de Rafael Orozco. No entendía por qué lo involucraban en ese crimen, si a diferencia de los asesinos que segaron la vida de su colega, él no tenía necesidad de sacar a nadie del camino si para eso Dios le había dado el talento de su voz. Además, si alguien sufrió con aquella muerte fue él mismo, que lo conocía desde su más temprana juventud. En una ocasión, mientras cantaba en un concierto le hizo entonces un histórico homenaje, aclarando que Rafael Orozco y él a pesar de que se creyera lo contrario habían sido grandes amigos, que fue quien lo había hecho famoso, apuntando que los grandes periodistas no decían eso. «Fue el que me grabó mi primera canción», dijo. Para que el público comprendiera bien, cantó con furia Cariñito de mi vida con la verdadera voz del compositor que ahora era un cantante famoso, dando paso después a la improvisación de versos sueltos, asegurando en una estrofa ahora la paso llorando/ y hasta estoy sintiendo miedo/ un ángel más en el cielo/ Virgen del Carmen qué hago/.
  De otro lado, como ya era casi normal, en diciembre de 1992 sacó en Fiesta Vallenata al lado de Juancho Rois una de las canciones que más gustaron en la temporada de los carnavales de toda la historia, en la calurosa región de su país. Se trató de El hombre de mama, un tema de Efraín Barliza, jocoso, divertido, que hace reír, cuando un hombre llegó a donde su mama pero él no lo conoce, usa calzoncillos largos, usa pantalones cortos, por lo que no lo conoce, no lo conoce, calzoncillos largos, pantalones cortos, y que recordó nuevamente que era el mejor precisamente por la escogencia certera de esa graciosa canción que prendió las casetas.
  En mayo de 1993, su carrera como cantante pasó por el momento más alto de su vida con el álbum Título de amor. La canción Mi primera cana de su autoría arrancó con bastante fuerza desde antes del lanzamiento en mayo, y le demostró una vez más a los diomedistas que cuando este cantante se lo proponía podía escucharse tanto en la radio y en los equipos de sonido de la gente, como si fuera el mismo Dios en el cielo. En su historia musical, como él mismo lo reconocía, sólo una gran canción de Diomedes Díaz podía ser mejor que Diomedes Díaz. Déjala, Ven conmigo, que enamora por su mensaje de amor y Mi compadre se cayó, fueron motivo de varias fiestas, muchos hombres parrandearon con ella, y se puso tanto de moda este disco que en cualquier calle de su país y quizás del extranjero, por encima de la suave brisa, las olas del mar y el canto de los pájaros, su voz de cantante era el sonido natural que tenía más aceptación en los oídos. Título de amor, donde habla de la fidelidad de su esposa y menciona a Jesús, fue un tema bonito que se repitió tanto, que mucha gente se aprendió la letra sin habérselo propuesto. La reina marcó un manera de cantar y de llegarle a la gente con una nueva melodía, como le sucedió a mi hermano Carlos Herrera que desde entonces la considera su favorita, y a veces cuando uno en el replay aún la oye sin parar puede saber cuán hermosa era la vida que le había tocado vivir a Diomedes Díaz. Pero fue sobre todo Amarte más no puede, de Marciano Martínez, el éxito indiscutible de este disco completo considerado también por sus seguidores como el mejor de su carrera, porque fue el primer CD con el que logró vender más de un millón de copias.
  En esos precisos momentos, pasaría algo diferente que cambió bastante la historia del vallenato. La presencia de Carlos Vives con Clásicos de la Provincia, donde grabó principalmente el tema La gota fría, canción del viejo Emiliano Zuleta hacia su peor enemigo en la piquería Lorenzo Morales, que fue un éxito mundial y lo dio a conocer de cuerpo entero en el continente americano, hizo pensar por primera vez en Colombia que había aparecido un cantante gigante del vallenato que dueño de una gran belleza con el cabello largo como Sansón, jean mocho y corpulentas piernas descubiertas de deportista, hacía ver muy pequeño al propio Diomedes. Con su vallenato-pop el fenómeno Vives llegó ser el artista vallenato más famoso a nivel internacional, pero para los expertos musicólogos el número uno del autóctono folclor seguiría siendo por siempre Diomedes Díaz.
  De manera que 26 de mayo fue un disco que, al salir como siempre pasaba el 26 de mayo día de su cumpleaños, alegró en verdad el año de 1994, porque su talento siguió siendo invencible. A raíz del Mundial USA 94, en el que iba a participar la Selección Colombia desde que el 5 de septiembre de 1993 había derrotado en el estadio Monumental de Buenos Aires por 5 a 0 a la Selección Argentina, hubo una fuerte sorpresa. Su grupo liderado por él sacó una buena canción llamada Yo soy un mundial, que fue un aliento por las jugadores de su país especialmente para Carlos "El Pibe" Valderrama, el mediocampista de melena rubia nacido en Santa Marta y número 10 de la tricolor, que ya a esas alturas era considerado por sus constantes pases de gol uno de los mejores jugadores del mundo. La canción Por qué razón, de la autoría de Juancho Rois, se convirtió en el éxito temprano del disco, poniendo su voz nuevamente de moda como si en serio eso fuera lo mejor que Diomedes Díaz el Monstruo del Vallenato supiera hacer. Su carrera al lado de "El Conejito" Juancho Rois estaba en su mejor momento, era declarado oficialmente en público el consentido de la Sony Music, la fama que tenía también se había convertido en mundial, y era raro que en alguna terraza no se escuchara su música, no se hablara de su vida, algunos no quisieran ser como él, por una extraordinaria carrera musical donde llevaba más de quince millones de discos vendidos, y su idolatría creció tanto que ya su imagen parecía la de un cantante que con sólo escucharlo daba buena suerte a los hombres hasta para los negocios más importantes de la vida. La canción 26 de mayo, contó su nacimiento cerca de La Junta de una forma más especial, su interés temprano por la música de acordeón, dejando comprender que aquel extrovertido personaje que ahora era alguien conocido sólo había sido un humilde ser campesino que había podido triunfar, por lo que sus seguidores creyeron una vez más que después de Jesucristo, el ser humano más importante que había era Diomedes. Su alegría no conocía límites, guiado por su representante Joaquín Guillén nada ni nadie podía imaginar que las cosas podían tomar otro rumbo, y había tantas canciones ya de Diomedes Díaz en la música vallenata, que era dudoso que aunque no grabara más algún día se volvería a dejar de escuchar.
  Su amistad con Juancho Rois trascendía el amor que ambos sentían por la música, y nadie por esa fuerte razón se imaginó que el final de esa unión se estaba acercando. Éste se había casado en Montería con la verdadera mujer de su vida, la hermosa joven Jenny Dereix que fue su novia a pesar de la oposición inicial de la familia de ella, por la que incluso se cortó el largo cabello ensortijado para estar más serio a su lado en el altar, y estaba tan feliz con su matrimonio que no hizo sino inspirarse con sentimiento para componer las canciones más sentidas que recuerdan sus seguidores. El  enamoramiento, que le tocó de verdad, lo había cambiado en serio por completo, y quería vivir todos los años de la vida que en esos días sólo giraba en torno al amor. Su fama de gran acordeonero estaba casi a la altura de la de Diomedes Díaz como cantante, tenía sus propios seguidores, entre los que se encontraban el niño Jeison Barros que todavía hoy siendo un hombre lo sigue considerando su principal ídolo, y parecía dispuesto a seguir a su lado por siempre, como si presintiera que por la unión de ambos nada hacía prever la vía en extinción del vallenato. Se les veía contentos en las presentaciones, de gira por todas partes, tocándoles a un público fiel que los quería ver juntos por siempre y para siempre, porque el conjunto que ambos conformaban era lo mejor que les podía pasar a muchos individuos que tuvieron la oportunidad de estar vivos en esos tiempos, que ellos con la novedosa melodía pudieron volver modernos.
  En Caracas, mientras Diomedes Díaz estaba descansando en el hotel Caracas Hilton, un 21 de noviembre del mismo año de 1994, Juancho Rois y el resto del conjunto conformado por el bajista Rangel Torres, el guacharaquero Jesualdo Ustáriz, el cajero Tito Castilla y el técnico de acordeones Eudes Granados, tomaron en la tarde una avioneta en el aeropuerto Maiquetía rumbo a un lugar de Venezuela en el estado de Anzoátegui, específicamente en la población de El Tigre, donde pensaban cumplir el compromiso realizando un toque a un amigo al lado del imitador Enaldo Barrera, más conocido como Diomedito, que los estaba esperando. La avioneta Cessna Piper YV- 628P en la que iban tuvo problemas en el aire, además de que hubo confusión por la falta de luz y la fuerte lluvia que se precipitó, y entonces buscaba aterrizar de cualquier manera en una autopista donde los conductores de los carros viendo las luces de la aeronave en agonía fueron uno por uno parando para que lo pudiera hacer por emergencia, pero resultó teniendo un choque con una alta torre de transmisión de la CANTV, que ocasionó el calamitoso accidente. Fue un suceso catastrófico, donde al caer al suelo impactado murieron al instante el piloto Monsalve y Eudes Granados. «No me dejen morir», dijo Juancho Rois mal herido y dolido, en medio del desastre. Sin embargo, la tragedia había sido tan fuerte y el daño que recibió irreparable a pesar del rescate oportuno que tuvieron, que en el hospital donde alcanzó a ser atendido se fue de esta vida al lado de Rangel Torres, sin haber tenido tiempo de despedirse de sus seres queridos, sin haberle dicho por última vez a su bella esposa que estaba embarazada cuánto la amaba más que a sí mismo, y dejando completamente solo al mejor cantante del mundo.
  La noticia de su muerte sacudió a los amantes de la música vallenata, pero sobre todo al dolido pueblo de San Juan. Parecía una locura, la tragedia destrozaba, dejaba sin aire, y muchas personas lloraban ya no tanto por la muerte de Juancho Rois sino porque desgarraba el alma ver a un pueblo entero llorar sin consuelo. Nunca había pasado algo parecido en la historia de San Juan del Cesar, sus honras fúnebres atrajeron a una inmensa multitud que no cabía en el pequeño municipio, y nadie se explicaba de dónde habían aparecido tantas gentes que por nada querían quedarse sin ver al hombre que más usó los dedos en esta vida. Su ataúd era el mayor centro de atención, y quienes se asomaban al cristal no podían entender que alguien tan bueno pudiera morir muy rápido. El único que no asistió al velorio, por supuesto, fue Diomedes Díaz. Según él, había una fuerte razón: «Es que si yo estoy ahí, las personas van a estar pendiente de mí y nadie le va a prestar atención al muerto». Quizás era verdad, pero también es cierto que si Juancho Rois se hubiera levantado de la muerte, entonces por siempre iba a ser más querido que Diomedes Díaz.
  Éste, por su parte, casi se muere también de la pena, del puro sentimiento, y hay un video donde está con una cachucha en un carro acompañado de otras personas, atendiendo a un periodista que lo vio cuando parecía estar camuflado en su dolor, donde habla sin dar para hablar apenas, y llora de una manera tan destrozada, que uno se da cuenta de que lo que él más quería de Juancho no era la forma especial como tocaba el acordeón sino su misma amistad incondicional. Desde entonces no volvió a ser el mismo de antes, y a pesar de las duras críticas, porque aunque acompañó a la caravana que traía al difunto desde Venezuela no hizo acto de presencia en el velorio del pueblo, quizás a parte de su familia fue la persona que más sufrió con la desaparición de su gran compañero, a quien no pudo reemplazar con nadie, a quien jamás olvidó, y se sintió en su interior sin esperanzas, cuando hacía unos meses apenas la agrupación el Binomio de Oro de América como el ave Fénix parecía haber resurgido de sus cenizas con el trabajo musical De la mano con el pueblo, donde estaba la canción Sólo para ti que el joven vocalista Jean Carlos Centeno cantó bien como nadie. En verdad, le costó bastante salir de ese letargo, de ese profundo dolor, y hasta en algún momento pensó que ya no valía más la pena entrar a un estudio de grabación, si Juan Humberto Rois no iba a estar a su lado para que la música vallenata sonara mejor. Si algo lo rescató, fue la presencia de sus seguidores en todas partes, que lo aclamaban, que le pedían que no los dejara solo, que animaron a Diomedes Díaz a seguir adelante, a escribir un nuevo capítulo en una vida de grandeza donde las canciones las seguiría escogiendo tan bien como antes, lo que lo llevó a presentar al joven Iván Zuleta como su nuevo acordeonero ante la propia prensa, aunque la nostalgia por una época mejor poco a poco se iba apoderando de su alma maltratada.
  Para mayor desgracia, uno de sus mejores amigos de todos los tiempos fue asesinado. Samuel Alarcón, que era uno de los narcotraficantes más grandes de la Costa, con quien siempre anduvo y parrandeó a morir hasta los mismos límites de la felicidad, y a quien por muestra de cariño y sincera amistad le compuso la canción El Rey de La Guajira que cantó varias veces en unas presentaciones pero nunca grabó en estudio, fue asesinado inesperadamente en enero de 1995 en la cárcel Modelo de Bogotá, al parecer con un sicario que contó con la ayuda del Inpec, por el arma que sin problemas usó. Su muerte fue noticia en especial en Barranquilla y La Guajira, donde fue un capo de los de más renombre, por su riqueza, imperio y poder material, pero sobre todo por la gran amistad con Diomedes que siempre lo saludaba con complacencia en las mejores canciones. Esta nueva desgracia fue nefasta para Diomedes Díaz, que comprobó de una vez por todas que las alegres épocas de su vida en la tierra ya se estaban alejando, desde que se estaban muriendo uno por uno sus mejores amigos.
  En su vida personal, su problema con los estupefacientes no hizo sino aumentar, hundiéndolo en la oscuridad, en el rechazo de cierto sector de la sociedad, que lo quería ver destruido, diciendo que cuando lo maquillaban en tarima no era con polvo para la cara sino con la misma cocaína de manera que con buen disimulo la absorbiera, y además de ser conocido como el cantante más famoso del vallenato, también era reconocido como el más bazuquero. En serio, cada vez más se sumergía en ese infierno, aunque seguía tomando, mujereando, amaneciendo a veces sin sentido, introduciéndose en las tinieblas que le estaban mostrando el precio caro que de ahora en adelante tenía que pagar por tener un pacto con el Diablo, según sus enemigos que no se explicaban cómo había hecho para tener tanta buena suerte en la vida. Frente al público, Diomedes Díaz era una persona que sonreía, que se mostraba común y corriente, que a todos abrazaba con cariño humano, como muestra de su amor, mientras en la soledad la droga lo esperaba sin desespero, lo atrapaba fuertemente, lo encadenaba sin escapatoria, pero aun así se abstenía de pedir auxilio, y la única forma como sentía que se desquitaba con ella era no componiéndole nunca una canción. De todas maneras, tenía la ventaja de estar siempre cantando canciones muy buenas que le recordaban a la gente que mientras Diomedes estuviera vivo, a fin de cuentas eso era lo único que le importaba al vallenato.
  Mientras tanto, parecía que era un hombre sano por la fuerte razón de que siempre tenía que cantar. El amor de su mujer y los hijos lo estimulaban mucho, dándole muchas razones para seguir en esta vida donde a veces se sentía triste, como cualquier hombre que nunca en la vida hubiera grabado. En la soledad, siguió haciendo sus canciones, que mencionaban las cosas buenas de la vida por las que valía la pena vivir y seguir sonriéndole a la gente. Para mayor apoyo, la amistad eterna de un gran amigo, camarada y compadre como Poncho Zuleta -con quien siempre parrandeaba y vivía momentos muy felices-, le hizo sentir de veras que nunca estaba solo.
  Su nuevo compañero Iván Zuleta, de la dinastía más importante del folclor, hijo del gran Fabio Zuleta, andaba con Diomedes Díaz por todos lados, porque para éste había sido un sueño de toda la vida grabar con alguien de los Zuleta, y la oportunidad que se le estaba dando para hacer eso le hizo creer que las cosas buenas de la vida aunque pareciera increíble todavía estaban por llegar. El título del nuevo álbum musical Un canto celestial, afianzó la confianza que el público tenía con el novel acordeonero, porque su participación en el acetato revelaba un potencial que lo ponía al alto nivel por el que eran conocidos y respetados los Zuleta. La canción Volvamos fue un gran tema, que puso a El Cacique de La Junta una vez más de moda y en el pensamiento positivo de la gente. La elegía que le dedicó a Juancho Rois, cuyo nombre sirvió de título al nuevo álbum discográfico, demostró que esa pena sentimental Diomedes Díaz siempre la iba a llevar en el alma.
  Muchas gracias fue otro trabajo que le decía a la fanaticada lo muy agradecido que estaba con ella, durante toda su carrera artística, porque gracias al apoyo del público su talento de cantautor era tan grande y consolidado que demostraba que para pretender ser mejor que él tenía que ser entonces en la pintura, en la televisión, en el deporte, en la política o en la literatura, pero nunca en la música. Su muestra de cariño a la fanaticada que tanto lo había querido, por la ley de la atracción fue creciendo, teniendo en seguida un éxito de ventas, porque su popularidad crecía desmesuradamente en los medios de comunicación, contando su vida en repetidas ocasiones, volviéndose un verdadero objeto de culto al que si se le pedía con oración hacía milagros. Era la inspiración de muchos compositores que se volvieron los mejores maestros con la guitarra, sólo por la ilusión de que una de sus canciones quedara bien en la voz de Diomedes. Uno de ellos ya había sido Fabián Corrales, que ahora con Así me hizo Dios tuvo la satisfacción de darle otro éxito al más grande, el sobrenatural artista que cuando cantaba la canción de alguien la interpretaba con un buen sentimiento como si él mismo la hubiera compuesto. Este disco es uno de los preferidos de sus seguidores que indicaban con seguridad que era el Rey del Vallenato, y desde entonces sus canciones hacen parte de las más sonadas, incluso su carátula donde está de cara al público es una de las que más gustan porque refleja la gran altura a donde ya había llegado con su sonrisa. El cantante estaba feliz con el destino que le había tocado, cantando con toda la energía de la que era capaz, entregándose como siempre, superando etapas y unas épocas que parecían imposibles de superar, y siempre componiendo nuevos temas que confirmaban que era una máquina para fabricar la felicidad de la gente.
  Mi biografía fue otro trabajo musical que lo puso por encima de los demás cantantes, y confirmó que al lado de Iván Zuleta podía llegar a cualquier parte a donde los llevara la música que más gustaba en el país. Su modo de cantar, su picardía, las buenas canciones que regalaba como Sin saber que me espera, seguía aumentando la pasión que despertaba en la gente, y aun en los críticos más especializados que decían que así como había sido José Alfredo Jiménez en la ranchera, Daniel Santos en el bolero, Elvis Presley en el rock and roll, Héctor Lavoe en la salsa y Michael Jackson en el pop, era Diomedes Díaz en el vallenato, si bien en esos momentos su música no iba a eclipsar el mal momento que de ahora en adelante iba a comenzar a vivir. Fue como si por primera vez en su historia musical, un hecho personal dañara la imagen de un cantante del que algunos aseguraban que por tener tanta fama idólatra, era un falso profeta.
  La historia de Doris Adriana Niño, la hermosa joven que mantenía desde hacía rato un romance con el cantante Diomedes, sería conocida por toda Colombia gracias a una serie documental llamada Unidad investigativa. Se dice que en una fiesta de la noche del 15 de mayo de 1997 en un apartamento al norte de Bogotá en el edificio Plaza Navarra, donde estaban varias personas incluida una de sus mujeres de nombre Consuelo Martínez que estaba embarazada, la joven Doris Adriana bastante celosa discutiendo con el mismo Diomedes que forcejeó con ella para calmarla murió de pronto por asfixia mecánica, aunque algunos dicen que todo eso pasó cuando sus escoltas trataban de violarla. Se supo que después de ver que había muerto, los presentes nerviosos no supieron qué hacer con el cuerpo de la muchacha, y no se les ocurrió otra cosa sino mandarla a desaparecer con los escoltas para evitar que se dieran cuenta. Más tarde alguien que bajó de un vehículo botó su cuerpo a orillas de la carretera cerca de Tunja, hecho que fue visto por los mismos campesinos que estaban en esos alrededores y quienes de inmediato alertaron a las autoridades, y ya estando en el anfiteatro fue reclamado por unas prostitutas que engañaron al sacerdote diciendo que la conocían desde hacía rato para darle cristiana sepultura, después de hacérsele la necropsia y ser enterrada como una de ellas con el falso nombre de Sandra. Sin embargo, por la denuncia de su hermano que mostró su foto en el programa de televisión Historias secretas diciendo que estaba desaparecida desde hacía casi un mes, se determinó que tenían que ver con el mismo caso, y Medicina Legal exhumó sus restos hasta reconocer realmente quién era.
  Para Diomedes Díaz, ése fue el principio del fin. Aunque al comienzo no se preocupó tanto por eso, poco a poco Diomedes Díaz le tuvo que comenzar a ver la cara al asunto, que se volvió un escándalo nacional, ocultándose de la verdad, evitando aparecer ante los medios de comunicación del interior del país, que últimamente no querían ver cómo era que él cantaba sino cuán bien el polémico cantante se comportaba en la vida real. Cuando se disponía a hacer una presentación en la capital estando en el aeropuerto Eldorado lo capturó el Cuerpo Técnico de Investigaciones Especiales de la Fiscalía, al igual que a Luz Consuelo que estuvo unos meses en la cárcel El Buen Pastor, como también dos de sus escoltas y el propio portero del edificio, iniciando así un largo pleito donde más adelante lo defendería su abogado Evelio Daza Daza quien tuvo mucho protagonismo mediático, pero en el que tuvo que admitir que sí, que la señora Doris Adriana había estado en una fiesta donde él y otras personas estuvieron celebrando, pero que no tenía nada que ver con su muerte ni mucho menos con la adición que ésta sentía por las drogas. Fue encontrado culpable de todas maneras, estando unos cuantos meses preso junto a sus dos escoltas en la Escuela de Formación de Guardianes del Inpec en Funza, Cundinamarca, mientras cumplía parte del proceso.
  Fue un momento muy difícil para él, tan acostumbrado a estar moviéndose siempre por todas partes. El público no lo podía creer, menos cuando le tocó casa por cárcel en Valledupar, ahora a raíz del síndrome de Guillain-Barré, debilitando eso la carrera del artista más aclamado de Colombia, pero poco a poco sus seguidores aceptaron que las desgracias también acompañaban la vida de los grandes hombres, y que incluso a alguien como él se le podía perdonar todo lo malo que hiciera siempre y cuando cantara bien. En una silla de ruedas, iniciaba una nueva vida que daba casi lástima en todo el sentido de la palabra. Parecía  mentira que eso le estuviera pasando al mejor cantante del vallenato, que por culpa de su situación judicial ya no vendía tanto CD's como periódicos.
  Sin embargo, eso no fue impedimento para que en noviembre del año 1998 Sony Music adecuara un estudio de grabación en su casa de Valledupar para sacar el CD titulado Volver a vivir, en cuya carátula aparece sentado delante de un hermoso paisaje natural teniendo atrás a Iván Zuleta, trabajo que lo volvió a resucitar de cara ante el público, convirtiéndose en un fenómeno musical como pocas veces antes se había registrado en la historia del vallenato en su país, por las miles de copias que se compraron esa misma tarde. Canciones como Las verdades de mi vida, que todo el mundo cantó, establecieron nuevamente el reinado de un cantante que últimamente por sus problemas de salud era más lo que sonreía que lo que cantaba. Su talento seguía en un gran momento, cantando temas como La primera piedra, de Fabián Corrales, quien por aquel entonces era el compositor de moda y grabarle así fuera un tema aseguraba la buena expectativa de un disco. Fue un regreso a la grande, la canción Dos corazones fascinó a las mujeres, y se comenzó a escuchar a muchas personas rindiéndole idolatría que no se querían morir en una vida donde existía alguien grande como Diomedes. No era una exageración, ya que en el mundo era el hombre del que más hombres querían ser amigos. Su carisma, que tanto le ayudó desde la más temprana niñez, confirmaba que más que un cantante Diomedes Díaz era un buen hombre, y que su existencia era lo mejor que le había sucedido a La Guajira en toda la historia.
  En el año de 1999, sucederían buenas cosas en su vida. Una de ellas tuvo que ver con la expectativa del milagro que iba a ocurrir el 16 de julio, día de la Virgen del Carmen, porque por la intervención divina de ella se esperaba que se iba a levantar de la silla de ruedas. Cuando llegó el día tan anunciado, lo pudo hacer, en efecto, delante de su familia, los medios de comunicación y los aplausos de los espectadores, y volvió a caminar durante toda la vida. En vista de eso se sintió más fuerte, tuvo dentro de su casa una vida un poco más normal, y a finales de año encontró espacio para lanzar en diciembre un gran trabajo musical al mercado que se tituló Experiencias vividas, en compañía de Franco Argüelles, sellando así la unión con alguien que tenía todas las ganas de hacer por Diomedes lo que alguna vez había hecho con su acordeón el mismo Juancho Rois. Resultó siendo el segundo álbum más vendido de su carrera, en todas partes tuvo buena acogida, la canción Harán la historia, de Roberto Calderón, habló a lo grande de esa nueva unión para bien del folclor, celebrando como si pareciera una flor silvestre en el Olimpo de los dioses donde mandaba Zeus, aunque por primera vez en la vida, la gente no estuvo tan pendiente de dónde venían esas canciones que sonaban sino de la suerte del hombre con diente de diamante, que con su música vallenata había creado una religión, porque al seguir encerrado casi no se dejaba ver.
  Su sentencia final por el caso de Doris Adriana fue anunciada ante la nación, donde fue culpado de homicidio preterintencional, por lo que entonces sintió que todo se le caía encima cuando supo que le esperaban doce largos años de encierro. En la ciudad donde vivía, todos protestaron por lo que pensaban que era una injusticia contra el cantante más grande que había dado Colombia en toda su historia, y no faltó más de un fanático que expresaría públicamente que si se lo permitía la ley estaba dispuesto a pagar la condena por él. En su casa, rodeado por sus seres queridos, Diomedes tuvo tiempo para tomar aliento y meditar, pensando que el hecho de ser famoso era el precio que le estaban haciendo pagar desde el instante en que dejó morir a Doris Adriana. Se le veía en la cara, que no iba a soportar ese nuevo peso que le imponía un destino cada vez más desconcertante. El 11 de agosto de 2000 unos agentes de la Fiscalía se presentaron en su casa de Valledupar donde tenía detención domiciliaria para llevárselo a una cárcel, en vista de que gozaba de buena salud, y de que además ya hacía tiempo caminaba. Al principio al no encontrarlo se creyó que se había escabullido un rato a la calle, sin esperar que a su casa iba a llegar la justicia para supervisar su encierro, pero cuando pasaron las horas y no había noticias del Cacique, se confirmó lo que más o menos se intuía. Era que Diomedes Díaz prefería una vida de verdadero prófugo, que convertirse en el condenado que mejor cantaba en su país.
  Su leyenda se alimentó más con ese desagradable episodio, y muchas personas más que oír sus buenas canciones quisieron enterarse durante los dos siguientes años dónde estaba escondido Diomedes Díaz. De ser el cantante más famoso del vallenato en toda su historia, pasó a ser el menos visto por el público. Muchos colombianos creyeron que con eso demostraba que en realidad sí había tenido culpa en la muerte de Doris Adriana, y que ésta había sido otra de las tantas almas que por estar siempre cerca suyo le había entregado al Diablo. Se dice que con la protección de un grupo paramilitar comandado por David Henrique Hernández Rojas alias 39 -segundo al mando del Bloque Mártires del Cacique de Upar de las AUC después de Jorge 40-, que era amante declarado de sus canciones, Diomedes pudo estar tranquilo en la sierra a cambio de ser buen amigo de él. La verdad es que pocas veces estuvo tan tranquilo Diomedes Díaz como en aquella parte desde donde miraba en las mañanas el diamante brillante que coronaba la Sierra Nevada de Santa Marta, recuperando sus raíces, sintiendo que sólo era un campesino y que más que la música lo que lo hacía el hombre más feliz era estar en la soledad de la tierra, igual que en su niñez cuando aprendió a cantar escuchando a los pájaros. Se cuenta que estuvo en varias partes del monte, incluso en una finca de su amigo y manager Joaquín Guillén, pero aun así hizo una parranda legendaria en algún lugar desconocido, de la que quedó una grabación en la que se escucha natural su reconocible voz. Algunos pensaron que su carrera musical estaba llegando a su fin, y les tocó conformarse con la música que ya había lanzado anteriormente, que en ningún momento dejaban de escucharse, mientras a veces contaba con el respaldo económico de un nuevo personaje llamado Rafita Correa que le regalaba dólares, y que siempre quiso en vano antes de perder la vida que lo mencionara en una de sus canciones. Con tantos problemas, siendo un ser de fe, él pensaba que todo lo que un hombre vive en la vida es pasajero, que algún día la sentencia iba a bajar, y que muy pronto volvería a ser el mismo de siempre que cantaba con el amor especial que le inspiraba la mujer más bonita.
  Su entrega a las autoridades el 26 de septiembre 2002, a raíz de que el Tribunal Superior de Bogotá en un fallo de segunda instancia había anunciado una rebaja de su condena, terminó siendo un descaso para la gente que más quería a Diomedes Díaz. Fue un acontecimiento que cubrieron muchos medios de comunicación, tomado como algo bueno, aunque parecía mentira que entre tanta gente que lo respaldaba en esos momentos no hubiera ni un solo humano en Valledupar que lo pudiera acompañar por el mismo caso a cumplir la condena. Por suerte, adentro estaban contentos los presos, que eran varios y que por supuesto también eran sus seguidores desde hacía muchísimo tiempo. La celda que le tocó, fue testigo durante un tiempo de la soledad del Cacique, aquel poeta que estaba preso y lloraba a veces por eso. Muchas personas allegadas lo visitaron, estimulándolo, dándole ánimo, y se entregó con más pasión a la fe de Dios, escuchando de vez en cuando el respaldo de la gente que a veces se reunía en las afueras de la cárcel para que el más grande la música vallenata sintiera que siempre los tenía muy cerca, el mismo que terminaría pagando cien millones de pesos a la familia de la víctima por daños morales y treinta y cinco millones por daños materiales. Su historia pareció volverse más interesante, porque puso a prueba que por muchos errores que cometiera, nunca iba a dañar la buena calidad que ya estaba registrada en canciones como Sin medir distancias, Mis mejores días o Bonita.
  El CD que sacó en diciembre de ese mismo año al lado de "El Cocha" Molina con el título de Gracias a Dios, confirmó que aunque el hombre era débil como ser humano, el cantante en que se había convertido era indestructible. La canción Lo mismo de ayer, fue un suceso que pegó con una fuerza ciclónica desde el comienzo, donde juraba que nunca en la vida nadie volvería a reírse de sus penas, oyéndose en todas partes, realzando su personalidad como si en verdad la hubiera compuesto Diomedes, dándole a sus seguidores un motivo para seguir experimentando la felicidad de la vida, aunque él estuviera encerrado en ese momento. También le sacó un destacado homenaje a Consuelo Araujo Noguera, la ex Ministra de Cultura y conocida como La Cacica que fue su amiga, muerta un año antes en un enfrentamiento entre el ejército y las FARC que la tenían secuestrada. Todo el trabajo fue aplaudido, y al ser un gran éxito comercial demostró que en cualquier parte y época Diomedes Díaz podía darles una nueva sorpresa a los amantes del vallenato, con unas canciones que solamente en su voz y ayudado por la brisa podía hacer que se escucharan al otro lado del mundo.
  Mientras tanto, seguía en una reclusión que apenas empezaba. Algunos cantantes tuvieron la oportunidad de entrar para darle ánimo, y él los recibió con agrado, pudiendo mirar a Poncho Zuleta con más felicidad que cuando siendo un muchacho, lo veía cantar con todo su pulmón de oro en la tarima. Grandes nuevos cantantes como Jean Carlos Centeno, también lo visitaron y le brindaron su sincera amistad para siempre. Muchas personas pudieron verlo en el encierro, por lo que decían que parecía estar tranquilo, pidiéndole a la Virgen del Carmen, siendo bendecido por su madre Elvira Maestre y su padre Rafael María Díaz, sus hermanos como Elver Díaz que también lo iban a ver, su mujer e hijos entre los que nunca faltaba Rafael Santos, a la vez que estaba al lado de algunos internos que se alegraban con sentimiento contradictorio de que Diomedes Díaz estuviera preso, porque así era la única manera en que podían ser amigos cercanos de él. Pagaba con mucha humildad su condena, y en ningún momento dejó de sentir el respaldo de sus seguidores, y de muchos hombres jóvenes que en las calles de Valledupar decían en público que en caso de que les tocara matar a alguien o cometer cualquier grave delito, no les daba miedo porque si los metían presos, allá en la cárcel podían acompañar de paso a Diomedes.
  La cárcel de Valledupar tenía fama de ser segura, donde había bastantes personas encerradas. Aunque, claro está, a Diomedes Díaz nunca se le pasó por la mente escapar, y mucho menos a ciertos internos que pudiendo salir antes por la vía legal querían seguir con él hasta el final de su condena. En verdad se hizo amigo de muchos presos, y él mismo también valoró en el fondo pasar por esa experiencia de vida porque eso le había permitido meditar más sobre la existencia, y conocer cierta gente buena que jamás hubiera conocido de no haber estar privado de la libertad, que al igual que el resto de sus seguidores lo alababan y amaban con el alma, sin detenerse a pensar y saber que como su nombre venía de Zeus procedente del indoeuropeo deiw que quiere decir blanco, raíz de la que sale deiwos que derivado en latín es Deus, del que se traduce Dios en español, cuando le decían Diomedes en realidad le estaban diciendo Dios. Sentía que a veces esas pruebas son importantes en un hombre, y aceptó su destino como cualquier recluso, aunque a diferencia de unos, que a veces no los esperaba nadie el día de sus salidas, a él lo esperaban casi todo los días las personas que pasaban y se paraban con curiosidad en las puertas de la cárcel, de la que quería salir pronto, asegurando años después que había gastado en verdad casi tres mil millones de pesos entre abogado y gestión ante el estamento judicial para defender su caso. Los meses iban pasando, el primer año al fin se estaba cumpliendo, y su porvenir como cantante sentía que decaía aunque pudiera grabar todos los discos que quisiera, mientras se enteraba del surgimiento con viento ciclónico de nuevo cantantes como Peter Manjarrés que andaba triunfando junto a Franco Argüelles con el álbum Estilo y Talento donde estaban los temas Coge el mínimo, Salió pirata y La dueña de mi vida que era suave y llena de extraordinaria melodía, y Silvestre Dangond al lado de Juancho de la Espriella con el CD Lo mejor para los dos donde había canciones como Mi amor por ella de la autoría de Omar Geles, y La pinta chévere que era bastante pegajosa.
  El nuevo acordeonero que lo acompañaría como invitado precisamente fue Juancho de la Espriella, nacido en Sincelejo, alguien muy ágil en la digitación del acordeón, que le imprimió la juventud a Diomedes que desde hacía años éste no sentía, sacando el CD Pidiendo vía en octubre de 2003. En la carátula se ve a Diomedes Díaz feliz con los brazos abiertos en forma de presentación, detrás de Juancho de la Espriella que está sentado y sonriendo con su acordeón, y se sentía tan natural en la música grabada que hasta a la gente más cercana a él le costaba creer que estuviera preso. Fue este el último trabajo musical que grabó desde la cárcel, que él hacía como muestra de buen comportamiento para que le rebajaran su condena de 37 meses a dos años, que le sirvió para tener más confianza en sí mismo, y para ir preparando su retorno ya no tanto con más CD's, sino con su cuerpo humano en los conciertos.
  Por otra parte, el panorama de la música vallenata comenzaba a cambiar para siempre, desde que Silvestre Dangond había cantado en vivo en una tarima de Maziruma, cerca de la población de Dibulla, el inesperado single de La colegiala, una primera estrofa de la buena canción que lo daría a conocer en muchos lados por el éxito en la radio y los CD's piratas que colocaban en todas partes la gente más joven. Mientras tanto, su hijo Rafael Santos al lado de Iván Zuleta había sacado el mejor álbum de su historia titulado Te regalo todo, donde estaban las canciones Es imposible, La pelúa y No es tan fácil que fue un triunfo musical, y el tema de su autoría Te regalo todo con lo que demostró la buena casta que representaba y pareció hasta alcanzar el cielo, mientras Luifer Cuello y Manuel Julián con La nueva ola emergió del anonimato para conquistar a la gente con canciones como el Pim Pom Pam y No aguanta del talentoso compositor Kaleth Morales que gustó por su letra romántica y melodía, pero era Silvestre Dangond al lado de Juancho de la Espriella con la grabación en junio de 2004 del CD Más unidos que siempre, donde aparecía la versión final de La colegiala que en verdad le dio la fama nacional, junto a temas como A blanco y negro que gustó bastante y La mentira, quien se había convertido hasta el momento en el máximo exponente de la nueva ola.
  El 12 noviembre de ese mismo 2004, por fin llegó el tan esperado momento de su salida, a las 6:45 pm de la tarde. Ante las cámaras de televisión se pudo ver a un Diomedes Díaz con gafas que aparecía feliz ante los periodistas y sus seguidores, los cuales parecían rodear toda la salida de la cárcel. «Gracias a Dios, a la Virgen del Carmen, a la justicia colombiana y a mis seguidores, estoy libre», dijo emocionado. Fue la noticia de la noche en todos los medios de comunicación, y el juglar no sabía cómo actuar de tanta felicidad por regresar a la vida de los demás que lo querían. Aunque algunos en el país lamentaron eso, otros en cambio lo celebraron con entusiasmo como si el mismo vallenato hubiera salido a la libertad. El cantante vallenato más famoso de todos los tiempos estaba regresando por la puerta estrecha pero abierta para él, y en Valledupar la explosión de júbilo le recordó a toda la humanidad que cuando se lo proponía ese lugar con su celebración y fiesta podía ser el único pueblo que podía mantenerse bien despierto mientras el resto del mundo entero dormía. Miles de personas en una tumultuosa caravana que los críticos consideraron pagana, lo acompañaron contentas por la calle, le desearon lo mejor, le pidieron que grabara rápido de nuevo, y cuando llegó a su casa se encontró con que ésta era más grande de lo que recordaba, que todo estaba bien arreglado, que el ambiente de la sala olía muy bien, que la vida en familia era más feliz con él, y que su esposa Betsy Liliana estaba más bella.
  Al año siguiente, otra vez al lado de Franco Arguelles que de verdad quería hacer historia musical con su sorprendente acordeón al lado de Diomedes Díaz, el titán del vallenato, sacó el CD De nuevo con mi gente que dio a entender que lo más quería este cantante de ahora en adelante era estar con la gente que le tenía idolatría. Se volvió a presentar en muchas partes, en varios medios de comunicación del país, como en el programa de RCN Yo José Gabriel, dando a conocer una nueva imagen de hombre bueno, y volvió a recibir el cariño del público que parecía quererlo más a él que a sus mismas canciones. En Bucaramanga, cantó a dúo la canción La reina con el joven Kaleth Morales, que era el nuevo cantante que estaba de moda. Su ilusión estaba en seguir haciendo magnas cosas en la vida que merecieran la atención de la prensa, que lo acreditaran más, que mostraran el mejor lado de su personalidad humana, y cuando estaba en una gran tarima desplegando su poder de atracción, al contrario de los otros cantantes que animaban el buen baile, casi nadie bailaba con sus pareja por estar mirándolo única y exclusivamente cantar a él. De modo que era como si por primera vez en la vida, hubiera descubierto que el espíritu de cantante era lo que siempre le había hecho un hombre libre.
  Por otra parte, el surgimiento del nuevo aire vallenato parecía liderado en esos momento por Kaleth Morales, con la canción Vivo en el limbo que fue un éxito rotundo que hizo soñar a la nueva juventud colombiana, haciendo las cosas rápido en tan poco tiempo que algunos comenzaron a decir estando vivo que había aparecido el mejor cantante, buen compositor y radiante personaje de show de su generación. Su trabajo musical La hora de la verdad lo metió fuertemente en el alma de todos los amantes de la nueva música, rompiendo récords de audiencia en la radio, llegando a distintas emisoras del país como La Mega donde el vallenato jamás había sonado. Sin embargo, su fatal accidente en la carretera de Plato cuando iba en una camioneta con su hermano rumbo a Valledupar, y prematura muerte a la mañana siguiente un 24 de agosto del 2005 en un hospital Cartagena de Indias donde había vivido mientras estudiaba medicina en la Universidad del Sinú, dejó de luto al folclor entero de verdad, y sólo se alcanzó a llevar el consuelo de tener miles de seguidores como poco veces antes se había visto en alguien que apenas con veintiún años había comenzaba fulminantemente su meteórica carrera musical. Su entierro en Valledupar fue muy multitudinario, produciendo que los cantantes más famosos en la historia del vallenato como Poncho Zuleta asistieran a la Plaza Alfonso López, frente a la tarima Francisco el Hombre donde fue velado, con su padre Miguel Morales embargado por el dolor y llorando todo el tiempo, al mismo momento en que alguien llegó a decir a un medio periodístico que iba a ser superior a Diomedes. Para muchos expertos como Jorge Oñate, fue considerado indiscutiblemente el Rey de la Nueva Ola, aquel artista que había revolucionado con un sonido más moderno el vallenato del momento, y que al paso vertiginoso en que iba hubiera podido llegar más lejos incluso que todos los cantantes de ayer.
  Diomedes Díaz, por su parte, se volvería a unir más adelante con Iván Zuleta, y en febrero de 2007 sacó un nuevo CD titulado La voz. La canción Perita en dulce se apoderó en seguida de los oyentes, haciéndola sonar en todas partes como era costumbre en él, afianzando una vez más su carrera musical que no tenía prisa ni ganas de competir con nadie, porque si alguien pretendía ser mejor que él era precisamente por verlo siempre adelante. El jean fue un tema que divirtió a los bailadores, y le devolvió el aire jocoso de los viejos tiempos, en los mismos días en que el LP A paso firme! del cantautor Felipe Peláez al lado de Luis Guillermo Zabaleta estaba teniendo muy buena aceptación, en especial la canción Lo tienes todo que se escuchó realmente bastante. En verdad, el más grande estaba de nuevo en la escena, con confianza, con mucha fuerza, esperando seguir teniendo el respaldo de un público que lo amaba más a él que al mismo vallenato, que le seguía comprando cientos de miles de copias originales a pesar de la piratería, y que estaba completamente seguro de que mientras estuviera acompañado del animador Jaime Pérez Parodi en las presentaciones nocturnas aquella música en vivo también sería la mejor, y que los mejores acordeoneros de la región no se prepararían desde su más temprana niñez con fuerza, disciplina y tenacidad para ocupar el puesto número uno en los festivales vallenatos, sino con la esperanza de estar alguna vez en un estudio de grabación con Diomedes.
  Una operación que tuvo a corazón abierto ese año en Bogotá, llevó a pensar a sus seguidores que la muerte de verdad podía arrebatarles aquel ídolo que cuando no estaba cantando y estaba en una sala de cirugía, podía ser tan mortal o más débil que el resto de los seres humanos. Por suerte la operación fue un éxito, y le dejó a Diomedes Díaz un mejor corazón para ser un hombre más bueno con sus semejantes. En cambio, en Valledupar, el viejo Rafael María moría de un fuerte infarto que lo tomó por sorpresa, como si ese intercambio a la muerte hubiera sido el mejor gesto de un padre hacia el hijo que más quería para que siguiera viviendo por otros años más.
  En el año siguiente, la falta de lealtad de Iván Zuleta al abandonar a Diomedes por unirse a Iván Villazón, dejó en claro cuánto había recaído el prestigio de este cantante con el que antaño todos los mejores acordeoneros querían andar para asegurarse el respeto musical de por vida. De inmediato Diomedes Díaz, el hombre más grande de la historia, buscó la compañía de Álvaro López, Rey Vallenato y antiguo compañero igual que su padre Miguel López del cantante Jorge Oñate El Jilguero de América, sacándose así la espina mortal que le había dejado Iván Zuleta por ser el único acordeonero que lo había dejado solo sin previo aviso, así como había hecho siempre él con los demás acordeoneros que estuvieron consigo. El dolor debió ser muy fuerte, porque desde ese momento comenzó un mano a mano en las presentaciones, piqueria de la más alta dosis, donde ambos se enfrentaron faltándose el respeto, sacándose los trapos sucios, e incluso Iván Zuleta como el mejor verseador del mundo, puso a temblar el ego que Diomedes Díaz tenía como cantante. Éste supo responderle, con versos buenos, propios de él, pero las ofensas llegaron a tal extremo que ya parecían enemigos de por vida, lejos del mismo escenario, haciendo que las personas y hasta los medios de comunicación del país, hicieran eco de un enfrentamiento épico que en la larga historia del vallenato siempre ha tenido como protagonista principal a uno de los Zuleta. Finalmente las cosas poco a poco se fueron apagando, pero dejaron un sentimiento de traición que muchos seguidores de Diomedes nunca le perdonaron a Iván Zuleta.
  Junto a Álvaro López, Diomedes Díaz sacó el CD Listo pa' la foto, que nuevamente lo introdujo en lo bueno del vallenato, donde está Con calma y paciencia y el tema Señor maestro, homenaje de despedida que le hizo a Rafael Escalona que había muerto el 13 de mayo de ese mismo año, el mejor compositor de la música vallenata. La canción que da título al disco fue una de las que más gustaron, y una noche 31 de octubre de 2009 en Night Club en Riohacha, tuve la oportunidad de conocer en persona a Diomedes quien salió corriendo de un carro con una camisa verde oliendo a María Farina para abrirse paso rápido entre la gente que lo esperaba y no lo dejaban seguir, porque lo tocaban mucho y obstaculizaban de verdad, casi maltratándolo cuando buscaba entrar a la caseta, logrando estar un rato detrás del hombre de cabello negro y liso que desde mi más temprana niñez vi como el más importante del mundo, quien nunca se enteró que a sus espaldas estuvo el más grande escritor de la historia. Mientras más tarde lo miraba de frente, cantando en la tarima ahora con una camisa amarilla que era su color preferido junto al resto de su agrupación la canción Listo pa' la foto y otras más como La enganchá, en compañía de mi gran amigo Darwin Castañeda y tomándome unos tragos de Old Parr, yo mismo reveladoramente sabía que sólo escuchando su buena música podía ser en realidad el Rey de la Literatura Universal. Fue una gran experiencia, porque para mí después de no conocer a Cantinflas, pero sí a García Márquez en Cartagena y esa noche a Diomedes, sentía que había tenido la experiencia indispensable que me daba la confianza y la determinación de ser alguien de trascendencia en la literatura, porque como de ese cantante lo había aprendido lo que un hombre quiere llegar a ser primero tiene que ser producto de la imaginación.
  Los años siguientes, se vio a un hombre disciplinado que trataba de darle lo mejor a sus seguidores. Diomedes Díaz cantaba, era bien visto por su música maestra, llenaba casetas y vivía lo bueno que todavía le seguía reservando el vallenato. Entonces, cuando ya no lo esperaba en verdad, en noviembre de 2010 por su último trabajo discográfico el dios de la música ganaba un premio Grammy Latino, en la categoría de Cumbia-Vallenato.
  Por otro lado, Diomedes Díaz cumplía el otro sueño de su vida. Aprovechó una ocasión en que estuvo de paso en París, donde visitó la torre Eiffel, para regalarle un valioso anillo de diamante y pedirle matrimonio a la bella mujer que últimamente era la única que lo acompañaba en todas partes, su compañera del alma Luz Consuelo Martínez, a quien besaba lleno de pasión con la boca cerrada, imitando el modo en que siempre lo hacía su maestro Cantinflas. Fue el último gran amor de su vida.
  Dos años después, cuando Martín Elías junto a Rolando Ochoa habían sacado El terremoto musical, dónde están las canciones Ábrete, Mi amor ideal y El complemento de mi vida que se repitió bastante, buen trabajo que hizo historia pero dio fin a la gran unión, nuevamente Diomedes Díaz al lado de Álvaro López, su amigable compañero de armas, sacó en diciembre el CD Con mucho gusto caray en homenaje al cantante y compositor mexicano Juan Gabriel, otro monstruo de la canción en Hispanoamérica. Muchas canciones gustaron, pero especialmente El pajuate se robó el corazón de los hombres, algunos asegurando que era tan mecedora de atención como sus más viejas canciones, y destacándose Con mucho gusto un tema sabroso de la autoría de Omar Geles, en los mismos días en que muchos decían que Silvestre Dangond ahora al lado de Rolando Ochoa, por su fama grande, espíritu polémico y al ser el cantante vallenato que más millones cobraba en las presentaciones, era en serio el nuevo Diomedes Díaz. La canción Amor bogotano también gustó de sobremanera, dedicado especialmente a su blanca y hermosa mujer Consuelo Martínez, y lo subió nuevamente en el puesto de grandeza donde había estado siempre como buen compositor.
   En su vida personal, todos sabían que poco a poco Diomedes Díaz tenía serios problemas de salud. Para remate, a finales de octubre de 2012 tuvo un accidente de tránsito en una carretera del Cesar cuando por el corregimiento de Badillo se dirigía a su finca Las Nubes, grave tragedia que casi le cuesta la vida, porque su chofer esquivando a un animal perdió el control del carro que se le explotó una llanta y dio varios votes. Se salvó de milagro de morir, al momento en que el mismo conductor Luis Carlos Hinojosa soltó el manubrio y lo abrazó por instinto para protegerlo por encima de su vida, y luego que la camioneta Toyota Prado azul terminó irreparablemente pangada, el cantante fue rescatado quejándose del terrible dolor y recluido en un centro clínico de Valledupar. En la clínica de Bogotá, donde al final fue llevado para su pronta recuperación, recibió el apoyo de todos sus seguidores.
  Mientras tanto, la gente se preguntaba si Diomedes Díaz tenía fuerza para grabar de nuevo, algunos creyendo que ya eso no le importaba desde que estaba viendo como padre satisfecho el buen momento de Martín Elías al lado de Juancho de la Espriella, con el CD El boom del momento. Siempre se decía lo mismo de él, y siempre les respondía a los más escépticos con nuevas inspiraciones.
  Era cierto que como fuera complacía a su público, sin importar las circunstancias. Estuvo trabajando con gran ánimo en su nuevo disco, que sería un nuevo regalo para todas esas personas que a lo largo de su carrera musical siempre habían creído ciegamente en él. Según dijo, prometía que era algo bueno que les iba a gustar, mientras en el fondo parecía a gusto con el triunfo que estaba teniendo el cantante Jorge Iván "El Churo" Díaz desde que grabó con Lucas Dangond el trabajo musical llamado Pura adrenalina, donde estaba la canción No sé tú que estaba pegando en todas partes.
  La vida del artista, marcó su último álbum musical, y Álvaro López fue el único acordeonero que se puede decir que cumplió la gran promesa de estar junto a él hasta la muerte. Su lanzamiento lo hizo la casa Sony Music en diciembre de 2013, para gusto de la gente que últimamente esperaba estas cosas del que ya sabían que era Dios, en la temporada navideña. La canción Ay, la vida, de Marciano Martínez, desde el principio estuvo sonando en todas partes, y haciendo que el buen panorama que la gente tenía de la Navidad aumentara con más fuerza y alegría como la brisa fresca de esos días. Con entusiasmo, sin imaginar nadie que ese regalo de amor a la vida que Diomedes Díaz le daba al público, terminaría por producir más tristeza ahora que estaba cerca su inesperada partida.
  El viernes por la noche en Barranquilla, en la discoteca Trucupey, muchas personas entraron muy contentas sin tener la más mínima sospecha de estar asistiendo a una presentación que se volvería muy recordada por el resto de la vida. Diomedes Díaz junto a su agrupación aparecieron a tiempo, cantando de inmediato las canciones que tanto contentaban a la gente, pero en verdad desde el principio haciendo un esfuerzo para seguir en esos momentos de pie en el escenario. Mientras cantaba con su camisa pinta de tigre se quejaba, arrugaba la cara, con gestos claros de incomodidad como ya era típico verlo, y las personas que estaban más cerca se dieron cuenta de eso. Con el cabello casi largo como una mujer y excusándose ante el público, se sentó en una silla que alguien le pasó para continuar con sus canciones, produciendo que más de uno presintiera que el gran cantante de otro tiempo ya ni siquiera pudiera con su propia música. «Nunca lo habíamos visto así», diría uno de sus seguidores. Sin embargo, corearon sus canciones, con alegría, con festejo, con fidelidad, haciéndole sentir que alguien como él podía cantarles como fuera, estando de pie, sentado o acostado, e inclusive muriéndose. Cuando al final acabó la fiesta, muchas personas se volvieron a mirarlo por última vez, no porque por la premonición de que algo malo le podía suceder, sino porque ya era normal que a un acabado Diomedes en persona siempre lo reparaban más de la cuenta para asegurarse un profundo recuerdo por si acaso verlo fuera la última vez.
  El domingo 22 de diciembre, en su casa del barrio Los Ángeles en Valledupar, estaba por culpa de tanto festejo descansando. Su esposa Luz Consuelo Martínez estaba con él, y era tan bella, todavía joven y buena compañera, y había querido tanto al hombre que ahora era su marido que sabía que ninguna mujer podía arrebatárselo, pero nunca pensó que sí lo podía hacer la muerte que hacía tiempo lo acechaba. Mientras salía a hacer una diligencia a la calle, lo dejó tranquila como siempre, y cuando estuvo de regreso al darse cuenta de que él no había despertado no se inquietó naturalmente, y lo siguieron dejando horas y más horas en su cuarto, como era normal que sucediera, respetándole el dormir, porque desde su más temprana juventud Diomedes Díaz había sido una persona muy trasnochadora y cuando estaba durmiendo nadie lo interrumpía, porque si eso sucedía se molestaba. En la cama el sueño lo había tumbado por un largo rato, pero cuando le sobrevino el paro cardiorrespiratorio que acabó con su vida, Diomedes debió sentir que el aire se le iba para siempre, que la vida había sido fugaz porque se le estaba yendo cuando ni siquiera era tan consciente de ella, y se hundió en un vacío muy oscuro donde la misma imaginación faltaba para comprender lo que estaba sucediendo. A las cinco de la tarde, a raíz de que no despertaba y ya tenía que almorzar, le tocaron entonces la puerta, pero como no abrió le tocaron de nuevo una y otra vez, y bastante preocupada porque no respondiera al llamado, su esposa Consuelo Martínez se comunicó con Álvaro Daza que era conductor del artista, quien al presentarse de inmediato hizo lo todo que pudo para que su amigo contestara pero resultó también en vano, hasta que alarmados buscaron a un sobrino que saltó por la ventana del otro lado del cuarto para salir de la duda, y todos entraron y tuvieron acceso al ámbito raro observando con sorpresa a un Diomedes Díaz en estado frío que posiblemente hacía horas ya estaba muerto.
  En medio de los gritos alarmantes de su mujer y la desesperación humana, fue cargado por varios personas, metido de prisa en un carro y llevado rápido a la Clínica del César donde fue rápidamente atendido, pero el médico que lo vio supo en seguida que a pesar de que se hiciera todo lo que se hizo en urgencia para reanimarlo, ya no había nadie a quién salvar. Al saber la verdad, el llanto amargo de Consuelo Martínez que casi se cae al suelo del hondo dolor, de su amigo y representante José Zequeda y demás personas que estaban presentes y se abrazaban en medio de sus lágrimas, desgarró y paralizó a todo el centro médico, y aun algunos enfermos que por nada se querían morir, tuvieron en ese momento un sentimiento de desamor hacia la vida ahora que Diomedes había fallecido. Inmediatamente, sus familiares poco a poco se fueron enterando, y luego las personas comunes que lo querían tanto en este universo que él había hecho más grande con sus canciones. En las afueras de la clínica comenzaron a agruparse los primeros curiosos, porque la noticia de su muerte corrió como una voz de ángel exterminador por todo Valledupar, haciendo que lo más increíble del mundo terminara por creerse. Los medios de comunicación comenzaron a llegar para transmitir la señal en vivo y en directo, los más fuertes fanáticos, las personas que querían que algo o alguien les dijera que todo era mentira, pero bastaba ver el gentilicio acumulado y a muchos encima de sus motos paradas y otras que siempre estaban llegando, para confirmar que el hombre más querido del género humano estaba muerto de verdad. El llanto que se vio en los seres allí presentes, fue lamentable, desmoralizador, y cada quien lo lloraba a su manera, según su personalidad y su propio recuerdo, produciendo que en poco rato gemir a aguas sueltas la partida del artista era la única manera de soportar el demoledor dolor que producía aquella tragedia oscura en el pecho.
  -Murió Diomedes –era la frase que escuchaba todo el que iba llegando.
  En todas partes, en todas las ciudades, en toda Colombia y nivel internacional, la muerte de Diomedes Díaz tuvo que ser repetida muchas veces en los medios de comunicación, para que la gran audiencia se fuera acostumbrando a que era algo cierto. Su mención en los noticieros, donde se confirmaba que en efecto se había ido, hizo llorar a aquéllos que sólo entonces comprendieron cuánto lo querían, como si fuera un tío o un padre. «Murió el cantante Diomedes Díaz», decían los principales presentadores de noticias. No hubo un solo lugar donde no se sintió ese dolor, y el único que no parecía darse cuenta de eso era el mismo muerto, que aparecía por la televisión sonriente y carismático en las imágenes del recuerdo cantando con juventud sus mejores canciones. En la radio, donde sólo se escuchaban sus canciones, en las calles y en todos los pueblos, y en los periódicos que se vendieron hasta agotar los ejemplares al día siguiente, la noticia de su defunción que me dolió en el corazón hasta ahogarme en las caudalosas lágrimas, cada vez más se esparcía como el viento apocalíptico que barría con la rutina y la paz deseada, recibió mensajes de condolencia por parte del presidente Juan Manuel Santos y hasta de la superestrella mundial del pop, la barranquillera Shakira, y con su muerte se reveló la verdadera dimensión de un cantante conocido también como el Monstruo del Vallenato que grabó treinta y tres discos, vendió más de dieciocho millones de copias, obteniendo a lo largo de su carrera musical 22 disco de oro, 23 de platino, 13 doble platino y 3 quíntuple platino, lo que le dio una fama universal para emoción profunda de una fanaticada entre la que se encontraba en Bogotá mi primo hermano Carlos Brito Vega, quien adolorido por la tristeza se negaba a aceptar de mala gana que el único que se tenía que morir entre los grandes, increíble y lamentablemente, tenía que ser el mejor. En ese momento comenzó su mitología, su divinidad, su caridad celestial, ojalá DIOSmedes algo le dijeron los pobres, unos recibieron cuantiosos premios en la radio por saber datos de sus canciones, la fecha de su muerte serviría para ganarse días después la lotería, ponerle velas a su foto donde aparecía joven y bien parecido como un dios griego sería suficiente para cumplir un deseo, escuchar su música bastaría para que alguien borracho llorando en medio de la apartada oscuridad mientras orinaba entonces lo viera y dejara de sentirse culpable por no haberlo conocido nunca vivo, una mujer le puso a su hijo recién nacido Diomedes para que al menos siguiera viviendo a través de su nombre, mientras de noche en el cielo se miraba la constelación de Orión, la Osa Mayor y el resto de infinitas estrellas como la Estrella Polar, ya hay una más, decían con seguridad los seguidores, pero como el dolor seguía en La Junta un tipo aseguró que por Diomedes Díaz habían derramado más lágrimas que por todos los muertos de ese pueblo, tragedia que ponía a llorar a los más declarados admiradores que pensaban que también había muerto el vallenato, a la vez que en otro lugar desolado alguien dijo que si Diomedes estaba muerto entonces por desgracia ya no quedaba ni una sola persona importante entre los vivos. En la larga historia de La Guajira, el Magdalena y el Cesar, pocas muertes dolieron más que la de Diomedes Díaz, aunque sus contrarios aseguraban que al final el Diablo se lo había llevado porque la vida ya era lo único con que podía pagarle.
  Su velorio en la plaza Alfonso López de Valledupar, en la tarima Francisco el Hombre, fue un acontecimiento de nunca olvidar, mientras su madre Elvira Maestre delicada de salud y resignada en su casa con dolor ilimitado, ya estaba al tanto un poco tarde de la muerte de su más querido hijo. Asistieron muchas personas, miembros de la iglesia católica episcopal, incluidos políticos y la gran prensa nacional e internacional. Las máximas figuras del vallenato no sólo estuvieron presentes para darle su último adiós, sino que a cada quien entre los más conocidos, empezando por su hijo Rafael Santos que cantó Mi muchacho, se le permitió interpretar una canción con la que recordaban mejor a Diomedes. Los asistentes estaban allí, llorando, viendo a ciertos personajes como Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Iván Villazón, Peter Manjarrés y el desahuciado Martín Elías, que en medio de la tristeza daban para cantar como profesionales que eran, pero sin poder nadie creer que el que mejor lo hiciera siempre estaba ahora en un ataúd de cristal, en cámara ardiente, inconsciente de todo lo que pasaba a su alrededor, con los ojos cerrados y callado. Fue un suceso que erizó los vellos, como cuando terminó de cantar Silvestre Dangond para darle la despedida a lo grande al único ídolo, que fortaleció más el amor que el pueblo sentía por la familia Díaz, haciendo de aquella tarde un momento que no debió pasar en la historia pero que ya era parte de la historia, y con muchas lágrimas se fueron resignando a la triste realidad, mirando con insistencia el cielo azul con sus inmensas nubes blancas que era el único lugar donde más parecía estar el alma de aquel cantante inmortal.
  Su entierro multitudinario fue tan concentrado, que la gente que estaba en otra parte y veía todo por televisión, se preguntaba cómo podían caber tantos seres humanos que vinieron de otras ciudades y de muchos diversos pueblos, en un lugar tan pequeño como Valledupar. Un carro de bomberos transportaba el ataúd, al lado de sus hijos que le agradecían al público el último acompañamiento que le estaban haciendo a Diomedes, y la fuerza de seguridad se vio en verdad amenazada por tantos humanos desesperados. Es que había bastante gente que no quería perderse ni un minuto de aquel episodio trascendental, que a pesar de que sólo la red de televisión Cablenoticias transmitía en vivo y en directo le estaba dando la vuelta al mundo. En verdad, jamás en la historia de la ciudad ni del mismo país, un entierro concentró a tantas personas que eran más de treinta mil, y ése fue el mejor termómetro para comprender hasta qué punto las canciones de Diomedes Díaz influían en la raza humana. Tomaron muchas calles, siguieron la masiva marcha al ritmo de sus canciones, y el espíritu de Diomedes Díaz en el ambiente se sentía más que el mismo calor. Fue un camino largo, complicado a pesar del esfuerzo para que todo resultara bien, pero nada de eso importaba porque a fin de cuentas sus seguidores sentían en el fondo del alma que vivo o muerto, aún tenían la oportunidad de ir al lado de Diomedes. Por la carretera que llevaba al cementerio Jardines del Ecce Homo, la multitud había crecido más, y más, y entonces más comenzaron a llorar cuando despertaron y cayeron en cuenta de que el cuerpo de Diomedes Díaz no estaba de paseo, sino de que lamentablemente iba a ser transportado a descansar junto a los otros muertos. La historia debió registrar ese momento inolvidable, porque al que llevaban a enterrar fue alguien que estando en vida fue un verdadero ídolo para miles de almas que hacía años, poco a poco, se habían ido muriendo antes que él.
  A la hora de estar en el cementerio se presentaron serios problemas. Muchas personas burlaron el control de seguridad, irrespetaron a las autoridades, hubo lamentables enfrentamientos, llenos de violencia, donde resultaron algunos heridos con sangre, pero aun así corrieron y entraron como hormigas dispersas al cementerio. Mientras tanto, al contrario que la mayoría de la gente que estaba en Jardines del Ecce Homo, en torno a la tumba indicada donde el ataúd iba a ser bajado a la fosa, se reunieron los amigos y seres queridos más allegados del cantante. Fue el momento más dramático de ese 25 de diciembre día del nacimiento de Jesús, porque todos querían tocarlo, quererlo y darle el último beso, principalmente como Consuelo Martínez, su buena mujer que lo acompañó siempre. Ésta tenía todo derecho con el que era su marido, y cuando levantaron el cristal así lo hizo besándolo en los labios como prueba de su amor hasta la muerte, aunque después fue echada a un lado por Patricia Acosta, la primera esposa del difunto, madre de Rafael Santos, Diomedes de Jesús, Luis Ángel y el Gran Martín Elías, que tocó su cabeza y también le dio un beso en la frente, con ternura y cariño, para darle la gran despedida que nadie entonces entendía, mientras el resto de su familia y demás personas que estaban a un lado y asomadas por todos los costados, lloraba herida y desgarrada al estar viendo por última vez el rostro con ojos cerrados del ser humano más querido que se recuerda jamás. Fue como si todas las personas que estaban allí, hubieran preferido que el mundo en esos momentos se hubiera acabado, que quedarse en una vida incierta que seguía sin Diomedes.
  Desde que comenzó su carrera supo salir adelante gracias al desbordado talento, logrando lo que muchos querían y que sólo él consiguió, haciendo que su música se escuchara a cada momento. En cualquier parte, en una fiesta, en medio de una parranda, en esta amarga existencia terrenal, la gente si quiere podrá poner sus canciones y repetirlas hasta la eternidad, pero ya saben que si lo quieran ver en persona entonces será más fácil llorarlo. Sus canciones lo hacen perdurable, confirmando que es una deidad, que no ha muerto para su verdadera fanaticada, para sus amigos como Gustavo Gutiérrez Maestre que aún lo lloran con nostalgia, para sus hijos que son veintiocho, para su última mujer Luz Consuelo Martínez que cuando acabó el entierro tuvo que regresar a esa casa donde él, sonriente a sus cincuenta y seis años, ya no la estaba esperando. El consuelo que le doy a Consuelo Martínez, es que aparte de creer en el poder de Dios soy un estudioso de ciertas materias de la naturaleza, una de ellas la física cuántica, la cual nos habla de que hay Universos paralelos, que la realidad no es la que parece, y que a lo mejor en otra dimensión Diomedes está vivo y el que se murió fui yo, que no le escribí nada y que más bien él hizo una canción para el dios de la literatura, y que todavía hay otra y muchas más oportunidades de escuchar de su voz no sólo un buen verso sino una palabra de aliento donde dice que te ama a ti y a tus hijos, y a todos sus hijos, que en la ocasión en que no se los dijo o en el último instante de su vida eso era lo que pensaba. Diomedes Díaz El Cacique de La Junta fue consciente, como más de una vez fue consciente de todo lo que lo amenazaba, de que una complicación segaba su vida, y quizás hasta quiso gritar para que lo salvaran. Pero como el ser humano es ganador, Diomedes enfrentó el oscuro momento con valentía, aceptando que la muerte está con uno desde el nacimiento, que es la última realidad de la vida, en el comienzo de su viaje al más allá, donde lo espera un cosmos mejor en el que ya habrá descubierto que cantará con más fuerza que antes y vivirá por siempre. Porque fue el más grande, que supo triunfar para alegría de su familia entera, buenos amigos y varios millones de seguidores, Diomedes Díaz en realidad es un caso fuera de lo normal, un hombre inteligente que nos hizo caer en cuenta de que el vallenato fue un ser humano cuando estuvo él.